Un poema, un vino y una mentira

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El remise me dejó en la entrada de pilares. Me bajé del auto con una odiosa timidez y crucé el portón de reja de la entrada de la editorial. Los aromas del parque me jugaron en contra. Tanto tilo, tanto jazmín me hicieron sentir un pobre desdichado. La opulencia de aquellas oficinas abrumaban mi propósito. “Es en el tercer piso”, me dijo un elegante portero que bien podría haber sido un ejecutivo de Wall Street. Yo sé que ella es dura, áspera, difícil… pero podría apostar cualquier cosa que dentro de ese moai sonriente y arrogante se esconde una niña risueña de siete años con dos trenzas y una muñe… bah, un juguete.

El antiguo ascensor de rejas se detuvo lentamente y el ascensorista abrió la puerta tijera en silencio. Titubee antes de entrar, y que el ascensorista no me dijera nada y soportara mis indecisiones sin miramientos me puso más incómodo. “Seg… tercer piso, perdón”, dije, y el ascensor, con exagerada lentitud empezó a subir. En el primer piso yo ya había pensado miles de posibles fracasos y desplantes y tenía mi espalda empapada. No le va a gustar, no le va a gustar, me repetía incansablemente. Estoy convencido de que el amor no es un sentimiento sino la resultante de muchos de estos, y que en algunos casos puede confundirse con la esquizofrenia o la bipolaridad. ¿Quién puede decir que venirme de Buenos Aires a Mendoza sólo para leerle un poema a una mujer es algo sano, algo cuerdo? Debería tener amigos que me detengan en la puerta de mi casa y me llevasen a la guardia o a un centro de desintoxicación. Pero no los tengo. Todos ellos adictos a esta psicopatía me alentaron a dar el paso y acá estoy, aún sin llegar al segundo piso de esta tortura mecánica del siglo pasado.

Manoteé la hoja de papel del bolsillo, pero cuando la abrí noté que mis manos mojadas habían corrido un poco la tinta de algunas rimas y casi entro en pánico. Pensé que no las entendía, las releí, pero sí, se leían perfectamente. “Sí, sí…” dije de pronto mirando al ascensorista, pero no había dicho nada. “Perdón, es que creí que…” pero seguía sin mirarme. Volví a la hoja de papel doblada en seis pliegues y con algunos manchones de tinta de mi sudor y lo repasé. No era largo… Tal vez eso era peor… Irme a Mendoza para leer un poema de algunos renglones… para ella, que sólo ríe con un vaso en la mano y sus pantalones cancheros, y sus camisas estupendas, y su carita, y sus ojos…

“¿Faltará mucho?” le pregunté al ascensorista, pero claramente era sordomudo. Podía reventarle un globo en la nuca que ni se inmutaría. No recordaba si habíamos pasado uno o dos pisos, el ascensor era tan lento… Volví a buscar el poema, pero no estaba. Mi corazón empezó a latir como pelota de basket, pero en el tercer bolsillo que busqué lo encontré. Doblado en seis. “No me alcanzaba con decirte, que llevo en mí tu mirada…”. Pucha, un poema… ¿Y si me voy? ¡Estoy a tiempo! ¿Si me voy a la calle y corro por una plaza gritando y cayéndome al piso, patético y cansado, harto de mí mismo…? Por el dintel de la puerta tijera empezó a asomar una losa, estaba seguro que era el tercer piso. Hacía años que estaba en ese ascensor, ¡lo conocía como nadie! Cada moldura, cada rulito de hierro… “No me alcanzaba con decirte, que llevo en ti mu… nooo, en mí tu mirada…, ¡en mí-tu mirada! Mí-tu, mí-tu…”. Volví a mirar la puerta tijera, pero me pareció que seguía en el mismo lugar… ¿o no…? ¿Nos detuvimos…? No…, no, no, vi una manchita en la pared que atravesó un rombo de la puerta hacia otro rombo. Se mueve. “En ti mu mi… no, ¡la puta madre!”, es desesperante…

Busqué una pastilla de menta y la desenvolví. Bah, la desenvolví de la punta, el lateral estaba más que pegado fusionado con la pastilla. Tiré de la punta pero el celofán no cedía. Tiré, tiré y me quedé con la punta del papel en la mano. Listo, ya no podía guardarlo en el bolsillo. Sabía que desenvolver esa puta pastilla me iba a llevar piso y medio más, no tenía ese tiempo. Miré al ascensorista que no me veía y con la mano hice como que me rascaba el pelo y tiré la pastilla entre los agujeros de la reja de las paredes. Pero lo escuché rebotar en el piso. Había fallado. El ascensorista miro el caramelo y me miró. No era sordo, era sólo mudo. “¡Huy, se me cayó una pastilla! ¡Qué torpe!”, dije en una pobre interpretación, y la junté y con todo el asco del mundo guardé la pegotosa pastilla en mi bolsillo. Ya se veía todo el tercer piso. Las personas pasaban, me miraban y seguían. Era como estar en una vitrina, inmóvil, dentro de esa jaulita sin poder hacer nada. Faltaban aún como cuarenta centímetros para que el ascensor llegase a la planta. Me apoyé sobre una de las paredes para no parecer tan ansioso, pero después me volví a incorporar sin notarlo, así que me volví a recostar sobre uno de los lados del ascensor, y al rato estaba nuevamente de pie. Faltaban algo más de quince centímetros para llegar a la tercera planta. Algunas personas sentadas en sus escritorios podían verme desde sus asientos, y lo hacían, sin pudor ni disimulo. Faltaban menos de diez centímetros, di un paso, dos, y me paré junto a la puerta tijera. Me paré ahí. Seguía parado hasta que retrocedí un paso y volví a mirar la losa de la tercera planta. No faltaban dos centímetros. Lo miré al ascensorista que miraba fijo la botonera. Miré la losa, centímetro y medio. Miré al ascensorista. Miré la losa… llegó. Estábamos en la tercera planta. “Tercer piso”, dijo el ascensorista que tampoco era mudo. Y un eterno segundo después abrió la puerta.

Me acerqué hasta un mostrador. “Estoy buscando a la Dra. Lí”. “Ella está en el departamento de corrección ideológica, al final del pasillo, después del domo de la escalera, la puerta que está a la izquierda, cuarta oficina. Laboratorio político y de género”. La miré unos segundos. “Por el pasillo, al final… del domo de… ¿de qué?”, pero ella ya había tomado un teléfono. “¿El Mendo, buenos días…?”. Encaré por el pasillo que era tan largo como intimidante. Estoy seguro que caminé doce metros…, o catorce, catorce metros seguro hasta que un vano me introdujo en una imponente escalera caracol de carrara con pasamanos de madera, balaustres de hierros circulares estilo art nouveau y el pilar de terminación en bronce lustrado. El domo tenía cuatro ventanas con vitraux con imágenes masónicas y gauchescas. Había una puerta de chapa color marfil, como la pared, con los dibujos de bloques al estilo parisino, que evidentemente subía a alguna azotea, y del otro lado estaba con seguridad la puerta en cuestión. La crucé y caminé hasta el laboratorio político y de género, como se leía en la doble puerta de incienso lustrado. Quise golpear, pero la solidez de la hoja parecía absorber cualquier vibración, así que me animé y la abrí. Me quedé de pie en el umbral al ver más de cincuenta personas sentadas en unas gradas semicirculares que parecían estar rodeándome a mí, pero es que la puerta estaba detrás del escritorio de la directora del departamento que se volvió a mí y me cortó la respiración. Era ella. “¿Lo puedo ayudar en algo?” preguntó.

—Hola, doctora Lí, soy Marcos Valencia…

—Valencia… —dijo sin molestarse mucho en simular algún asombro—, ¿te viniste de Entre Ríos?

—De Buenos Aires, doctora. Soy de Buenos…

—Sí, sí, qué torpe, claro, ¿te viniste a Mendoza?

—Sí, doctora.

El medio centenar de personas guardaba absoluto silencio y nuestras voces sonaban más fuertes por la acústica de aquella aula.

—¿Estabas buscando a alguien? ¿Te puedo ayudar con algo?

—Bueno… —miré a las personas en las gradas, mis manos estaban empapadas— la estaba buscando a usted.

—No, a mí seguro que no. ¿Qué necesitabas?

No sabía qué decir. —Este… sí, doctora, la estaba buscando a usted…

—No, es que seguro que a mí no me buscás. Contame qué necesitás.

—Pero, doct… —y se me acabó el aire, no me salían más palabras, era como cuando uno busca la última galletita de una lata y recorre con las manos el fondo de hojalata buscando lo que sabe que no va a encontrar— …doct…

—Valencia, ¿viniste con alguien? ¿Alguien sabe que estás acá? ¿Querés que llame a tu casa…? ¿A tu mamá…?
Qué humillante. Debí haber optado por correr por la plaza gritando, era menos patético que esto.

—Doctora, vine a leerle un poema.

Las gradas rompieron en un murmullo y la doctora giró con esa mezcla de suavidad y firmeza que la define en cada gesto. “Se callan” bastó que dijera para que todos callaran, incluso sentí un sollozo, un llanto reprimido por las gradas de la izquierda. Su autoridad era avasallante.

—¿Así que vino a leerme un poema, Valencia?

—Sí, doctora.

—¿Está seguro? ¿No prefiere dejar todo así y que siga pensando lo que pienso de usted?

—Y… ¿y qué piensa de mí, doctora?

Hizo un silencio. Me miraba como si quisiera evitar el tsunami de Tailandia, o el terremoto de Haití. Todos imposibles. Luego noté una singular resignación en su mirada.

—Claro. Está bien, Valencia. Léame el poema, por favor —y de inmediato se giró a sus alumnos—. ¡No se rían! ¡No quiero un ruido! Empiece, Valencia.

Saqué el papel de mi bolsillo y tratándolo de abrir descubrí, con dificultad, la pastilla pegada entre los pliegues. Papel que trataba de despegar, papel que se rompía. La miré, ella miraba el papel. Intenté despegarlo con cuidado, pero era imposible. Tiré finalmente con más decisión y la pastilla fue quedándose con trozos de rimas y frases alrededor de su caramelo.

—¡No se rían! —volvió a gritar la doctora dando por hecho que lo estarían haciendo— ¿Y, Valencia?

Mi espalda era una vertiente de agua salada que ya empapaba mis pantalones. Duro de tanta tensión, e intentando descifrar el poema, comencé. — No me alcanzaba con decirte, que llevo en ti mu… en tu mirad… en tu… en mi mirada… que llevo en ti tu… tu mirada… —me faltaba el aire, me dolía la garganta, me temblaban las manos— que llevo en mí tu mirada…

No pude seguir.

—Muy lindo, Valencia. ¡Aplaudan! —le ordenó a los espectadores que acataron rápida y prestamente—. ¿En serio se vino de Entre Ríos para leerme este poema?

Ya no podía más. Mi espalda era un menir de granito que se aprestaba a aplastarme tirándome contra el piso. Tenía que salir de esa situación como sea.

—No, doctora, era un chiste. Vine porque trabajo en una empresa que vende tubos de acero sin costura y… y acabamos de cerrar un acuerdo para un gasoducto intracontinental que termina en Chile… y fueron reuniones tan estresantes que necesitaba… no sé… no sé, creo que me voy a ir a Grecia a descansar unos días. Quise hacerle un chiste pero no creí que estaba tan tenso…

—Nunca nadie me escribió un poema.

Terminó la frase y levanté la cabeza como un resorte. —Mentira, doctora. Sí, me vine de… de Entre Ríos para leerle este poema a usted.

La doctora hizo una mueca burlesca. —Fue una ironía, Valencia. Tengo casi setenta poemas que me hicieron algunos pretendientes en una carpeta debajo de la pata de la mesa de la cocina para que no se balancee. Si quiere pongo su… su haiku en la carpeta… —hizo un silencio breve junto a la clase y al planeta, y agregó— Nunca me habían hecho un haiku…

La miré con la cara desfigurada del dolor. —¿Es una ironía, no?

Y ella tuvo piedad. —Sí, Valencia. Dejeme ese papel, Valencia, déjelo sobre la mesa y váyase a su casa. Le va a hacer bien.

—Sí, creo que me iré a casa, doctora…

—Sí, váyase, Valencia.

***

—¡Marcos! ¡¡¡Contanos cómo te fue!!! —fue lo primero que gritaron todos cuando llegué al asado ese domingo— ¡Dale, boludo! ¿Y…?

—Cojimos —dije, e hice un largo fondo blanco de un López noble que, como yo, también escondía sus pecados en el fondo de la botella.