En un espejo vi | Quinta Parte

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Ese sábado por la mañana arrancó como una inclemencia climática severa que tomó a todos por sorpresa. Julieta se movía y gritaba sin parar por toda la habitación en ropa interior, exclamando a su paso:

―¡No me hagan nada!, ¡no me hagan nada!

Nicolás se había quedado estático en el suelo, cubriéndose con la sabana, como si esta le diera algún tipo de protección contra la locura que se había desatado en Julieta. Mientras tanto, Esteban avanzaba lentamente hacia su hija, quien le lanzaba manotones potentes para mantenerlo alejado.

―¡Andate, andate!¡Hijo de puta! ―gritaba la adolecente. El ataque de histeria crecía exponencialmente y tanto Emmanuel como Esteban tenían miedo. Aunque nadie se los hubiese dicho, sabían muy bien que Julieta en esas condiciones podía lastimarlos severamente.

Esteban observó a Nicolás, el chico se veía muy asustado, era como si un niño se encontrara viendo una película de terror y no se atreviera a quitarse las manos de los ojos. El momento que se tardó en conseguir un contacto visual con el adolescente se le hizo eterno, hasta que por fin lo miró. Con un gesto, le dio a entender que se acercara por atrás y que intentara agarrarla. Los gritos de Julieta eran aturdidores y Emilia ya se encontraba en el umbral de la puerta detrás de su esposo.

Nicolás se levantó titubeando, moviéndose lentamente; era como si le pidiera permiso a cada parte de su cuerpo para reaccionar. Esteban le seguía haciendo señas, mientras que Julieta se movía hacia adelante y atrás lanzando golpes potentes al aire. Entonces Nicolás la sostuvo por la espalda, ella, a pesar de su pequeña contextura, casi logra zafarse y dañarlo. Por suerte, justo en ese momento Esteban apretó las manos de su hija lo más fuerte que pudo y Emilia lo ayudó sosteniéndole los pies. Sin embargo, esto era insuficiente, ya que la fuerza de la muchacha superaba a la de sus padres y la de su amante; se movía de lado a lado, pidiendo a gritos que no la lastimaran. Intentaba zafarse y morderlos, todo el tiempo. Hasta que por fin Esteban logró derribarla, y ya en el piso fue más fácil controlarla.

Unos segundos después, a pedido de Esteban, Nicolás llamaba a una ambulancia que solo se demoró cinco minutos en llegar, sin embargo, para ellos tres ese tiempo fue como si pasaran cinco años.

Los enfermeros la adormilaron con un fuerte medicamento y una vez inconsciente fue trasladada a un hospital psiquiátrico. Esteban se encontraba muy preocupado, solo Emilia pudo acompañar a su hija en la ambulancia. En la casa Nicolás se vestía rápidamente y Esteban se miraba en el espejo del baño sin poder creer lo surrealista que se había vuelto su vida en ese último mes. Una vez que el adolecente estuvo vestido, se dirigió al jefe de familia y le dijo:

―Señor, disculpe, no sé qué fue lo que pasó.

Esteban lo miró de reojo, su rostro reflejaba enojo; pero, además de eso miedo, incertidumbre y desesperación, tomó un poco de aire y le respondió:

―No te preocupes, pibe. Yo también hice cosas similares en mi adolescencia, sería un hipócrita si me enojara con vos; solo me preocupa Juli, Cambio mucho en este último mes… Me pregunto todo el tiempo que es lo que le pasa, porque esta tan enojada conmigo y su mamá.

―Me gustaría ayudarle ―refeccionó Nicolás―, pero no sé qué hacer. En la escuela pasó algo similar, antes era la amiga de todos y ahora todos le tienen miedo. No sé cómo, pero sabía nuestros secretos y nos amenazaba, es más, yo vine anoche no porque quise; sino porque le tengo mucho miedo ―los ojos de Esteban se pusieron vidriosos y Nicolás lo notó inmediatamente―. Me voy a ir, mi mamá debe de estar preocupada, si necesita algo llámeme, Juli tiene mi numero o vaya a mi casa. ―La última frase tuvo un sabor a consuelo y Esteban se percató de ello. Asintió con la mirada y le dijo:

―Gracias, pero creo que lo mejor para vos va a ser alejarte de Juli, por lo menos hasta que sepamos qué es lo que pasa. Se ve que sos un buen pibe y me sentiría muy mal si ella te hiciera daño.

Nicolás se marchó y Esteban se quedó solo en la casa, ordenando el desorden de esa mañana. Cerca de las doce del medio día llamó a Emilia:

―Hola, ¿tienes alguna novedad?, ¿cómo está?

―Está estable, se despertó y habló con un psiquiatra como si nada hubiese pasado. Le hicieron varios estudios para ver qué es lo que tiene. Te voy a pedir que me traigas algo de ropa, su carnet de la obra social y me pidió que le trajeras un pequeño espejo que tiene en su mesa de luz.

―¿Un espejo? ―respondió como si nunca hubiese oído esa palabra.

―Sí, yo también pensé que era una estupidez, pero no creo que sea buena idea contradecirla.

―En diez minutos estoy allá. ¿Va a quedar internada?

―No, el psiquiatra cree que fue un ataque de pánico porque perdió su virginidad anoche.

Esteban suspiro profundamente por segunda vez ese día y colgó la llamada sin despedirse. Diez minutos después estaba en el nosocomio con Emilia a su lado, en el pasillo del hospital, hablando con el psiquiatra sobre el estado de su hija, mientras ella se encontraba envuelta en una camisa de hospital detrás de la puerta vidriada de la consulta del psiquiatra.

El profesional de la salud mental era un joven escuálido con ojos enormes, los cuales parecían querer salir de sus cuencas. Se lo veía tranquilo y sereno mientras dialogaba con el matrimonio.

―¿Saben si ella ha sufrido un golpe en la cabeza o recuerdan alguna lesión de su niñez? ―preguntó.

―No que yo recuerde ―respondió Emilia. Esteban se encontraba distraído, miraba a su hija a través del cristal cómo observaba el espejo y se reía. No como una chica que mira su sonrisa, sino como si estuviese viendo algo muy gracioso e intentara reprimir una carcajada.

―¿Señor? ―preguntó el psiquiatra mientras que Emilia lo golpeaba con el codo.

―No, yo tampoco recuerdo nada, pero hace más o menos un mes comenzó a cambiar su forma de ser y de pensar.

Sofía cambio rotundamente, ya no le sonreía, sino que lo miraba con miedo el espejo―. “Está delirando”―, pensó Esteban.

―Entonces, con más razón― continuo el psiquiatra―, debe tratarse de un episodio postraumático por la pérdida de su virginidad. Voy a derivarla a un psicólogo y le voy a recetar unas pastillas para que la relajen. Su toma será mínima y dentro de un mes me gustaría volverla a ver.

―No sé si ella le conto ―interrumpió Estaban abruptamente―, pero cuando despertó gritaba diciendo algo de un tipo con barba. Me lo decía a mí y a su novio.

―Sí, lo comento, por eso fue que le pregunté si sabía de alguna lesión cerebral. Esa es la condición que se llama Prosopagnosia, también se la conoce como ceguera de rostros. Las personas que la sufren son incapaces de reconocer caras familiares. Sin embargo, los estudios salieron bien, su sistema visual y cognitivo se ven normales, aunque si el episodio vuelve a ocurrir ya estaríamos hablando de algo más complicado. Por ahora, estén tranquilos, se trata de una hermosa y confundida joven.

El psiquiatra terminó su charla y la familia volvió a casa. Julieta estaba muy callada, miraba por la ventanilla como el sol comenzaba a ocultarse detrás de las copas de los árboles. Esteban pensaba en preguntarle continuamente que es lo qué le había pasado en el consultorio del hospital, pero no se atrevió a hacerlo, prefirió quedarse callado.

Esa noche cenaron en silencio y a las diez de la noche ya todos se encontraban en sus camas. Sin embargo, nadie dormía, Esteban miraba el techo buscando una explicación, Emilia lloraba mirando a la pared sin hacer ruido y Julieta estaba sentada en su cama mirando al espejo, intentado averiguar quién era ese tipo que la perseguía a través del espejo. Al no obtener respuesta, se le ocurrió la idea de ir al día siguiente a la feria y buscar a la mujer que le obsequió tan maravilloso regalo…

Continuará…

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