Cartas marcadas

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Florencia tiene una vida llena de ruidos. Hijos, un trabajo de más de ocho horas diarias y un auto que le trae más problemas que comodidades. Un martes por la tarde, ahogada de cada cosa, decidió tomar su mochila, cerrar su casa y adentrarse por las calles del barrio para encontrar un poco de silencio en su interior. Salir, para ella es una manera de entrar a los espacios que la conectan con lo imperceptible, pero también necesario.

Caminaba en paz por el costado de una calle, escuchando a Ella Fitzgerald y Louis Armstrong a través de los auriculares. Ahí sola con sus manos y sus pies buscando la nostalgia, esa que le arruga el alma y los ojos al pensar en los caminitos y paisajes en donde fue regalando pedazos de su corazón. Esos atardeceres perfectos, aromas picantes y dulces también. Aquello que la cubre como una manta en pleno invierno, que la acaricia un poquito y la llena de amor cada vez que lo trae a ella.

Ya más alejada del barrio, cerca de la ruta, respiraba y sentía el sol tibio de la siesta sobre sus hombros desnudos a la quietud del lugar. Vio a pocos metros un buzón muy abandonado, casi completamente oxidado y solitario, en un costadito cerca del pequeño parque. Se acercó y vio un sobre a punto de caerse, agitándose inquieto con la brisa primaveral de agosto. Le llamó la atención más el sobre que el buzón porque, en estos tiempos, ese pedazo de papel es muy raro de ver. Ahí estaba la nostalgia en su máximo esplendor, en la sencillez de una carta escrita de puño y letra en tiempos de imágenes efímeras y palabras virtuales. Miró hacia ambos lados buscando un indicio de su dueño, como si quizás alguien estuviera espiándola. Vio que sólo estaba ella así que siguió el instinto. Tomó el sobre y buscó un lugar cómodo para sentarse. Eligió, en el bosquecito, un precioso árbol con sus ramas casi tocando el suelo con una sombra generosa para quien buscara descansar sus pies. Se sentó apoyando la espalda en la corteza y abrió ese sobre. Lo que leyó la cautivó completamente.

“Hola hermoso, soy yo otra vez. Acá estoy sentada en mi escritorio pensándote una vez más. ¿Qué tengo que hacer para desterrarte de mi mente? ¿Qué tengo que hacer para dejar de pensarte antes de cerrar los ojos, antes de entrar en un profundo sueño en el que también estás conmigo?

Tantos días han pasado desde nuestro único encuentro y siento con mi piel, como si fuera ayer. Te extraño, te necesito como la gota de agua en la grieta partida del suelo arenoso en el que estaba mi piel antes de vos. Nunca antes había deseado el éxtasis de una piel que me bebiera tanto. Nuestras vidas se encontraron en distintos tiempos y quiero ver una vez la miel de tus ojos derramándose en mí. Te extraño, te espero, necesito tu aroma, tu respiración. Acariciar tu pelo y besarte hasta que mi labios ardan en el infierno de tenerte pleno. Dame tu mano, no te suelto, vamos a volar un rato por ese cielo que no guarda secretos. Acá estoy. Hoy tuya, Amanda.”

Sus manos temblaban. Necesitaba entender y leer más sobre esa historia llena de deseo imposible y desesperado. No paraba de imaginar a ese hombre, sus manos y sus labios. Su voz y su sonrisa. Sintió que ya no era sólo de Amanda. Ya era suyo también. Lo había encontrado sin buscarlo, y lo encontró en esas letras sin pudor.

Las horas pasaron y ella seguía sentada en el mismo lugar, pero con sus ojos perdidos buscándolo, quizás deseando que apareciera a reclamar esa carta. Le daban vueltas en su mente, como el zigzag del infinito, cada palabra que había leído. Pensó que quizás ese era el buzón donde Amanda dejaba esas letras tiradas al viento para que su amado nunca pudiera sentirlas. Por miedo, angustia, soledad, desesperación. No sabía nada más, pero de lo que sí estaba segura era que deseaba saberlo todo. Y no iba parar hasta encontrarlo. Un príncipe azul perfecto, de cuento, descaradamente misterioso.

Al no encontrar rastros del destinatario en el sobre, ni dirección, ni mucho menos código postal, decidió hacer suya la carta y la guardó en la mochila, escondiéndola como un tesoro en la más desolada de las islas. Volvió tranquila pero con un millón de preguntas en su mente. Seguía con sus auriculares puestos hasta que de repente comenzó a sonar “Soledad y el Mar”, casi como por asuntos del universo, prestó especial atención a la letra. Y de esa manera, la melodía le dibujó el rostro de ese amor imposible, intranquilo, lento y dulce.

“Despidiendo últimamente todo lo que sucedió // hoy saludo mi presente y gusto de este dulce adiós // voy a navegar en tu puerto azul // quisiera saber de dónde vienes tú // vamos a dejar que el tiempo pare // ver nuestros recuerdos en los mares // y esta soledad tan profunda // que en el canto de las olas me quisiera sumergir // embriagándome en su aroma algo nuevo descubrí…”

Quería conocerlo, saber quién es. Quería sentir un poco más.

Después de unas semanas, decidió hacer el mismo recorrido pero ya sus intenciones no eran las mismas que la última vez. Ahora la envolvía un viento de ilusión. Esperanzas de encontrar otra carta, con más historias.

Sus piernas no pararon de andar hasta llegar a aquel buzón olvidado por el tiempo. Se fue acercando hasta que logró distinguirlo. Apuró sus pasos hasta llegar y ahí estaba. Otro sobre, más palabras, más suspiros. Aunque esta vez, el destinatario estaba escrito en el exterior del sobre.

La respiración de Florencia comenzó a agitarse, los nervios la invadieron porque en sus manos estaba la continuación de esa historia que no era suya, pero que sentía como propia. Ahora el hombre misterioso al fin tenía nombre… Fernando.

Continuará…


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