Un poco más de seis

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Manuel Vergara puso una a una las balas en su lugar y esperó. En una época, más de tres décadas atrás, había sido un hombre bueno, pero todo eso terminó cuando se apagaron los ojos de Marta. Terminó cuando sintió que sus manos se teñían del rojo que había dado vida a la única mujer que había amado. La tarde en la que volvió del cementerio, su vida giró para no volver jamás al punto en el que se encontraba. Abrió la puerta y entonces lo comprendió todo. Sólo entonces supo que ella ya no estaría allí para sonreírle con su gesto de sueño todavía pegado en la piel de cada mañana. Que los ojos verdes más bellos que jamás nadie haya podido disfrutar no volverían a mirarlo de esa extraña y tan especial manera. Las lágrimas se escaparon sin contención durante varios días con todas sus noches. El dolor se aferraba a su pecho, a pesar de los litros y litros de whisky que ingería buscando ahogarlo. No fueron pocas las veces en que estuvo a punto de acabar con todo hasta que decidió hacer algo al respecto.

Era imposible que pudiera ni siquiera suponer que los actos que tuvieron comienzo un caluroso 4 de febrero iban a convertirlo en una leyenda.

Cómo podía imaginar un hombre que se ganaba la vida vendiendo diarios y revistas, que era servicial y alegre por demás; cuyo anhelo más preciado había sido formar una gran familia, que por acallar los gritos de venganza que aullaban en su interior se vería lanzado hacía un mundo en el que no se sintió, como él imaginaba: un ser fuera de foco, sino que se movió como alguien que conocía el terreno que pisaba a cada paso que daba. No fue un asunto difícil convertir en billetes todos los bienes que poseía.

Se fue del barrio y se instaló en un mono ambiente que miraba a la plaza Independencia. Por aquellos días comenzó una costumbre que lo mantendría con vida hasta mucho más allá de los ochenta, se renombró Aldo Arraga, en honor al nombre que figuraba en el documento que había tomado de la billetera de un anciano que ya había olvidado el significado de la palabra precavido. Colocar su cara en lugar de la del viejo fue de lo más sencillo. Con el correr de los años su colección de documentos de identidad y pasaportes robados se acrecentó hasta ocupar varios cajones de un viejo aparador. El mismo que la policía destrozó al dar con él.

Haberse trazado un objetivo hizo que el diariero descubriera que poseía cualidades con las que ni siquiera había soñado. Entre ellas la que más útil le resultó fue su total impiedad. Dos años después de haber quedado solo regresó al cementerio, no llevaba flores, ya no creía en esos rituales.

—No voy a quedarme mucho rato. —dijo mirando hacía la lápida en donde estaba tallado el nombre de la que fuera su esposa— Nada más vine a decirte que podés descansar en paz.

Luego de pronunciar éstas palabras dio media vuelta y nunca se lo volvió a ver por allí.

Una mañana, mientras caminaba por la Alameda, un Mercedes Benz que llevaba los vidrios oscuros se le puso a la par. La ventanilla del acompañante descendió para dejar ver la cara de un muchacho joven que de niño había tenido viruela. Se identificó como empleado del hombre al que por más de un mes había rastreado, deambulando por todos lados y haciendo preguntas, ofreciéndose para trabajar.

Quince días después de aquel suceso, los diarios, las radios y los noticieros de televisión hacían saber a la población que el poderoso empresario metalúrgico Luis Saccardi había muerto en su casa de Punta del Este. Lo que no se decía era que el dedo que se apoyó sobre el sensible gatillo del Zastava M-76 a más de trescientos metros de distancia, provenía de la mano izquierda de un hombre triste que una vez amó a una mujer de bellos ojos verdes llamada Marta.

Los encargos que involucraban armas de fuego y absoluta discreción se sucedían con la regularidad con la que una ficha de domino golpea a su compañera para crear un raro efecto de cascada. Nunca dejaba una huella y pocas personas lo habían visto de cerca. Perfeccionó un sistema que consistía en publicar un anuncio clasificado en el Diario El Nacional de los Domingos. El texto debía solicitar información sobre un hermano extraviado y contar con un número telefónico o un correo electrónico de contacto. Una vez que este se realizaba, si el cliente aceptaba la tarifa, el que una vez respondiera al nombre de Manuel Vergara se ponía en marcha. Cuando su tarea se había completado, el dinero era depositado en una cuenta bancaria del banco Galicia, a nombre de Juan Pérez. Hubo empleadores que no vieron la necesidad de realizar la transacción una vez que quien les incomodaba, como una piedra dentro del calzado, había dejado de hacerlo. El antiguo vendedor de revistas de chismes los encontró y se ocupó de que su cara fuera lo último que pudieran ver.

El prestigio del asesino creció de tal modo que su nuevo oficio lo llevó por el mundo. Michel Vieux, un gordo y avaro empresario de Marsella, con aires de jefe de jefes, pensó que era una excelente idea no pagar los honorarios que adeudaba por un trabajo bien hecho. Tuvo la fortuna de vivir hasta que la Sureté lo encontró. Michel Vieux habló sin descanso, lo contó todo a cambio de ser incluido en un plan de protección para testigos. El arma de alquiler más buscada tenía ahora un rostro y un nombre. Tendrían que pasar muchos inviernos para que lo ubicaran en el mismo lugar en donde todo había dado inicio. Un sitio repleto de recuerdos y silencio que lamían perros y gatos acompañados por bocinas lejanas.

Manuel Vergara oyó las frenadas de los autos y contó cada una de las pisadas que había escaleras arriba. Cuando la puerta se vino en picada los esperó y les escupió las balas con absoluta certeza, pero ellos, los de la Interpol, eran un poco más de seis.