Llovían flores de azahar

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Era de noche. Una de esas noches que no pertenecen a su estación, estábamos en primavera, pero ese día hacía frío.

Vos me tomaste la mano, acabábamos de salir de un recital cualquiera, vos tarareabas la letra y yo te veía, enamorada.

Estabas de un humor como pocos días. Esa noche, recuerdo, estábamos buscando un kiosco abierto para comprar una cerveza, no teníamos más que uno o dos billetes en la cartera que no llegaban ni a los $100. Encontramos un mercadito abierto, esos que atienden personas mayores, la señora medio que por la hora no nos quería vender, aunque cuando le mostraste el billete de $50 se arrepintió y te pasó la botella. “No se olvide de traerme el envase mijo”, te dijo, y vos sonreíste y le dijiste que nos íbamos unas cuadras, pero volvíamos.

Empezó a correr viento, pero no era zonda, sino un viento inusualmente fresco. Nos quedamos parados en una esquina y empezó a llover la lluvia más bella que yo he visto (y probablemente no vuelva a ver en mi vida), llovían flores de azahar. Y esa noche estaba para nosotros dos, porque no había nadie en la calle, y los semáforos andaban por automatismo porque tampoco habían autos.

Y yo miraba maravillada el espectáculo que algún árbol cítrico nos brindaba, estamos inundados de ellas, de pequeñas, blancas y perfectas flores de azahar.

Y yo me sentí libre. Te miré y te besé. ¿Qué otra cosa acaso podía hacer? El clima estaba pronto para el amor, dejaste la botella en el piso, me besaste también. Mi pelo, el gorro de tu campera, tu cabeza, todos estaban bañados en pequeñas y blancas flores de azahar que nos perfumaban todo, nos hacían transformar una noche cualquiera, en una noche inolvidable.

Esa noche me dijiste que me querías. Abrí la cerveza con el llavero de mi casa, y la tomamos sentados en un banco público que había, y charlamos, charlamos, charlamos.

No creo recordar noche más perfecta que esa, porque durante un buen tiempo las flores no dejaron de llover. Agarré un par de ellas y las puse en la mochila que llevaba, como un pequeño souvenir que aquel árbol me regalaba.

Que bello era ver tu sonrisa y escuchar tu voz, compartir aquel momento y sabernos eternos, solo por esa noche.

Cuando terminó el viento, así también lo hicieron las flores de azahar que ahora solo quedaban algunas prendidas a las ramas bamboleantes de su árbol.

Te tomaste de un trago lo poco de cerveza que quedaba, nos dimos otro beso apasionado, y caminamos de la mano unas pocas cuadras para devolverle el envase a la señora del almacén.

Fuimos caminando de la mano unas cuantas cuadras para la parada del micro que me iba a llevar a mi casa, y vos te quedaste ahí, acompañándome, hasta que llegó el colectivo. Te besé, tal vez presagiando que aquella noche no iba a repetirse, y me fui.

Puse las pequeñas flores entre las hojas de un libro, para que se quedaran ahí y me fui a dormir.

Tiempo pasado nos terminamos separando, vos te mudaste de país, yo me mudé de ciudad. Pero las flores pequeñas permacen aún en el libro, simbolizando que, aquella noche, fuimos eternos.