El anillo | Cap 2: Una noche de descontrol

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“Dios mío, ¡Que hago en este lugar! ¿Cómo llegue hasta acá? ¿Y estas chicas quiénes son?” Esa es una de las preguntas menos interesantes que recorría por la mente. Trataba de recordar algo de la noche anterior, pero solo vagos fragmentos de mis recuerdos que se trataban de ordenar en un intento de darle sentido a la situación. “Vamper vos podes, pensá si es gratis hacerlo. ¿Qué hiciste anoche?” Me decía a mí mismo.

Solo recuerdo que desde que me coloqué el anillo que me regaló mi vieja, empezó la calesita de la suerte, o más o menos. Recuerdo que estaba con unas chicas y me prestaban demasiada atención, la cual antes no me habían brindado ni los mosquitos en verano. Después tomamos algo, más que algo fue demasiado. Pero es imposible si no tenía dinero en efectivo, ¡YA SE! ¡MI TARJETA DE CREDITO! Observaba en la penumbra de la habitación con el objeto de encontrar mis pantalones, allí estaba mi billetera en stand by en el bolsillo derecho. Traté de separarme de las muchachas que permanecían en un estado de sueño torrado, me levanté y casi sin hacer ruido encontré el lompa, todo mugriento, manchones de vaya a saber qué por todos lados, tierra, chipica. Sin mediar vueltas innecesarias busqué en el bolsillo la billetera, nada.

No había más que una caja de Camaleón, un chupetín Pico Dulce, y dos Caramelos media hora, nada que ayudara a orientarme, salvo por el hecho que apareció un Ticket de una Estación De Servicio. Combustible, Profilácticos, Vodka, Licor de Cereza, Cerveza, Cigarrillos

– Esto no puede ser… Para Para, ¿Un Habano? ¿Phillies Sabor Chocolate? – dije en voz baja.

Ahí la cosa comenzaba a ponerse aún más rara, ya que soy un tipo extremadamente ratón, excepto conmigo mismo, por lo tanto no es menor el detalle del habano, no es que sea un hábito pero en ocasiones especiales me fumo uno de esos,  lo que quiere decir que la estaba pasando bien. Sigo leyendo el comprobante fiscal, la estación de servicio queda en el centro, cerca del Parque Central, ya vamos bien, algo más de información para saber dónde estoy. Vuelvo la vista a las chicas para saber si seguían dormitando, más bien estaban mosca, las 4 estaban atornilladas mal. Sigo buscando una camisa, por suerte no tenía la necesidad de buscar mi ropa interior la cual si estaba apegada a mí. Me puse el pantalón, la camisa, la cual estaba algo pesada, ahí estaba mi celular. Batería baja. Con un 8%, apresurado entre a Google Maps a intentar localizar mi ubicación. El trámite me consumió un 2% del total de carga, pero resultó.

¡5TA SECCIÓN! ¿Cómo es posible que allá llegado hasta acá? “Voy a llamar a mi fiel remisero, voy a llamar al Tony” Pensaba en como escapar

El mal fabricado Motorola me abandonó. “Chupala Gil, te re cabio por fiestero” imaginaba al celular que lentamente se apagaba, y con él toda esperanza de salir del embrollo en el cual no había deseado meterme. Meto mis manos a los bolsillos en señal de derrota e inminente venida de problemas, siento ruido a llaves, el llavero aún permanecía firme enganchado al ojal del Jean. Ahí estaba el Anillo. Yo que creí que lo tenía puesto en el dedo anular. Lo saqué de la traba del Llavero para colocármelo, allí recordé casi todo, el boliche, la flaca de taquilla, la rubia y sus amigas y su pedido de que siguiera la fiesta con ellas en su casa, y la extraña sensación que sentí al momento de colocarme el anillo antes de llegar al boliche, decidí no ponérmelo aun, ya que estaba algo mareado producto de la ingesta de alcohol. Justo en ese momento siento que una de las chicas se despierta.

– Nati, ¡NATALIA! ¡Hay un tipo acá adentro!- gritó como loca.

– Juli todavía estas en pedo, seguí durmiendo y deja de romper los ovarios – Respondió Nati.

– ¡Chicas yo también lo veo! – dijo otra.

– ¡Andrea prende la luz! – Ordenó Julieta a la otra chica

Y ahí estaba yo  con cara de cagazo, vestidito a lo rápido – ¡Hola chicas! ¿Cómo están? ¿Durmieron bi…

Sentí un golpazo en mi cabeza como si me hubiesen tirado una botella de vidrio, pero no, más bien era una compotera de porcelana con colillas de cigarrillo y del habano que de seguro debo haber fumado.

– ¡Nati llama a tu papa! – Le dijo Andrea.

– ¡Hijo de puta! ¿Quién sos vos animal? – gritó Julieta.

– ¡Papá! ¡PAPAAAAAAAA! ¡HAY UN TIPO EN MI PIEZA! – Gritó Nati, “La Rubia”.

Sentía los pasos de alguien corriendo hacia la habitación que gritaba y puteba a diestra y siniestra, acompañado de otra persona que vociferaba maldiciendo y golpeando todo a su paso. Comenzaron a golpear fuertemente la puerta, instintivamente tomé una silla que tenía una parva de ropa y la atranqué con el picaporte, eso me iba a dar tiempo para tratar de escapar. Me volví sobre mis pasos mientras observaba la cara de las chicas que estaban horrorizadas, como si no supieran que había pasado esa noche, pero más que sus caras, lo único que me motivaba era escapar de esa situación horrible que estaba pasando.

“¡Ya se! ¡Salgo por la ventana!”, negativo, enrejada como una cárcel, para colmo de males estaba en un primer piso, logré ver desde lo alto a los autos pasar. “¡Me atrinchero en el Ropero! ¿Tienen ropero acá?” La respuesta era si, lo estaba viendo con mis propios ojos color marrón Pichichu, un Ropero Estilo Luis XV, lo reconozco como buen amante de los muebles antiguos que soy. Lo sé, a pesar del mal momento no puedo olvidar mis pasiones. Veo otra puerta, abro rápidamente entrando en el lugar en cuestión, y me doy cuenta que no tengo más salida que esconderme ahí hasta que alguien entrara en razón, y dialogara pacíficamente para que pudiese explicarle la situación, la cual por cierto resultaba poco creíble a oídos ajenos. Escuché un ruido un ruido como un golpe en seco y el típico ¡Clack! Típico en cualquier ruptura de puerta. Por fortuna la puerta del sanitario tenía la llave colocada por el lado de adentro. Mejor para mí eso me daría un poco de tiempo pensaba mientras trataba de empujar la puerta para evitar la embestida de quienes se acercaban al baño. La puerta comenzó a recibir golpes.

– ¡SALI HIJO DE PUTA! ¡TE VAMOS A HACER MIERDA! – Gritó un hombre al cual no podía verle la cara.

– Señor por favor déjeme que le explique, esto no es lo que parece – Respondí

– ¡Caradura! ¡No mientas! ¡Querías hacerle algo a las nenas!

La situación no parecía calmarse, ellos seguían golpeando la puerta mientras yo seguía sosteniéndola del otro lado para que no entraran. Comencé a llorar de la impotencia de mi desgraciada suerte, puteando mentalmente sobre la mierda de situación que me estaba tocando pasar a mí, un pibe sano y sin ánimos de causar problemas. “¡Oh señor! Perdona mis pecados, perdona las veces que no atendí a los testigos de jehová cuando iban a casa a querer gastar mi tiempo por más que yo les dijera que no estaba interesado, y salva a este pobre pelotudo que vino a caer en este infortunio”.

Justo ahí se cayó el anillo al suelo, dejé de forcejear contra la puerta y lo agarré con las dos manos, lloraba como un cerdo, totalmente desconsolado, gritaba que por favor no me hicieran nada a quienes querían a toda costa bajar la puerta. Ellos respondían con puteadas en todos los idiomas habidos y por haber. Tomé con mi mano izquierda el Anillo para colocarlo en el dedo anular, con la esperanza de que si mis viejos veían en las noticias un cuerpo golpeado, al ver el anillo sabrían que ese era yo. Más allá de lo que los demás dijeran que había hecho sé que ellos sabrían que su hijo no hizo nada malo, tal como me criaron. Hecho y Derecho, un pibe de bien.

Me puse el anillo y sentí esta vez una sensación reconfortante y de aliento, nada que ver con las otras veces que lo usé. La puerta se abrió producto de los golpes, yo estaba de frente a ella tirado en el suelo. Me cubrí la cara para que no me reventaran a trompadas, sentí una mano que me palmeaba el hombro.

– Flaco, pichón. Quédate tranquilo, ya abrimos la puerta, siempre se traba esta porquería de cerradura.

Me quite las manos de la cara para ver al hombre que hacía unos momentos estaba totalmente enfurecido, alto, corpulento, medio gringacho, pelo entrecano, tendría unos 50 años.

– Dale levántate flaquito, quédate tranquilo, las nenas se asustaron por que no podías abrir la puerta de la habitación – Dijo en tono suave.

– ¡Bonito! Miralo lo asustado que esta, yo siempre le digo a Nati que no deje la silla cerca de la puerta o se traba – Exclamó una mujer de ojos claros, tez blanca, pelo castaño claro. No sabía ni quienes eran ellos. En eso se asoma un muchacho de unos 30 y tantos años.

– ¡Jajajaja! ¿Quisiste tomar agua en el baño? Tenemos que arreglar esta puerta que siempre se cierra. Que mala leche la tuya, ¿Cómo dijiste que te llamabas? – Dijo el treintañero.

– Me llamo Leo…

– ¡León se llama! Es mi novio, hermanito – Le dijo una de las chicas a su hermano.

Me levanté del suelo con ayuda del hombre mayor, pasé a la habitación donde estaban las muchachas, una de ellas salió a abrazarme, la Rubia.

– ¡Hola Corazón! Te estaba extrañando ya, ¿Dormiste bien? – Dijo.

– Natalia no lo aprietes tanto que debe estar agotado por todo esto, además ustedes tres no lo deben haber dejado dormir – Expuso la señora.

– ¡Ay Ma! Es que lo quiero abrazar muy fuerte a mi “má munito del mundo” – Respondió dulce Nati.

– Bueno hija, ya que estamos vayan bajando que es hora de Almorzar – Concluyó la madre.

Salieron del lugar la madre, el padre y el hermano de Andrea, y yo estaba ahí sin saber aún qué carajos es lo que pasaba.

Continuara…

Escrito por Erik Da Vila para la sección: