Departamento H | Capítulo 1

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La muchacha, morocha y bonita, no había visto nunca al hombre al que venía a buscar. Sólo sabía, por los informes que había recibido de su supervisor, que sería la persona que llevaría un diario doblado debajo del brazo izquierdo, y que entraría al bar a las nueve. Consultó su reloj. Había llegado con tiempo de sobra. Entró y pidió un café con leche con dos medialunas. A las 08:59 se abrió la puerta. A las 09:01 volvió a abrirse. En las dos ocasiones fue para dar paso a hombres que llevaban un diario doblado debajo del brazo izquierdo. La muchacha tenía la misión de llevar con ella, hasta el departamento H de la dirección que le habían indicado, al hombre correcto. Era su primera misión: si lograba completarla con éxito, le haría seguir los pasos de su madre dentro de la organización. La muchacha se puso de pie. Dejó un par de billetes sobre la mesa y caminó en dirección a uno de los hombres, que tomaba un submarino en la barra.

—Buenos días —saludó la muchacha.

El hombre giró la cabeza y la miró sin reconocerla.

—Soy Verónica, la hija de Gerardo Paredes. ¿Se acuerda de mí? —Le encantó usar por primera vez un alias, le resultó divertido.

Pronunció el nombre al mismo tiempo que extendía la mano derecha para tomar la del desconocido.

—¿No es usted el señor Guiñazú, Omar Guiñazú? —La muchacha no soltaba la diestra del hombre, que seguía sin poder reconocerla. Ella necesitaba tener un mínimo de diez segundos de contacto.

—No, señorita —respondió el interpelado con una amable sonrisa—, no lo soy. Pero, sinceramente, me encantaría serlo.

—¡Uy! Discúlpeme… —exclamó la muchacha, soltándole, ahora sí, la mano.

—Todo bien —El hombre volvió a su desayuno.

Una vez en la calle, la muchacha se dedicó a esperar. El segundo hombre era por aquel por el que había venido.

***

Pocos días habían pasado desde su cumpleaños número dieciocho cuando, al volver del supermercado, la muchacha y su madre encontraron al hombre de la casa sentado en el sillón que siempre ocupaba para escuchar la radio cuando regresaba del trabajo. No respondió al saludo. No respondió a nada más.

Madre e hija abandonaban el cementerio caminando despacio, con esa lentitud que da saber que, desde ahora, para ver al ser amado —que hasta ayer las abrazaba con la fuerza de la ternura—debían cerrar los ojos y buscarlo en el país de los recuerdos cálidos.

No aceptaron la oferta de nadie para ser llevadas a casa en auto. No les interesaba demasiado abrir una puerta para no escuchar la radio y —peor aún— para encontrar el sillón vacío.

Cuando quedaron solas, la muchacha se aferró a la mano de su madre, como lo hiciera en los tiempos en los que ella la acompañaba a la escuela. Habían caminado una cuadra cuando la hija gritó, llena de terror. Lo que había visto la sobresaltó de tal manera que la madre, intuyendo la situación, hizo señas a un taxi para que parase.

—Eras vos, mamá —dijo la muchacha, sin salir de su desconcierto—, te lo juro. Estabas tirada boca arriba, en un baño público o algo así… —Trataba de hablar bajo para no ser oída por el taxista—. Y con la ropa manchada de sangre.

La madre recordó la estación central de Berlín, tres años atrás.

—Ya sé, ya sé —Apoyó la cabeza de la muchacha en su hombro—. Tranquilizate. Llegamos a casa y hablamos.

Le acarició el cabello a su hija. Sonrió: su estirpe se prolongaba.

***

—¿Vos me estás diciendo que si toco a una persona voy a saber todo sobre su pasado? —preguntó la muchacha como si quisiera pasar en limpio lo que su madre le había contado en la última hora, sentadas en la cocina.

La madre asintió con la cabeza.

—Si no lo hubiera vivido —comentó la muchacha, ahora más tranquila—, esta sería una de esas historias que nunca creería.

—La ciencia ficción nunca fue tu fuerte —bromeó la madre, buscando conseguir una sonrisa del otro lado de la mesa.

Se puso de pie al oír el silbido de la pava puesta sobre la hornalla. Cuando le ofreció a su hija el mate recién cebado, la muchacha no lo tomó de su mano. Se cruzó de brazos, como si buscara protegerse. Esperó que su madre lo apoyase en la mesa para aceptarlo.

—No tengas miedo —pidió la madre.

Por unos segundos, el ruido que indicaba que otro mate se había terminado fue todo lo que se escuchó.

—¿Cuánto tiempo? ¿Qué tengo que hacer para lograrlo? ¿Y si nunca puedo? —las preguntas se atropellaban en su boca. Como siempre que se ponía nerviosa, usó su mano como un peine y —también como siempre— dejó todavía más revuelto su espeso cabello.

—Pará, pará —la madre le alcanzó uno de los sanguchitos, de jamón cocido y queso con pan francés, que iba preparando mientras charlaban.

La muchacha apenas probó lo que —se había encargado de dejar claro desde muy chica— era su comida favorita.

—No es lo mismo sin la mayonesa —dijo esto para dilatar las respuestas que, a la vez, estaba ansiosa por oír.

—Ya sé. Mañana vamos al super y te compras un frasco así de Ri-k —El gesto de la madre daba a entender que era consciente de cuánto le gustaba el aderezo.

La muchacha se rio. A la madre le encantó que lo hiciera.

—Mirá que te tomo la palabra —la desafió la muchacha, todavía entre risas.

—Más vale —sentenció la madre, antes de dar un sublime mordiscón a su sanguchito.

Los tres interrogantes se fueron despejando con lujo de detalles. Sin que se dieran cuenta, las alcanzó la medianoche, aunque ninguna había pensado ni por casualidad en irse a dormir.

— ¿Cómo es eso de que sos una cazadora? —continuó interrogando la muchacha, que de a poco iba terminando de comer.

— ¡Uy! Es una historia tan larga como la cola que había cuando fuimos a ver Toy Story, te acordás…

—Cómo no me voy a acordar. Dale contame… Cont…

El silbido de la pava sonó de nuevo.

—Dejá… Voy yo —dijo la madre, sin dar tiempo a que la muchacha hiciera nada.

El termo estaba por tercera vez lleno y la yerba nueva esperaba, de un momento a otro, dar inicio a otra ronda.

—La cosa fue así…

De a poco, con cada palabra de su madre, la muchacha iba dejando atrás la ciencia ficción para pasar a una historia basada en hechos reales.

—Entonces somos: ¡las “Mujeres X”!

La madre festejó el comentario con una de esas carcajadas tan suyas que la muchacha siempre recordaría.

—Más o menos… Más o menos. Aunque en nuestro mundo no existe el profesor Xavier. Existe Tapia.

Al fin salió, pensó la muchacha, quien no había apartado la vista ni por un segundo de la puerta de entrada. Se había sentado en una de las sillas que el café tenía dispuestas en la vereda, desde donde puso a prueba toda su paciencia para esperar al objetivo. Se fijó que ahora el diario, todavía doblado, sobresalía del bolsillo derecho del saco gris oscuro del hombre. Tendrían que transcurrir unos veinte minutos para que conociera la sorpresa que se ocultaba entre sus páginas.

Lo vio hacer señas a un taxi para que se detuviera y lo escuchó insultar cuando el vehículo pasó a su lado ignorándolo.

Siguiendo las instrucciones que había recibido, se había asegurado de que la viera dentro del café. “Es muy importante que llames su atención”: esa era una de las directivas que le habían sido impartidas.

Celular en mano, fingió mantener una discusión.

El objetivo le dedicó una mirada escrutadora de pies a cabeza, y sin duda alguna aprobó la exploración.

Cuando el objetivo consiguió que un taxi se detuviera, la muchacha lloraba.

—Por favor, espere un momento— escuchó que le pedía al taxista, con el tono dulce en que un abuelo le habla a su nieto—. Ponga en marcha el taxímetro, que ya vuelvo.

La muchacha sollozaba, respetando su plan, y al oír la voz, levantó la cabeza. Las líneas negras del rímel corrido habían alcanzado su mentón.

—Muchas gracias —dijo la muchacha, aceptando uno de los pañuelos de papel que el hombre le ofrecía.

—Por favor: hoy por ti, mañana por mí —respondió el hombre—. Estoy con un taxi. ¿La acerco a alguna parte?

La muchacha volvió a sonreír.

—¡Uf…! No sabe el favor que me haría.

El hombre abrió la puerta y con un gesto invitó a la muchacha a subir primero al Chevrolet Corsa. Ella agradeció con una sonrisa leve y se cuidó de no tocarlo ni por un segundo.

El chofer asintió con la cabeza al conocer el primer punto de destino: el edificio, célebre por su altura, en la zona vieja de la ciudad.

El asesino consultó su reloj, aunque se lo veía con poco interés en saber qué hora era. Lo hizo más bien como un acto derivado de la costumbre. No tenía forma de saber que el costoso Omega estaba marcando sus últimas horas de vida.

—Mal de amores —dijo el objetivo, buscando conversar.

—Usted lo ha dicho. Quedamos en encontrarnos en el café para charlar, pero me plantó. Hace un rato me llama para decirme que está en el aeropuerto, que se va de viaje. Un asunto del trabajo, qué se yo.

—¿Y a qué se dedica su novio?

—Es creativo publicitario.

—Ah, mire usted, qué interesante.

—La cuestión es que me sale con que me armó unas cajas con mis cosas y que si puedo pasar a buscarlas lo antes posible. Lo antes posible, me dice el hijo de puta —La muchacha se llevó la mano a la boca—. Uy, discúlpeme. No suelo decir malas palabras, pero estoy tan enojada que…

—No se haga problema —El hombre, complaciente, apoyó su mano derecha sobre la izquierda de ella.

La muchacha permaneció inmóvil hasta que hubo pasado el tiempo límite de diez segundos: las imágenes comenzaron a invadirla.

Lo que vio: de pie, rodeado de nieve, el hombre que ahora intentaba consolarla. En su mano, un puñal curvo como la luna menguante. Arrodillado, dándole la espalda, un sentenciado a quien la fría hoja le apagaría la vida.

Las imágenes provocaron en la muchacha un estremecimiento que bien podía ser atribuido al llanto.

—La dirección a la que usted va me queda de pasada —la voz del hombre devolvió a la muchacha al presente—, y la verdad es que estoy de paseo, soy un turista sin apuro.

La muchacha lo miró, expectante.

—Si le parece, la ayudo con las cajas.

Ella retiró su mano para poder usarla como un peine y así intentar disimular lo nerviosa que estaba. Finalmente, tragó saliva con disimulo, y se mostró complacida:

—Me salva la vida si hace eso.

Continuará…