Tardecita

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El cielo, al atardecer, parecía una flor carnívora.

Roberto Bolaño

Se apaga la tarde, a pesar de ello el calor pringoso se queda pegado en la pared como una cucaracha ciega y huérfana.

El Metrotranvía viaja al centro del Universo (el valor del boleto es el mínimo); lo escucho a lo lejos, trepidando y tosiendo como un tuberculoso sentado frente al mar.

La gente de la calle, la que camina en sincronía y aparentan vivir, es de cartón, uno colorido, con venas y ligamentos y sudor y ojos y pies.

El sol está dejando atrás la prisión domiciliaria en el cielo; pronto el firmamento será un baile de smog y de fuego y de estrellas bizcas.

Mis manos se vuelven transparentes, veo el papel en el que escribo a través de ellas. El cigarrillo que fumo parece flotar, en realidad cuando me fijo bien levita… si, levita hasta chocar contra el techo de la cocina y explota. Me baña en una lluvia de chispas antropófagas, una me muerde en el labio, hambrienta (beso ignívono).

La noche llega de golpe, entra sin golpear al tiempo que me espía por las ventanas, por las hendijas, desde mis vísceras. Ubicua y mal educada y mal aprendida.

Dentro de poco, sólo unas horas, llegará el sueño, antes leeré un libro -Música de cañerías, de Bukowski- Mientras tanto me sigo intoxicando con el olor a tinta, dulce, líquido e invisible.

Me duelen los ojos, siempre me duelen, mucho; me mastican desde adentro y parpadean a la velocidad de la luz.

La tardecita escupe un loop de código Morse: …—…

El tiempo se aleja como un río caudaloso, hasta el horizonte del tiempo; entonces una epifanía feble y brutal se me revela: el secreto del transcurrir de la vida no se entiende en líneas generales, el tiempo se mide en detalles.

Me tomo el mate ulterior, en su interior se va formando un pantano y en el un tigre traslúcido nada plácidamente en las aguas turquesas.

Nuestras miradas se cruzan y temo por mi vida, será otra noche de insomnio.