Gloomy Sunday

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La muerte se vive un poco todos los días, pero se muere los días domingo.

Este día se vuelve la jaula de los condenados, amantes de la depresión, sinceros en nuestros orgasmos más ausentes de la soledad. Bebemos el vino de la incertidumbre y nos revolcamos como cerdos en el miedo que nos da el futuro. Se nos ha vuelto primario el sentimiento de un nudo en la garganta y nos espanta no sentirlo. Abrazados a la oscura sombra que se hartó de nosotros… ah, no, no te vas a ir tan fácil.

Es domingo, y me tuve que levantar. Cuando era adolescente dormía todas las horas que mi cuerpo permitiera, solo me levantaba para ir al baño y me volvía a acostar. Los años no vienen solos, y la sombra que nos crece, en lugar de hacerse más fuerte, se vuelve más vaga. Duerme conmigo, pero ahora siente hambre y me hace levantar. Le doy cereales, los come hasta la mitad. Se antoja de mates y no toma más de cuatro, está enojada desde cambié la yerba. Quiere ver una peli y se olvida, quiere comer helado, pero no tengo plata. Se prende un cigarrillo y recuerda dónde le escondí el Rivotril. No puedo guardarle secretos, mi cabeza es un monoambiente donde compartimos cama, y mi monoambiente se vuelve la cama donde ya no puede dormir. Antes, lo hacíamos hasta que el sol se escondía. Ahora, la muy puta disfruta el autoflagelo de la casa en silencio, con las voces que se escuchan de pasada en la calle y mis dedos tipeando en la máquina.

Paro de escribir. Repaso el paisaje de la casa; hay ropa tirada, no saco la basura hace dos semanas. Colillas en el baño, el tacho y en la bacha. Una botella de agua intacta, casi no tomo agua y la botella de vino, a la mitad, que abrí ayer. Algunas moscas se pasean por la bandeja de las frutas, no sé desde cuando están, ni sé tampoco qué clase de impulso sano me llevó a gastarme el dinero en algo tan inútil como una fruta.  Un cadáver de planta, jazmines secos y marrones, dos sillas vacías y un espejo que hoy no me refleja.

Que maravilla si lloviera, eso me haría feliz. El romanticismo de los días nublados, que llenan de gotas los vidrios, la calle vacía y un gato abajo del auto del vecino, que espera que pare de llover para cruzar. Pero no, hay un sol que descansa en las verdes hojas de los árboles, y un cielo celeste, sin nubes. El colmo de los depresivos: despertarse en un trillado y feliz domingo. Miro los árboles a través de la ventana y la cara se me frunce como si estuviera oliendo mierda y se me ríen las tetas de tanta desgracia. Otro domingo más, viva de muerte.

La busco a Ale en mi biblioteca, yo sé que ella me entiende. No sé si la encuentro yo, o ella lo hace primero y en una suerte de amistad a la distancia me dice “Crepúsculo de domingo. Las horas me arrastraron con una monotonía brutal”. Y me habló de una canción maldita que inspiró centenares de suicidios. Me hizo buscarla y la escuchamos juntas hasta que nos aprendimos la letra.

Gloomy Sunday fue escrita en 1933 y grabada en 1935. Tanto quién la escribió como su segundo editor se suicidaron tiempo después de trabajarla; y muchísima gente la escuchaba mientras moría o antes de tirarse al Danubio. Tanta era la influencia de sus letras y sus notas que algunas radios la prohibieron, incluso la BBC solo la transmitía en instrumental. En Londres, 1941, un policía escuchó desde una ventana, la canción de la cadena sonando en bucle. Al llegar al departamento una mujer muerta que sostenía un blíster de pastillas. La BBC la prohibió y se mantuvo así hasta el 2002.

Después de que Rezsö Seress compuso esta canción, en la década del ’30 se llevaron a cabo varios suicidios, en que los condenados tenían esta canción en su tocadiscos, y algunos se habían tomado la molestia de escribir su letra a modo de nota final. Otros, en sus cartas pedían que en su funeral sonara la misma, o que fueran enterrados con cien flores blancas, como lo dice la letra. En una interpretación callejera, dos oyentes se quitaron la vida delante de los músicos. Dos sirvientas se cortaron la garganta mutuamente, durante una cena en la que sonaba esta canción; mientras que, en Berlín, un tipo se ahorcaba con la partitura a sus pies.

Esto le llevó algunos problemas legales al autor por “inducir” a las personas a matarse. Aún así, la canción llegó a América donde también hubo una ola de suicidios entre los años ‘50 y ’60 que azotó a los estadounidenses. Se constató en cincuenta casos, que los suicidas se habían obsesionado con la letra, al punto que los especialistas recomendaban no escucharla en estados de depresión.

La canción la popularizó Billie Holiday, pero los artistas… temerarios de desafiar a la muerte y hacerla bailar con ellos, la versionaron. Mis favoritas la de Sinead O’Connor, Björk, Sarah Brightman y Portishead.

Hasta el día de hoy, su reputación siniestra hace que reproducir la versión original, sea toda una aventura. ¿Seré yo la próxima elegida de la canción? A diferencia de otros domingos, hoy no tengo ganas de morir.

Solo quiero seguir contemplando la cosecha, escuchando todas las versiones de Gloomy Sunday con un pucho y una copa de vino. Escuchar la gente que pasa por la vereda, y seguir entreteniendo a mi sombra para que se olvide de querer buscar el Rivotril.