El anillo | Cap 3: El almuerzo

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Todavía no puedo creer esto que estoy viviendo, hace tan solo unos momentos me desperté en un lugar que era desconocido para mí, con vagos recuerdos de la noche anterior. Esos que estaban presentes no me servían de mucho, a mí no me sirve de nada y creo que a ninguno le sirve saber qué pasó sin tener un por qué. El motivo en cuestión vino a mí en el instante que pude ver el anillo en mi llavero y procedí a colocármelo, tras lo cual se me aclaró el cielo como tormenta pasajera de verano… “había un quilombo marca cañón con las chicas que nada parecían recordar tratándome como un total desconocido, llamaron al padre de Nati, el hombre vino enfurecido. Tratando de escapar cual pericote por la cuneta me resguardé del palizón que se me acercaba, tratando de razonar en vano para aclarar las cosas. Se cae el anillo, si, al piso. Lo levanto, me lo coloco, pum“.

¿Qué carajos pasó para que se me acabara el mal orto que estaba teniendo momentos antes de que bajaran la puerta de un golpazo? Esto no podía ser más obvio, el anillo me salvó. Si, como una especie de protección celestial al colocarlo comenzó la rueda de la suerte para mí, no pude comprobar en ese momento si también afectaba lo monetario, pero eso no importaba, necesitaba saber por qué tenía esas cualidades.

Mientras estaba en la habitación, luego de que se retiraron los padres y el hermano de Nati, las chicas se empezaron a levantar, en eso una de ellas, Andrea, me dice…

– Vamper, que bien la pasamos anoche ¿no?

– Si querida fue un espectáculo- Respondí mientras observaba cómo se vestían.

Otra vez una respuesta inédita de mí, jamás hubiera podido decir eso ya que soy extremadamente tímido, eso es algo que no les conté hasta ahora. Soy un flaco raro pero buena onda, como me dicen varios, intentar sacar a bailar a una chica me resulta muy difícil, entre que la pienso trato de diagramar la forma para intentar ser agradable, no en exceso porque si no resulta molesto, pero no muy escaso o si no pasas a ser el flaco del misterio, y si me ha pasado. Una de las chicas me abraza por detrás, queriendo decirme algo al oído, era Julieta, vestida solamente con el piñocor y un culotte

– ¿Te puedo hacer una confesión? – Dijo.

– Lo que vos quieras corazón – Respondí.

– Nunca la habíamos pasado tan bien como esta noche con vos.

– Estuvo mansa la noche, copado el ambiente del boliche. La verdad me gustó – Contesté con un leve bostezo.

– No rey, te estoy hablando de acá cuando llegamos. Nos dejaste agotadas – Mencionó señalando la cama mientras besaba mi cuello.

Yo no soy un tipo que sea el Técnico Mecánico de la sexualidad. En la puta vida solo aprendí el misionero, cucharita, de perrito y paremos de contar, me cuesta un triunfo durar 30 minutos y tratar de disimular el resto con otras maniobras eróticas. Imaginarme atendiendo a tres chicas en una sola noche me resultaba impensable, una por mis capacidades físico-naturales, y otra, porque el tema de tríos y cuartetos siempre me dio algo de cosita. Si ya se, soy un re pelotudo dirán, es más creo que me quedo corto. Julieta me dio un beso en la mejilla y comenzó a vestirse como las demás. Al terminar de hacerlo me invitan a bajar, ya casi era hora de almorzar, pero yo tenía más ganas de irme a la mierda para reflexionar sobre lo sucedido, y hablarlo con alguien para tratar de entender esto que estaba pasando que de quedarme aceptando su invitación. Estaba casi seguro que era por el anillo, pero como no hay nada seguro en esta vida, salvo que algún día uno termina pichando, pensé en investigar no solo las bondades si no los riesgos que me podrían traer si resultara que el anillo tuviera cualidades especiales. Natalia se acercó tomándome de la mano derecha.

– ¿Vamos amor? Ya debe estar listo el almuerzayuno – Dijo en tono cómico y mañoso.

– Si obvio, ¡Me muero por probar la comida de tu mamá! – Respondí otra vez con cierta extrañez para mi manera de ver las cosas.

– ¿Qué pasó? ¿De qué me perdí? – Esbozó una de las chicas.

Enmatojada entre medio de esa cama de dos plazas que era un desastre visual, resultado de una noche turbionga y algo lujuriosa, se destapó una de las chicas, lo había olvidado eran cuatro. Al parecer estaba mosca cuando empezó el quilombito, una morocha con un cuerpazo terrible que asomó cuando corrió la sabana para destaparse. Me miró algo confundida, perdida, como esa resaca post calesita de la muerte que nos viene luego de una borrachera. Se puso de pie y se dirigió a nosotros

– ¿Boludas y este chabón cuando apareció acá? – Dijo en tono dormilón

– ¡Hay Vale! Sos una re volada. – Respondió

– Si, que se yo. Tome mucho anoche – Señalaba Vale mientras miraba alrededor.

– Dale vestirte que vamos a almorzar, Vamper debe tener hambre. – Menciono Andrea.

– ¿Vamper? ¡Ah, sí! ¿Qué haces chabón? ¡Jajajajajaja! – Se acercó a saludarme.

– Nada, creía que ya nos íbamos a almorzar y brotaste desde la cama, ni me acordaba que también estabas – Respondí.

– Qué raro, yo no me acuerdo de mucho sobre esta madrugada, pero si de lo que pasó por acá – Contestó mientras pasaba su mano por la cola con una terrible cara de lascivia.

– ¡Dale culiada! Vestite y vamos a comer que me cago de hambre. – Gritó Julieta

– ¡Bueno eh! Ya va, mira que no soy tu hermana – Protestó Vale.

La esperamos un largo rato, eso más bien fue una tortura al Reloj, 20 minutos para vestirse, peinarse, lavarse los dientes, orinar y demás. Transcurrido el circo de la señorita Valeria, a la que solo le faltó una ducha y por gracia divina optó por dejar para después, bajamos las escaleras y nos dirigimos al comedor de la casa. Un caserón de la puta madre, una mansión a todo culo. Ni pensar si hubiera querido escapar por los pasillos. Era enorme, más para mí que vengo de una familia con cuya casa no supera los 90mts cuadrados. Esta si no estaba en los 300mts pegaba en el travesaño. Estaba admirado realmente del lugar al que había venido a parar, gozaba contemplando los vitraux que decoraban una especie de cuarto cerrado del resto de la casa, pero se notaba que tenía unos lindos ventanales al exterior por los que entraba una luz que resaltaba lo bello y armónico del vitral. Me encantaron con solo verlos, imagínense cuando le presté mayor atención, ¡Impactantes! Natalia se dio cuenta al instante

– ¿Te gustan amor? Esos los hizo traer mi papá desde Buenos Aires, esa es su oficina. – Indicó.

– Adoro el buen gusto, es mi sueño tener unos así para mi casa. Después de mucho trabajo obviamente – Repliqué con humildad.

– Ya los vas a tener. Es más, quien te dice que no los tengamos pronto – Dijo con cariño.

– Nati, mira, esto es muy nuevo para mí. Hay cosas que no entiendo aun.

– Pero, ¿Sobre qué? ¿Es por lo de anoche? –Expresó con algo de preocupación.

– No, no es por eso. Pero me está pasando algo que quisiera aclarar antes que nada.

– ¿Estás en pareja verdad? ¡Dios que estúpida que soy! perdóname no fue mi intención – Respondió.

– Nada que ver, no estoy en pareja. Quiero decir que sos una chica muy buena, linda y culta, pero aun no te conozco demasiado como para ver una posibilidad de llegar a algo. – Contesté en tono conciliador.

– Dale, si de una, tenes razón. ¡Jajaja! Soy un poco apurona. Vení, vamos que mi mama esta por servir la mesa – Indicó.

Pasamos al comedor, una mesa grande y espaciosa de madera lustrada nos esperaba con las demás chicas, el hermano de Nati, y su padre ya sentados.

– ¡Campeón! Vení asentarte que mi señora ya trae la comida – Señaló el papá de Nati.

– Con permiso, muchas gracias señor. – Correspondí.

– No me digas señor, decime Ángel. – Sugirió.

– Bueno, pero solo porque usted me lo pide.

Exactamente en ese momento entraba la esposa de Ángel, madre de Natalia, con una bandeja en sus manos. Traía Ñoquis, ¿Qué más puedo pedir? ¡Hasta me sirven la comida! La puta madre, este anillo si es de la suerte pensaba yo mientras lo frotaba por debajo de la mesa.

– Bueno, vayan pasando los platos que se van a enfriar y les va a caer mal al estómago. – Dijo la madre y dueña de casa.

– ¡Qué grande Silvia! ¡Un aplauso para la mejor cocinera de Mendoza! – Exclamó Vale.

– ¡Vamos los aplausos para la Silvi!

Los aplausos no se hicieron esperar, es que en verdad se veían muy buenos, dignos de un restaurant de Cinco estrellas. Se me hacía agua la boca, la mente, todo. El tuco un espectáculo, rojo como a mí me gusta.

– Ma, servile a León así los prueba y nos cuenta que le parece tu receta. – Pidió a Nati mientras yo la miraba con cara de mándale nomas si total.

– No se haga problema señora, quédese tranquila si solo soy un humilde visitante. – Indiqué con mi mejor cara de pelotudo.

– No es ningún problema Leo, pásame tu plato hijo – Respondió amablemente Silvia.

Después de servirme, hizo lo mismo con los demás, los platos colmados de deliciosos ñoquis iban ganando su lugar en la mesa entre una botella de vino, gaseosas, una panera con rosetas, el servilletero y demás utensilios culinarios.

En mi lugar había como cuatro tipos distintos de cubiertos, y no soy un erudito a la hora de comer, más bien soy un desastre. El hermano de Natalia se percató de eso.

– Usá el que te sea máscómodo y no te preocupes que yo los como con cuchara.

– ¡JA! – Exclamé – Dale yo te sigo. Por cierto, ¿Me recordas tu nombre? Es que soy malísimo para eso.

– Román me llamo, también recordame el tuyo. ¡Nah! Es un chiste. ¡Jajaja!

Así siguió su rumbo la comida entre esta hermosa familia, y yo todavía con mil dudas que despejar sobre el anillo que me había llevado hasta allí. Al parecer mi cara de preocupación no pasó desapercibida para Ángel que me llamó.

– León, ¿Podemos hablar?

– Si por supuesto Ángel como no – Respondí.

– Papa, no me lo vayas a asustar por favor te lo pido – Solicitó Natalia.

– La nena tiene razón vida, ya te conocemos no te olvides de eso. – Le recordaba Silvia.

– Tranquilas, que no le voy a hacer nada, salvo cansarlo con mis charlas – Mencionó Ángel.

Me llevó a su oficina, me solicitó que me sentara para preguntarme algo.

– Yo sé que no nos conocemos pichón, pero yo soy padre y se muchas cosas después de tantos años. ¿Te pasa algo?

– Nada Seño…Perdón, Ángel. Es que tengo un pequeño asunto que resolver. – Contesté.

– ¿Pero debido a que? – Preguntó.

– Es, en realidad puede sonar extraño, pero desde que mi madre me regaló este anillo me han estado pasando cosas extrañas. No malas, pero son experiencias que antes no me habían pasado.

– Mira, yo de eso no se mucho, dudo que yo pueda serte de ayuda…

– Si, lo entiendo.

– Espera, déjame terminar, tengo un conocido que tal vez te pueda ayudar. Vende esos anillos, es un haitiano. También hace Vodoo, se llama Leroi. Anda a verlo, esta es su tarjeta.

Nos levantamos de su despacho y nos dirigimos hacia el comedor, al terminar, pedí permiso, saludé a todos, al último a Natalia quien no quería que me retirara. Me disculpe con ella diciéndole que tenía cosas que hacer, le pasé mi número de teléfono y me retiré de su hogar. Caminé dos cuadras, saqué la tarjeta que me dio Ángel para observarla.

– ¿Quién carajos es Leroi?

Continuará…

Escrito por Erik Da Vila para la sección: