Sinfonía inconclusa de una mujer inconclusa

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Un sabor eterno se nos ha prometido, y el alma lo recuerda.
Leopoldo Marechal

Me gusta almacenar palabras en un papel.

Primer movimiento o allegro invisible e inevitable.

Limerencia.
Tu nombre no se derrite por el calor, permanece así, tal cual es; discurre intacto en el verbo como una epifanía que ve un pájaro.
Yo sé que sos fiesta de frutas, lo sé. Como también sé que tu pelo es transparente y tus labios están hechos de música y que tus senos son de nubes azules y que tus manos nunca he tocado, como un libro que nunca leí.
Te repetís en el entrecejo de la noche hecha de tibio jade.
Te repetís.
Te repetís…

Segundo movimiento o adagio termonuclear.

Murmura.
La noche murmura, me habla de vos despacito, al oído.
Siento el llamado de tu piel, como si fuese el primigenio, el del fuego; ese que llama al amanecer para que despierte y seduce a las estrellas que están en el único Norte.
Te imagino entre flores soñolientas.
Me arrodillo para besar tus pies mojados, para besar tu sudor, para besar los colores del paisaje de tu panza y la sima de tu ombligo.
La explosión de tu universo hace hervir los mares de mi conciencia… entonces surgís entre la maleza de la nada.

Tercer movimiento o scherzo y trío caníbal .

Suenan The Beatles, que susurran Magical Mystery Tour.
Un cielo profundo en el cóncavo infinito de tu paladar, cielo profundo lleno de tu magia de mujer secreta. Tan lejana y tan cerca (lejana como el sol, cercana como las estrellas).
Tus manos se extienden al sol y todo estalla de felicidad

Casi cuarto movimiento, tiernamente inconcluso.

Sólo sé que sos la reina de la lluvia, que sos una canción, que sos un pétalo de luz.
Que sos.
Que sos.
Que sos…

Mientras tanto la Tierra sigue girando, como una sinfonía sin terminar.
Y yo almaceno palabras en papel.