Asuntos de familia

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A fines de noviembre o principios de diciembre, siempre hay algún cumpleaños perdido o alguna comunión que sirve de excusa para que en la sobremesa familiar alguien haga LA pregunta: “¿Qué hacemos para las fiestas?”. Se abre un silencio que no dura más de 3 segundos pero equivale a una hora y media. El cerebro de cada uno trabaja a una velocidad luz para decodificar los cruces de miradas, las posturas, las rascadas de cabeza y hasta aquel que se levanta para ir al baño o la que va a ver qué están haciendo los chicos.

Durante esos tres segundos, al cerebro no sólo le alcanzó para decodificar lo que veía y recordaba, sino para pensar qué decir o responder cuando alguien dijera algo más. Se desata un ajedrez mental feroz y las piezas se acomodan a esa matemática exacta en donde siempre los peones son peones y las reinas son reinas.

Claro que las cosas suelen ser más o menos ordenadas mientras los abuelos están vivos, porque la casa de los viejos es casi obligada. Pero cuando te casás, el otro también tiene los suyos. Además de suegros, tenés cuñados (no sólo los que vienen por el lado de tu pareja sino los adicionados a la familia por los hermanos). Entonces ahí las cosas se complican por esa costumbre de que para las fiestas hay que estar todos juntos.

Hay situaciones que se dan siempre, las típicas, casi de manual, y son las que voy a relatar a través de una familia de las más normales: Jorge y Mirta, con tres hijos. La mayor, casada. El del medio padre soltero y separado de la madre de su hijo. El menor, eterno soltero. Acá vamos.

La nena

Es la mayor, Sandra, profesional y casada como Dios manda, con dos bendiciones en edad preescolar. Marcelo, el marido, abogado, con tres hermanos y uno que vive en el exterior y viene para las fiestas a ver a la familia. Obviamente, ante tal acontecimiento la familia política de Sandra espera contar con su bienvenida presencia, como matrimonio bien. La pobre se siente tironeada, porque las navidades siempre son con sus padres. Entonces se le ocurre la maravillosa idea de hacer la reunión en su casa, aprovechando la excusa de la reciente mudanza. Le parece que su suegra y su mamá van a estar complacidas en no tener que trabajar como anfitrionas y se asegura jugar en su terreno.

La madre

Obviamente Mirta, con tiempo de sobra para organizar ya que no va a tener que armar nada, empieza su artilugio con su hermano y su cuñada, para disputarse en la reunión familiar en la casa de “la nena”, la presencia de “la nona”, que vive con el hijo varón. Resulta que sus sobrinos van a la casa de sus suegros y entonces si la nona se va con Mirta, el matrimonio se queda solo. La cuñada desliza que la nona no se va a querer ir si ellos se quedan solos y entonces Mirta piensa que dos platos más en la mesa no hacen diferencia.

El padre soltero

Este era un tema para Sandra, porque sus suegros son hipermegacatólicos y ella no estaba segura de qué tan bien caería el estado de su hermano a la familia política modelo. Pero la madre del nene del Jorgito estaba desaparecida en acción, así que no había chance y el hermano de Sandra vendría a la cena con la criaturita, y roguemos que sólo con la criaturita porque por ser padre no había dejado de ser soltero y siempre con alguna amiga aparecía.

El jefe familiar

Jorge ya sabía lo que le tocaba todos los años: las compras del supermercado y pasarse la tarde del 24 de diciembre asando algún animalito a la parrilla. Pero esta navidad no lo iba a tener que hacer. El yerno había dicho que del lechón se encargaba él y que si quería, podría traer un vino. Nada más difícil. Cuando te piden llevar un vino a una reunión no podés caer con cualquier vino, tenés que ponerle onda. Así que se fue a la vinería de su amigo Paco, a ver qué le recomendaba el gallego.

La familia política

Claro que Amalia, la suegra de Sandra, no se iba a quedar con llevar sólo un vino a la casa del “nene”, sino que dijo que se haría cargo del postre. Los que no iban a poner nada eran los visitantes extranjeros. Por lo demás, la suegra dijo que sus nueras iban a llevar ensaladas. Sandra sacó la cuenta: los suegros, los padres, los cuñados, los hermanos, sobrinos  la nona y los tíos. Junto con los dueños de casa eran veintidós. Iba a tener que alquilar vajilla, mesas, sillas.

El marido

Marcelo llegó el 23 a la tarde de hacer compras. Cuando Sandra vio la cantidad de cosas que traía le preguntó quién más venía y él la anotició con que ya que iban a aprovechar las fiestas para hacer una inauguración de la casa, les había dicho al grupo de amigos que después de las doce pasaran a brindar. Diez más con sus niñitos. Llamó inmediatamente a la empresa de banquetes para pedir refuerzos de copas. Mientras veía la cantidad de botellas que iban a parar a la heladera del quincho, las contó a ojo alzado y supo que esa noche desfilarían por su casa no menos de 50 personas.

Los amigos

El 24 a la tarde, Sandra estaba terminando de hacer dormir la siesta a los chicos cuando escucha voces. Se asoma por la ventana y los amigos varones habían llegado a “darle una mano” a Marcelo con el lechón y de paso trajeron una picada. Se abrió la primera botella del día y a Sandra ya le empezó a hervir la yugular de ver a esos atorrantes que empezaban el escabio a las cuatro de la tarde mientras sus esposas seguro estaban, como ella, tratando de terminar de poner en orden la casa, los chicos y la comida.

La prima

A eso de las cinco de la tarde, Sandra recibe un whatsapp de su prima Emilce, comentándole que está embarazada y que estaba esperando la Navidad para contarle a la nona, pero que se está enterando de que la nona va a estar en la casa de ella. Sandra no sabía muy bien qué decirle, y no hizo demasiada falta porque Emilce se lo preguntó directamente: “¿a vos te molesta si voy con Daniel a tu casa?” Y bue… dos más no pasa nada. En realidad iban a ser cuatro más, porque los hermanos de Daniel se iban a sus suegros y los papás se quedaban solos.

Ya eran veintiséis. Por suerte había pedido refuerzo de vajilla pensando en que siempre hay alguno al que se le caen las cosas.

La suegra

Llamó por teléfono la mamá del nene a las seis de la tarde, para “avisar” (ella no es de las que pregunta o pide permiso, mucho menos si es la casa del nene), que los padres de la novia del hijo que vive en el exterior también van a ir a la cena. “Me imagino que no te molesta, así que le dije a Sarita que trajera a sus padres, que son un amor. Vos no te preocupes que ya los conté para el postre”.

La previa

Sandra, encaró con el teléfono en la mano a interrumpir la tertulia masculina de media tarde. Las botellas vacías ya eran tres pero por lo menos el lechón estaba ya cocinándose. Anotició a su marido que se acababan de sumar seis comensales entre que los chicos se durmieron y él con los amigos se bajaron tres cervezas. “Me parece que vas a tener que ir a buscar más carne…”, sugirió Sandra. A lo que los amigos del marido empezaron a darle datos de carnicerías abiertas para que fuera ella, porque “el lechón no se podía descuidar”.

La carnicería

Para no hacerle un desplante al marido delante de los amigos, salió ella con el gesto envenenado a la carnicería más próxima, que estaba en el supermercado chino. Después de los cuarenta y seis minutos de espera, no se preocupó demasiado por los cortes y sólo  le pidió al carnicero cinco kilos de carne “para asado”. No había caja rápida. Adelante de ella habían siete personas con changos muy cargados, en el medio de la cola dos viejitos que a los gritos se cuestionaban mutuamente lo que habían metido en la compra y sacaban cuentas de las ofertas. Atrás de los viejitos, una mujer con tres chicos que corrían en zigzag entre la gente que estaba haciendo la cola y encima llega una chica con su bebé en brazos y pasa directamente al primer lugar. La viejita se aviva y se pone atrás de la chica con el bebé. El viejo le pregunta a los gritos a dónde va. Y la mujer con los niñitos se adelanta. Había media cola amotinada alrededor de la china que cobraba. Entonces Sandra aprovechó el aventón y encaró a la china: “Nena, esto está muy enquilombado. Yo llevo sólo la carne, la chica viene con el bebé, la señora con los pendejos insoportables y después los viejitos. Yo me voy”, dijo Sandra poniendo los dos billetes de quinientos pesos sobre la cinta de caja. “Quedate con el vuelto… Feliz Navidad” dijo y salió del supermercado sin que nadie intentara frenarla. Miró la hora y ya eran las siete y media. Tenía una hora para bañarse, vestir a los chicos, preparar las ensaladas y poner las mesas.

El soltero sin apuro

A este había que charlarlo por dos situaciones. Primero que no cayera con la chica que había conocido en la juerga de la noche anterior, y mucho menos con el grupete de amigos tan eternamente adolescentes de treinta y cinco años como él. Tarde. Cuando Sandra llegó del supermercado, entró como viento, despeinada, colorada con los 36º de temperatura corporal sumados los 38º del ambiente y los 44º del quincho con la parrilla prendida. Los tipos, todos en cueros. A los amigos de Marcelo se habían sumado el hermanito soltero sin apuro con dos amigotes más, instalados a dar instrucciones al lado del asador con fernet en mano. Al ver a la hermana con la cara furibunda, no hizo falta que ella dijera nada para que se atajara solito: “Ya se van, Sandri, pasaron a saludar nomás…”

Sandra tiró la bolsa con la carne sobre el mesón, le echó una mirada fusiladora a Marcelo y se hizo un silencio. Pasó derecho a la heladera, abrió una botella de cerveza, se bebió del pico unos cuantos tragos y después con las manos en la cintura y pose de estar dispuesta a cualquier cosa, no tuvo que hacer nada para que la logia varonil se fuera levantando de sus sillas camino a la puerta. Cuando se quedó sola con el marido y el hermano que amagó a irse también, Sandra dijo sin menguar en el gesto adusto: “Me voy a bañar, cuando salga, que todo esto esté limpio. Es lo único que te pido si no querés atender vos solito a tu familia para comunicarles que nos vamos a divorciar…”

La llegada

Agitada, Sandra salió del baño a vestir a los chicos. Luego buscó el vestido, se puso las sandalias, se acomodó el pelo con un poco de crema para peinar y partió al quincho a poner las mesas. Cuando terminó de acomodar todos los cubiertos, tenía intenciones de ir a ponerse un poco de color en la cara, pero sonó el timbre. Eran Jorge y Mirta con la nona, que venía despacito con el andador. Hubo que abrirle las dos hojas del portón para que pasara sin problemas. Mirta traía ensalada de frutas y sandwichitos de miga “para picar”. Jorge venía con dos botellas de vino porque “no sabía cuál elegir”.

Pasaron todos para el quincho y Marcelo aprovecho la llegada del suegro y la presencia del cuñado para irse a bañar y dejar la posta en la parrilla.

Los hijos de Sandra empezaron a revolotear alrededor de los abuelos para ver si traían regalos mientras ella terminaba de preparar algunas ensaladas. En ese menester se encontraba cuando sonó de nuevo el timbre. Emilce con su marido y los tíos, que entraron a la casa con el intento de hacer un tour mientras miraban por todos lados. La prima venía impecable, uñas pintadas, zapatos nuevos, vestido blanco de voile y hasta se había planchado el pelo. Sandra los acompañó hasta el quincho, en donde la tía Norma acomodó su vitel toné y una ensalada waldorf.

Timbre de nuevo. Los suegros. Ahí llegaba Amalia con su crumble de manzanas tibio y el helado de frutos rojos para acompañar. El suegro, traía tres botellas de su selección privada abastecida por un amigo que las incautaba en la aduana y se hacía el quiosquito revendiendo. Marcelo casi sabiendo que era el momento en el que la mamá preguntaría por el nene, salía recién bañado, impoluto, ni rastros quedaban del hombre transpirado que dejó la parrilla en comodato veinte minutos antes. Inmediatamente todos pasaron al quincho, saludos de cortesía y los hombres empezaron a abrir vinos mientras las abuelas competían por la atención de los nietos y los tortolos embarazados se hacían arrumacos. La nona, cada diez minutos preguntaba si falta mucho para las doce y después no decía más nada.

Así fueron desfilando todos con sus botellas camino a la parrilla y todas con sus bandejas decoradas y su viento de perfume importado, mientras Sandra iba y venía de la cocina al quincho llevando y trayendo.

Los anteúltimos en llegar fueron los que andaban de visita, que obviamente no traían nada pero venían vestidos como si se tratara de un coctel en el golf. Ella, peinada de peluquería, seguramente hasta ropa interior nueva (y rosada) traería.

La mesa de las comidas quedó atestada de pollo relleno, torres de panqueques, lengua a la vinagreta, ensaladas de camarones con  manzana verde y nuez, palta con morrones, huevos rellenos y la mayonesa de ave de Emilce… ¡Mayonesa de ave! Loca es ensalada rusa con pedacitos de pollo, no jodamos…

Sandra ya estaba agotada. Hubiera dado la vida por una tortilla de papas con ensalada de lechuga y tomate partido al medio.

“¿Quién falta?” Preguntó Amalia. Faltaba el padre soltero que en ese momento llegaba tocando bocina con la cumbia villera al palo que se escuchaba desde la esquina. Cuando entró con el niño, obviamente Amalia preguntó por la madre. “Que triste, pobre niño…” deslizó pretendiendo ser compasiva. “No es pobre, tiene un padre hermoso y dos abuelos, ¿para qué más?”, dijo Mirta. Marcelo cortó la tensión de los comentarios entre las consuegras con un “a la mesaaaaaa”, anunciando el punto del lechón.

La cena

Todos se pararon de sus sillas con plato en mano, cual buffet froid, para obtener una porción de cada cosa. La mesa de la comida estaba repleta y la mesa de comer, vacía. Mirta quiso llevarle a la nona un poquito de ensalada rusa y la tía le sacó el plato y se lo reemplazó por una empanada porque “la nona no ve bien, mejor darle algo que pueda comer con la mano”. La nona cuando probó la empanada preguntó por el lechón y pidió que se lo cortaran chiquito. Sandra no había terminado de cortarle la comida a los chicos mientras las madres degustaban el vitel toné y Emilce pedía “agua” haciendo gala de su impedimento para tomar alcohol. Cuando la dueña de casa quiso servirse algo de lo que había quedado después de huracán hambriento, una porción de torre de panqueques la miraba con emoción. Al sentarse a la mesa, Marcelo le trajo una porción del asado que ella había comprado en los chinos y Amalia propuso un brindis por la familia. Acto seguido, el suegro pidió un aplauso para el asador y Mirta dijo: “y otro aplauso para la dueña de casa”, que Amalia le corrigió: “LOS dueños”.

La nena le hizo una sonrisa a su mamá, que seguramente ya habría pasado por esto un par de veces. Hubo quien hizo referencia a que la carne estaba un poco dura. Que el vino estaba picado. Que el lechón anduvo justo y que la próxima vez hicieran comida fría porque en diciembre hace calor para cocinar con fuego.

Sandra mira a todos, sonríe, recuerda… La cena pasa y todos empiezan a recargar copas para el brindis de las doce. De levantar los platos… ni hablar. Ahí Sandra se dio cuenta por qué nadie quiere poner casa para las fiestas. Empieza otra vez el caminito de ida y vuelta a la cocina, mientras las demás mujeres preparan sus fuentes de trasnoche con saturación de budín, pan dulce y mantecol dándoles tiempo a los hombres para preparar los tragos.

El suegro pone la radio, porque nunca todos los relojes están sincronizados. Los chicos esperan los petardos y las mamás ya camuflaron los regalos a los pies del arbolito. La nona pregunta por enésima vez cuánto falta para las doce y el locutor de la radio comienza la cuenta regresiva.

En esos diez segundos, Sandra recuerda las navidades en la casa de la nona, cuando el nono se disfrazaba de Papá Noel, cuando con Emilce esperaban las muñecas con las que se mantendrían jugando hasta la noche de Reyes. Mira a sus padres tomados de la mano, a su hermano yendo a buscar a su hijito, a su marido riéndose con los hermanos mientras llenan las copas. Se acerca a la nona, que hace diez navidades parece que va a ser la última y le dice: “¡Feliz navidad!” La anciana, que parecía perdida, sorda y ciega, le toma la mano a Sandra y le contesta: “Gracias m`ijita, usté sí que aprendió todo, no se espante de lo que pasa cuando se tomen todas las botellas, ¿sabe…?”

Y sí, ya sabemos lo que pasa. Algunos se pelean, otros se emborrachan, nadie ayuda y a las cuatro de la mañana parece que por la casa pasó un tsunami. El ritual se cumplió un año más y cualquiera sea el motivo por el cual unos quieren estar con pocos y los otros con algunos, se encaminan las cosas para que todos estén con todos, que a las doce se olviden los rencores y por los minutos que dura la alegría de una navidad más en familia, el abrazo es compartido. Y después… después vemos. Seguro que para la próxima Emilce ya tuvo su bebé y quizás sea su turno de ponerse al frente de la odisea.