Las fotos no son la realidad

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Debajo del asiento del auto, escondida del trajín diario y del tiempo, parecía tener unos años, por la decoloración y la ropa, probablemente era de los 90′, se encontraba una foto.

¿Cómo había terminado ahí? Hace 4 años que tenía el vehículo, única dueña ya que lo había adquirido 0km, cosa que enrarecía aún más el asunto.

Una familia, probablemente los abuelos con su nieto. Ellos de unos 70 años, pelo canoso y sonrisa afable como tienen los nonos, el niño regordete de unos 6 también estaba feliz.

¡Qué diferentes eran las fotos entonces! La dificultad de saber el resultado final y el valor económico de cada una, las hacía un bien preciado. Inmortalizaban momentos felices, como ventanas al pasado que colgábamos por toda la casa.

No se podía recordar todo, la foto era un instante y después se seguía con la vida, era un fragmento para despertar el mosaico de recuerdos que quedaban atesorados solo en nuestra mente.

Volví a esta foto, no reconocía a nadie, parecían unas vacaciones, por la playa de fondo. La arena oscura y el mar verdoso indicaban que era costa argentina, el gorro piluso del hombre terminaba de dar ese toque nacional a la escena.

Recordé una foto mía similar, con un delfín de fondo y una gorra fucsia fluorescente, volví a ese verano y la última vez que fuimos familia.

Con los ojos aguados pensé en todo lo que significaba esa foto, pensé en todas las siguientes que no significan nada, en esa que sacó mi amiga a su almuerzo ¿Quién la vería? ¿A alguien le interesa una milanesa con un filtro artístico?

Sonreí pensando en mi álbum del recital de Aerosmith, tan apenada de las pocas capturas que saqué para darme cuenta de que no las había impreso, ni vuelto a ver…nunca.

Ahí seguía la foto en mis manos, esperando que ese recuerdo volviera a las originales, dueñas de los recuerdos que la llenarían de vida.

Entonces me acordé, una amiga y compañera de trabajo fue criada por sus abuelos, automáticamente la llamé, le describí la foto.

Emocionada y desconcertada, me dijo que sí, era suya, la llevaba siempre consigo en su carpeta. Era la ventana a su amado abuelo y a cuando fue tan feliz.

Pactamos que nos encontraríamos en el camino a nuestras respectivas sucursales, para devolvérsela y de paso tomar un café.

Tal vez por eso no puedo sentirme cómoda con la idea de tomar fotos de cada persona, de cada instante, de mí misma…no sé puede capturar todo, creando una realidad como un tapiz de imágenes de nuestra propia percepción, o aún peor, de lo que queremos que vean.

Supongo que se puede recortar un pedacito, uno sólo, como un perfume, un aroma, un sabor y llenarlo de nosotros, cada vez que nos sentimos solos.