El caballo, las morcillas y las alas

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Lo que la oruga llama el fin, el resto del mundo le llama mariposa.
Lao Tzu

Estaba áspero, fresco y rico el vino, tenía todos los sabores del mundo en sus moléculas.

Segundo Córdoba apuró el trago y se lo tomó de un sorbo. El tinto lo hizo levitar por un instante. Sus átomos se expandieron, lo hicieron flotar durante una ráfaga de segundos sobre el piso oscuro por el vino tinto derramado.

Desde las paredes del bar “La Facultad” lo miraban los protagonistas de algunas fotos en blanco y negro. Una en especial le llamó la atención, el equipo victorioso del campeonato del 53 en la mítica cancha de calle Vergara… El Cruzado, el Botellero en la cima del torneo. Segundo se acordaba de ese día, su cara pegada al alambrado, el dale campeón que gritaba el cosmos entero. Su felicidad inconmensurable.

Miró la hora, las agujas marcaban el mediodía. Estaba desde temprano en el bar, tratando de olvidar el brete en el cual estaba. Necesitaba plata, le urgía tenerla. Muchas deudas lo cercaban por jugar al siete y medio compulsivamente durante noches enteras.

Se levantó, se despidió de los presentes y salió a la calle. Lo recibió el sol destructor de pupilas que estuvieron escondidas en la oscuridad.

Segundo Córdoba caminó por calle Perón, pasó el control de la empresa El Cacique y siguió un par de cuadras más hasta las vías. El olor a malvones, plantados en latas de aceite de cinco litros, le avisó que estaba llegando a su hogar.

Entonces un bulto que latía en un costado de la calle de tierra llamó su atención. Segundo se acercó con cautela, no fuese cosa que fuese algo del más allá. Era un caballo viejo consumiéndose por haber vivido tanto, que agonizaba en la calle ciega, sorda y muda.

El hombre se dispuso a esperar que muriera y se sentó en el borde de la acequia – hedienta por el olor a mosto que arrojaban las bodegas en ellas. Entonces, en un segundo electrizante y azul, a Segundo se le ocurrió la idea: haría morcillas para vender, para poder cerrar su deuda.

Las pupilas del alazán implosionaban lentamente, hasta que toda gota de vida se fue para otro lado. El equino murió, luego de un estertor sosegado y necesario.

Segundo sintió  pena por el animal. Lo levantó, lo dobló como si fuera un pañuelo recién planchado y lo metió en el bolsillo trasero de su pantalón, junto con las llaves de su casa.

Siguió caminando hasta su morada.

Se relamió los labios secos, áridos… y en un susurro dijo: morcillas se pueden hacer con cualquier cosa que tenga sangre…

Su murmullo rebotó por todo el universo.

Segundo le hablaba a su fiel partenaire la soledad, que apuñalaba con amor y dulzura cada latido de su corazón.

Entró su casa llena de ausencias y cuadritos de payasos tristes en las paredes verdes y húmedas. Vivía solo, demasiado despoblado de afectos, pero lo tomaba con actitud de asceta eso de imbuirse en el aislamiento y contar las estrellas de noche a través de los agujeros del techo.

Segundo fue hasta la cocina, sacó el cadáver del bolsillo trasero de su pantalón y le dio forma nuevamente sobre la mesa, las patas de ésta crujían a medida que el peso aumentaba.

Eligió con amor y devoción los condimentos necesarios. Comenzó con la tarea.

El filo del cuchillo picaba la cebolla de verdeo en rodajas pequeñas, uniformes y perfectas.

Se dirigió hacia la mesa en donde estaba el cadáver. En los ojos del equino se veían los fotogramas de lo último que vio antes de morir: la calle de tierra con cañaverales a sus costados, el sol seco sobre el horizonte partido y luego -de golpe- el negro eterno y profundo.

Segundo cercenó el cuello del animal y le introdujo una manguera que iba a dar a un balde de metal. La sangre comenzó a circular por el tubo lentamente, como un río surcando la noche con la luna reflejada en su panza.

Buscó el ají molido, la pimienta blanca y la cebolla picada.

Sacó su lanzallamas y puso el agua dentro de una olla a punto de ebullición – quemó un poco las cortinas y la puerta de la heladera pero no se preocupó, siempre le pasaba.

Se sentía como la jornada en la que salieron campeones una sonrisa marcaba su rostro generalmente serio.

Segundo se arremangó la camisa y se puso a revolver con su mano la sangre que iba a dar al recipiente. Lo hacía lento, parsimonioso. Miraba el remolino formado por el movimiento y tuvo la certeza de que la estela que dejaba en el líquido rojo era sagrada y pura como el agua del Ganges.

Con satisfacción notó que no se había coagulado. Cuando le pareció que no quedaba nada que extraer se dispuso a destazar a la bestia.

Lo faenó con paciencia, con una dedicación quirúrgica, con un cariño inconmensurable. Primero sacó las vísceras, que cayeron al piso en un orgasmo orgánico; después el cuero. Lo trozó por las articulaciones y le sacó la poca grasa que tenía.

Quedó la osamenta pelada.

Segundo, un poco cansado, decidió que era tiempo de descansar.  Salió al patio. Junto a las madreselvas, entre las latas con malvones, comenzó a armarse un cigarro.

Las hebras finas de tabaco gritaban por el vértigo mientras caían sobre el papel que se creía seda. Una mosca, de puro distraída, quedó atrapada en el cigarrillo. Encendió un fósforo termonuclear y comenzó a fumar con un deleite fetichista.

Arrojaba el humo contra la luz del sol y las volutas formaban paisajes de otros mundos en el aire tibio del atardecer.

Tiró la colilla en el piso de tierra y enseguida, como respuesta, brotó una flor verde y amarilla. Ésta se puso a mirar el celaje que explotaba en rojos y fucsias, quizás algún azul.

Con un suspiro Segundo se dispuso a continuar el trabajo, según sus cálculos le quedaban poca labor. Podría pagar la deuda y poder seguir jugando al siete y medio noches enteras, con naipes para ilusos.

Al entrar a la cocina lo recibió una catarata de mariposas mal gestadas. Se abrió paso como pudo a través de la maraña de alas para entonces ser golpeado por una lluvia tropical con gotas de plata.  Empapado conjeturó que esos eventos no eran para retrasarlo, eran más bien una epifanía sobre un evento maravilloso y mágicamente mentiroso.

A Segundo le dieron ganas de fumarse otro cigarrillo, aunque el gusto del que había consumido aun le llenaba la boca con su sabor. Se sacó algunas mariposas de sus ojos y ahí lo vio.

El esqueleto del jaco estaba parado sobre la mesa. Corcoveaba y bufaba. De a poco los huesos se fueron cubriendo con venas, órganos y músculos. Era brioso, vital y con el agregado de un par de alas que le comenzaban a asomar en su lomo.

El pelaje de alazán le creció de golpe al tiempo que las alas llegaban a su máximo esplendor, blancas y espumosas como la pleamar.

Era un ser completo nuevamente con esas alas blancas y espumosas; que tenían el espanto del que ve al mundo por primera vez.

El ahora pegaso salió volando, se confundió por unos segundos con las mariposas rezagadas y se escapó por la hendija de la ventana hacia el vientre del firmamento.

Fue visto por numerosos testigos surcar el cielo hasta desaparecer entre las nubes soñolientas cerca de la plaza 12 de febrero.

A Segundo Córdoba le colgaba de la barbilla la sonrisa, a punto de caer como sus sueños. Con un dejo de amargura supo que jamás iba a pagar su mora.

Entonces decidió nunca más hacer morcillas de caballo, las haría de chancho, por lo menos a estos no les salen alas y se van volando.