Los tulpas de trapo

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Desde chica me gustó crear. Mi abuela siempre me hizo creer que yo era hábil con las manualidades, tanto insistió que me lo creí. Y como todo en lo que creemos, pasa. Empecé por las pulseras de macramé, porcelana, madera, alpaca y hasta hice muñecas de trapo. Cuando conocí la muñequería me volví loca. Podía hacer todo tipo de muñecos con sonrisas muy simpáticas y llenas de expresiones. En algún momento dejé de hacerlo y luego de muchos años volví al ruedo, pero diferente.

Cargada de personalidades, rencores y cicatrices que me fui haciendo en el camino, ya no tenía ganas de recrear la felicidad en mis trabajos. Quería hacer muñecos tristes, depresivos y muertos para adultos que tenían un niño interior que se reconocieran en mis mórbidas creaciones. La primera fue Alfonsina. Esta muñeca tenía botones negros en lugar de ojos, pintadas unas ojeras, un vestido negro y violeta pero su particularidad era que tenía la boca cosida. Como quien se muere con cosas por decir, o se muere por decir algo. Conoció a alguien que se enamoró de ella y le dio casa.

 Otros de los más vendidos eran unos muñecos blancos de costuras negras, simulaban un muñeco voodoo, también con botones en lugar de ojos y lo característico era que tenían al cuello un nudo de horca. Me encontré con mucha gente interesada, más de lo que yo podía imaginar. Como si una horda de zombis pasara a buscar un souvenir que le recordara su amargo paso por esta experiencia física. Motivada por las necesidades de mis compradores nació otro personaje y fue el único en su tanda, se llamaba “el miedito”.

El miedito estaba creado con un fin específico y era el de absorber el miedo que atormentara a la persona que lo tuviera. La idea es que el miedo viviera en el muñeco y no en uno mismo. Tenía un solo ojo, la boca también cosida, un alambre por dentro que le daba estabilidad y diferentes posiciones; una camisa blanca con yabot, un saco negro hasta las rodillas que se abría y, en el interior del saco, tres dijes de dagas. También tenía unas cadenas que simulaban tener guardado un reloj de bolsillo y en lugar de manos, ganchos como garfios.

Todo en él tenía un simbolismo; las dagas representaban el hecho de que por miedo nos defendemos. El no reloj, que el miedo nos hace perder el tiempo y los garfios en la mano, no dejarnos ayudar. La boca cocida, lo que no decimos y el ojo —que tenía parpado móvil— representaba la poca visión o la visión poco clara de los que sufren por miedo. Le había puesto tanto esmero en su creación que ese miedo tenía nombre y apellido. Era una clara representación del miedo que yo llevaba dentro: el de enamorarme. En ese momento salía con Javier, y no podíamos avanzar porque yo era un constante boicot. Creí profundamente que, en la creación del miedito, había cargado todo mi miedo en él, y en un acto simbólico de “te entrego mis miedos” se lo regalé para su cumpleaños. Al poco tiempo nos peleamos y ya no supe de él.

Después conocí a alguien y esos miedos ya no estaban.

Fue ahí donde me di cuenta que, este personaje tenía poder si yo depositaba en él la convicción de tenerlo. Era un ente vendible, a clientes vacíos de esperanzas. Pero no podía dejar librada al azar la posibilidad de dárselo a alguien que no creyera lo suficiente y no pudiera ver el resultado. Estos muñecos tenían que tener magia propia, que se alimentara de los miedos de su dueño, pero no dependiera de la credulidad de éstos. Así conocí a los tulpas.

“Los seres Tulpas son creaciones mentales de un elemento real y tangible, ente u objeto, creado desde la imaginación y una voluntad poderosa, que adquiere consistencia física. Criaturas no humanas del plano astral, similar a la idea de los amigos imaginarios. Puede llevar años visualizar a un Tulpa, requiere de esmero, meditación, paciencia y determinación para formarlo. Los tulpas consumen nuestras energías, mientras más los alimentemos más fuerte se harán, cobrando cierta independencia, fuera de nuestro control mental hacia ellos. Cuando esto pasa, tienden a degenerarse o a corromperse negativamente si no reciben atención, convirtiéndose en entidades malignas”. Esto decía uno de los tantos artículos que tuve que leer. Los creadores de video juegos están estrechamente relacionados con la práctica de crear tulpas; lo llaman tulpamancia y tulpamantes a quienes logran su materialización. Los pioneros fueron los monjes tibetanos y Lovecraft los mencionaba bajo el nombre de Shoggoth, criaturas creadas por los antiguos para cumplir el rol de servidores/esclavos.

No había descubierto nada, y muchos lo hacían, aunque no lo recomendaban, dado que podía salirse de control. Una de las cosas que marcaban estos artículos es que, a la hora de crearlos, había que designarle un objeto donde este ente autónomo pudiera refugiarse.

La forma más simple de explicar cómo se crea un tulpa es el ejemplo de la madre que reza a un ángel en concreto para proteger a su hijo: ella crea una forma de pensamiento angelical, usando sus pensamientos energéticos junto con el material energético del aura de su hijo. Una vez creada la forma de pensamiento, penetra en el aura de su hijo y permanece allí para evitar influencias negativas.

Me acordé de una muñeca que hacía mucho había empezado. No tenía manos ni cabeza y en principio quise dejarla así. Nadie la compraba, admiraban el hecho de tener pechos, un vestido hermoso con corset de estilo victoriano y su característica más hermosa: entre las piernas, labrada en hermosas piedras y cuentas de vidrio, una vulva. En su punto alto, una piedra en forma de gota representaba el clítoris. El mensaje, de primer momento, era reconocer que bajo el vestido habitamos un tesoro, en comparación con las muñecas plásticas que al mirar no tienen nada. Es algo que recuerdo mucho de mi infancia, la curiosidad del cuerpo ajeno y no encontrarlo semejante a los modelos que “nos representaban”. Era la muñeca que más me gustaba de todas las que había hecho. Podía darle aún más valor si le asignaba a ese cuerpo un tulpa que le perteneciera.

Retomé su armado nuevamente. Le di una cabeza y manos de una vieja muñeca de plástico, al mejor estilo “Nenuco”, que compré en una casa dónde venden baratijas. La maquillé, para que no desentonara con el resto, le saqué los párpados y pinté sus labios y uñas de negro. La volví horriblemente hermosa y casi, casi, que daba miedo. Era excéntrica, por ende, fácil de vender. Pero Carlota había sido creada con un fin, ella esperaba este momento y yo lo sabía. Algo me lo decía en ese cuerpo de Frankenstein, y en esos ojos verdes que me miraban fijo todo el tiempo.

La senté en una silla, delante de mí. Recordé que había anotado una frase en algún lado para pronunciar en este momento. Me giré para buscarla y sin forma alguna de que pasara, Carlota cayó de la silla al piso quedando sentada en la misma posición. Algo bastante inusual para ser muñeca de trapo. La miré y sonreí, el tulpa habitaba en ella antes de que yo pudiera crearlo conscientemente. Estaba lista para ser vendida, ahora habría que ver si Carlota tenía deseos de irse.

¿Cuántos entes habremos creado desde el pensamiento, sin notarlo? ¿Cuántos nos estarán mirando en este mismo momento?