En un espejo vi | Sexta Parte

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Julieta se encontraba en un estado de hipnosis transitoria, completamente confundida. Toda la noche del sábado, e incluso la madrugada del domingo, sentía que estaba viviendo en una realidad surrealista: era como si no reconociera a su propio cuerpo; tenía la sensación de que su mente había sido llevada a un cuerpo extraño y desconocido, estaba fuera de sí. Por momentos, parecía no poder soportarse a sí misma y estar a punto romper en un llanto incontenible. Por otra parte, creía que todo se iba a mejorar, sin embargo, sabía muy bien que se mentía a su misma; porqué su corazón palpitaba con una angustia inmensurable, esperando un final anunciado. El hombre de la barba quería hacerle daño, y ella estaba segura de eso.

Intentó vestirse de la forma más sencilla posible, pero algo no estaba bien, pusiese lo que se pusiese, se veía hermosa. No era una belleza común, sobrepasaba las expectativas de cualquier varón, o mujer que intentara criticarla. Sus rasgos y su cuerpo, en el último mes, cambiaron mucho. Su cara se volvió más delgada y su boca más carnosa. Su busto se afirmó más y su cola creció y se levantó, dando la forma perfecta, similar a una manzana. Sus ojos se aclararon, al igual que su cabello. Julieta no lo sabía, pero en los últimos treinta días sufrió una metamorfosis mental y física, se había convertido en la mujer que siempre soñó ser. Tenía el cuerpo que siempre envidio en los catálogos de belleza y la personalidad fuerte que deseaba desde el comienzo de su adolescencia. Era una mujer hermosa, fuerte y decida, pero tenía mucho miedo.

Salió de su casa sin despedirse y tomó el colectivo que la llevaría a la feria. Se sentó en el último asiento y miraba por la ventanilla intentando no mirar fijamente a nadie, pues temía que el hombre de la barba la estuviera siguiendo o que la encontrara por casualidad.

Solo por un momento desvió su mirada a la parada de colectivo en la que se había detenido, y como lo sospecho, vio al hombre de la barba mirarla fijamente embravecido. Cerró los ojos y al abrirlos nuevamente el hombre había desaparecido. Suspiró tratando de encontrar la calma que había perdido. Cuando por fin dejó de temblar ya era hora de bajarse, había llegado a su destino. Eran las nueve de la mañana, ningún puesto estaba aún instalado. Julieta caminaba en círculos dando vueltas, cada vez que subía la mirada presentía que el hombre de la barba la estaba observando. Él no la atacaría… todavía no, solo quería que ella supiese que estaba ahí, vigilando cada paso y cada movimiento que hiciera. Recién a las diez el colectivo de los gitanos hizo su aparición en la feria. Apenas lo vio, Julieta caminó rápidamente hacia él mirando el piso. El colectivo se detuvo y la señora obesa, la que conoció antes de que la anciana le diera el espejito, abrió la puerta y con un ademán de enfado le dijo:

―Todavía no abrimos, nena, volvé en una media hora y te atiendo.

―No, señora ―dijo Julieta sintiendo que su mente colapsaba en un ataque de pánico. Su respiración palpitaba, sus ojos se llenaron de lágrimas, el corazón le latía en las sienes, y sentía que el hombre estaba detrás de ella, respirándole en la nuca―. Por favor, necesito hablar con usted o con su mamá, es muy urgente. ¿Puedo pasar?… por favor.

La cara de la gitana cambio de expresión rotundamente, paso de verse enfada y de mal humor por haber madrugado a estar asustada y llena intriga―. Pasa, nena, en cinco minutos te atiendo.

Del colectivo bajaron dos hombres que se voltearon para mirar mejor a Julieta, ella los ignoró, pero la gitana sintió asco y repulsión por cómo la miraban sus dos empleados.

―Señora…―No alcanzó a formular la frase, cuando la gitana la interrumpió de repente.

―Mi mamá falleció hace más de treinta años. ―Julieta se vio a si misma durante un segundo. Vio su cara pálida y a sus facciones completamente contraídas.

―Hace un mes ―prosiguió Julieta, como si se tratara de un discurso preparado en su mente―, mi papá y yo entramos.

―Sí, te recuerdo. ―La volvió a interrumpir ―has cambiado mucho, nena, te ves más linda, más adulta, más formada.

―Por favor, dígame Julieta.

―María.

―Mucho gusto, ese día vine con mi papá.

―Sí, el hombre simpático, también lo recuerdo.

―Bueno, mientras que usted conversaba con él, yo me fui al fondo del micro, para buscar algo que me gustara. Detrás de esa cortina, ―señaló― estaba su madre. Se presentó y me regaló esto. ―Julieta tanteó su bolsillo y sacó el espejo, al abrirlo, María se movió rápidamente hacia atrás.

―¿Qué pasa?

―Es de mala suerte reflejarse en ese tipo de espejos.

―¿Por qué?

―Dicen que el espejo es mágico, está maldecido con algún tipo de magia que te da buena suerte y te da todo lo que siempre deseaste. Te muestra a los que te rodean para que saques ventaja de ellos y te cambia…―La miró fijamente ―pero creo que ya sabes de eso.

―Se lo quiero devolver.

―Eso es imposible, Julieta. No voy a aceptar como regalo un objeto maldito, es más te voy a pedir que te vayas. Si queres tiralo o dejalo donde quieras, pero no lo rompas, dicen que si se rompe el espejo…

―Tiene mala suerte.

―No… muere, porque tu vida esta enlazada con el espejo.

―Entonces solo tengo que dárselo a alguien y listo.

―No es tan sencillo, el que lo reciba tiene que aceptarlo. Porque si lo rompe otra persona también saldrás afectada. Ahora vos sos la dueña.

Julieta estaba aterrada, su voz salía entrecortada, era como si el aire se perdiera en el camino a sus pulmones y no pudiese tomar el oxígeno suficiente para expandir su diafragma―. ¿Por qué su mamá me dio a mí?

―Ella murió con ese espejo en la mano y yo la enterré con él para que no volviera a molestar a nadie, pero creo que ni muerta mi mama se logró separar de él y te lo dio a vos para poder descansar en paz.

María se levantó velozmente y acompañó a Julieta hasta la puerta. La gitana sentía pena por ella, pero no quería saber nada con el espejo.

Después de sacarla, casi a la fuerza, Julieta se volvió y le hizo la última pregunta:

―Veo en todos lados a un hombre con barba, y no sé porqué, pero le tengo muchísimo miedo.

―El espejo te muestra el pasado, el presente y lo que puede llegar a pasar. Si te enseña ese hombre es porque lo más probable es que esté presente en el momento que algo muy malo te pase.

―Malo… ¿cómo qué?

―Morir. ―María se dio cuenta de la expresión de miedo en la cara de Julieta, pero ya era tarde, no podía decir nada para hacerla sentir mejor―. No necesariamente debe ser eso… pero.

―Pero ¿qué?

―Mi mamá, antes de morir, se obsesionó con su salud. Nunca fue una mujer de cuidarse mucho, pero en sus últimos días tenía miedo de adelgazar y morir. Un tiempo después fue diagnosticada con un cáncer de estómago y murió prácticamente desnutrida.

Julieta se quedó inmóvil al recordar el aspecto deteriorado de la anciana.

―Lo siento, nena, suerte y perdóname.

Julieta se quedó parada frente al colectivo, sintiendo la penetrante mirada del hombre de la barba a sus espaldas, y como pudo, volvió a su casa, mirando siempre el suelo.

Continuará…


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