En un espejo vi | Fin

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En los últimos treinta días los síntomas de Julieta, por así decirlo, empeoraban de una forma espeluznante. Su trastorno cognitivo “prosopagnosia” o ceguera de rostros, se volvía cada vez más inestable, veía al hombre de la barba rojiza en todos lados; y como si fuera poco, el espejo ya no le enseñaba nada. Lo único que percibía en el cristal refractario era su propia cara. Pero no una versión amena y llamativa, como la que tuvo en el último mes, que la hizo ser deseada por todos los hombres y envidiada por todas las mujeres. No, era un rostro pálido, carente de expresión, momificado, y que parecía estar bajo el efecto de un reciente rigor mortis.

Intentaba, arduamente y sin resultados, eliminar la cara del hombre de la barba de su mente, sin embargo, para ella era imposible. Su agresividad aumentó considerablemente en el hogar, ya ni Esteban o Emilia se animaban a hablar con ella por miedo a que los delatara, aunque ya a esas alturas poco importaba, pues los padres de familia habían perdido lo más lindo e importante que tenían en sus vidas, habían perdido a su amada hija.

Por otro lado, Julieta sometía periódicamente a Nicolás a jornadas de sexo. Si bien el muchacho acudía por miedo, comenzó a notar que el poder de Julieta sobre él ya no era tan abrumador como antes, sino más bien, era como si ella estuviese llena de miedo, a punto de estallar en lágrimas.

Luego de varias sesiones de sexo, Nicolás intentó preguntarle que le había pasado, no por su presente aspecto asustadizo y pasivo, y en consecuencia más tranquilo, sino durante todo ese último tiempo, como fue que pasó de ser una chica linda y dulce a una mujer fría calculadora, despiadada y agresiva.

Quería preguntarle quién era ese hombre de barba que la perseguía en pesadillas mientras que dormía a su lado y, lo más importante: quería saber qué había pasado en la mañana en la que tuvieron sexo por primera vez.

―Juli ―alzó tímidamente su voz, como un niño que pide permiso para hablar ante un mayor―, ¿qué es lo que te pasa?

―¿Por qué? ―respondió ella en tono desafiante mientras que se subía sobre él―. ¿Qué me quieres decir?

―Nada. ―Nicolás comenzaba a distraerse, le costaba concentrarse mientras que ella lo obligaba a hacer el amor. Le costaba mucho mantener la erección y le daba miedo lo qué pasaría si por algún motivo la perdía. Sin embargo, necesitaba comprender que es lo que le pasaba, después de todo, bajo el sentimiento de miedo que le generaba Julieta, había comenzado a quererla―Bueno, en realidad si te quiero decir algo. ¿Quiero saber quién es ese tipo de barba y por qué le tienes miedo? ¿Por qué, la primera vez que hicimos el amor, nos gritaste a mí y a tu papá, acusándonos de que te queríamos dañar?

Julieta se quedó perpleja, no esperaba esa reacción por parte de Nicolás, ella sabía muy bien que lo hostigaba y lo asustaba, sin embargo, en ese momento, se dio cuenta que él sentía algo por ella, después de todo le había demostrado preocupación y se había atrevido a hablar sin que ella se lo pidiera. Aunque lo hubiese visto en el espejo, no hubiera sabido que hacer ante esa situación. Y por fin, después de mucho tiempo, estando completamente desnuda sobre el hombre que ella siempre amó, rompió en lágrimas y lo abrazó tan fuerte que casi lo dejó sin aire.

Nicolás sonrió al mismo tiempo que le correspondía el abrazo, la retiró un poco hacia atrás para poder ver su rostro. Le limpió las lagrimas con una ternura similar a la de una pareja que han estado toda su vida juntos y la beso en la comisura de los labios. Después de que se calmó le pidió que le contara todo. Ella se sentó en los pies de cama, cubriendo su hermoso cuerpo con las sabanas, suspiró profundamente y comenzó a relatarle todo lo sucedido desde el momento en el que el espejo llegó a su poder.

Por momentos a Nicolás se le hacía difícil seguir el hilo de la conversación por lo inverosímil de la situación, pero él había sido testigo de lo que pasó en la escuela cuando delató a Micaela, del miedo de sus compañeros porque los rumores aseguraban que ella conocía los secretos de toda la escuela, y después de todo, él mismo la había visto someter a sus padres.

Al final le comentó lo que le sucedió con la gitana, lo apretó fuertemente contra su pecho, y casi al borde del llanto le confesó que tenía mucho miedo a morir.

―¿Me crees? ―le preguntó angustiada.

―Es una historia increíble, pero te creo―reflexionó―. ¿Qué haces cuando lo vez en todos lados, como en esa mañana cuando nos atacaste a mí y a tu viejo?

―Cierro los ojos los más fuerte que puedo y agito la cabeza hasta que siento que la imagen desapareció.

Nicolás sintió un poco de amargura y la miró directamente a sus increíbles ojos, ella le sonrió reflejando la pena de su interior, y el pobre muchacho se dio cuenta que estaba perdidamente enamorado. La besó con suavidad, y por primera vez después de que se conocieron como amantes, no se sintió obligado a tener sexo, sintió que se volvía uno con la mujer que amaba.

Alrededor de las tres de la mañana terminaron y Nicolás se despidió. Estuvieron casi una hora besándose en la entrada, deseando que ese momento fuese eterno.

―¿Mañana te espero en la parada? ―le preguntó el joven sin casi apartarse de la boca de Julieta.

―¿Mañana? ―le respondió en tono burlón―. En un ratito querrás decir.

―Bueno, vos me entendiste.

Ella sonrió mientras que el intentaba robarle un último beso y se despidieron.

Cuando se levantó para ir a la escuela, se encontró con el espejó sobre su mesa de luz, lo guardó y con una actitud positiva pensó: ―“Voy a volver a ser como era antes de que todo esto pasara”.―Se vistió, caminó hasta la cocina, saludó y conversó con sus padres, no como si nada nunca hubiese pasado, sino más bien como intentando salvar la relación que había tenido con ellos. Después de media hora, cuando la vieron salir caminando hacia la parada de colectivo, ambos padres se sonrieron y pensaron que por fin el calvario de los últimos meses había terminado.

Cuando Julieta llegó a la parada, miró alrededor buscando a Nicolás. A primera vista vio que el muchacho venia caminando a lo lejos y una leve sonrisa se dibujó en su rostro. Pero algo andaba mal, junto con la sensación de felicidad que le causo Nicolás también sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda, otra vez la presencia del hombre de la barba se hizo latente. Cuando volvió a mirar notó que detrás de Nicolás venia corriendo en el hombre la barba, ella entreabrió la boca e intentó gritar, pero fue inútil, el miedo la envolvió. Cerró los ojos y agitó la cabeza, a la distancia Nicolás se dio cuenta de ello y comenzó acorrer para tranquilizarla lo antes posible. Sin embargo, cuando Julieta abrió los ojos vio que los dos hombres tenían barba y corrían frenéticamente hacia donde ella estaba. Entonces, giró en redondo y corrió lo más rápido que pudo. El primer hombre se detuvo en la parada, pues llegó justo a tiempo para tomar su transporte, en cambio Nicolás siguió corriendo detrás de Julieta. Ella sorteaba a las personas de la calle haciéndoles perder el equilibrio frente a Nicolás, el muchacho los esquivaba hábilmente, pues su objetivo estaba centrado en alcanzarla y contenerla. Lo que Nicolás no sabía era que, cada vez que Julieta se volteaba al verlo, veía al hombre de la barba acorralándola para hacerle daño.

Fue así que llegaron hasta una avenida, Nicolás había perdido el aire y ya no podía seguir corriendo, entonces el muchacho gritó su nombre con el poco aire que le quedaba:

―¡Julieta!

Ella reconoció su voz al instante y se detuvo inmediatamente, se dio vuelta y vio que el hombre de barba se había convertido en su amado, todo había sido producto de su imaginación y por un breve instante sintió alivio. Sin embargo, no vio que un auto se dirigía hacia ella. El conductor, por desgracia, venia distraído mandando mensajes con su teléfono celular y solo sintió el impacto de la chica sobre el capo y la puerta izquierda de su automóvil.

Julieta quedó tendida boca arriba, aturdida, mirando al cielo y lanzando jadeos al aire. El golpe fue lo suficientemente fuerte como para fracturarle dos costillas y que estas le perforaran un pulmón.

Nicolás llegó corriendo con los ojos llenos de lágrimas, se hincó sobre ella y mientras que le sostenía el rostro lacerado con piedras, tierra y sangre; llamó al 911.

En diez minutos la ambulancia estuvo presente, y mientras que el muchacho la abrazaba y la multitud se reunía, ella fue llevada de urgencia al hospital. Estando en la camilla sintió que una gran sensación de sueño la asediaba, nunca en su vida sintió tanta pesadez y cansancio. En un momento giró dolorosamente su cuello hacia el costado y vio que el hombre de barba rojiza vestía un guardapolvo blanco, era el hombre encargado de mantenerla con vida hasta llegar al nosocomio.

―Julieta―le dijo el enfermero― no te duermas. Se fuerte, ya les avisaron a tus papás. Cuando lleguemos al hospital es probable que ellos estén allí esperándote.

Ella sonrió, como una persona que comprende todo y que se siente en paz y en armonía con todo el mundo. Tendió su mano y acarició al hombre en el rostro, le dedico una tierna sonrisa y un último suspiro empañó la máscara de oxígeno.


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