Departamento H | Capítulo 2

  •  
  •  
  •  
  • 45
  •  
  •  
    45
    Shares

Entraron en un edificio antiguo cuyo ascensor era de esos que tienen dos puertas de rejas corredizas. La muchacha ingresó primero a la caja de metal, ya que él, manteniendo su impostada galantería, le cedió el paso.

Subieron los siete pisos. Caminaron por un pasillo angosto con paredes que mostraban añejas manchas de humedad. En el trayecto, el hombre notó que la muchacha no podía evitar fruncir la nariz. A él —que se había criado a escasas dos cuadras de la fábrica de jabón cuya principal materia prima era la grasa de perros— le resultaban indiferentes los olores, incluyendo la hediondez de la orina de gato rancia que ahora lo inundaba todo. Llegaron hasta una puerta de madera lustrada, identificada con una gran letra “H” que parecía estar fabricada en bronce y que, a juzgar por la suciedad, llevaba años sin pulirse.

—La verdad, no tengo palabras para agradecerle —declaró la muchacha, después de hacer girar la llave en la cerradura.

—No tiene nada que agradecer —respondió él, dejando ver en su cara la sonrisa de los hombres buenos—. Como ya le dije, tengo tiempo de sobra. Además, me agrada hacer nuevas amistades.

Desde el pasillo se accedía a un living bastante amplio. Sobre las paredes color crema había algunos afiches antiguos de Coca Cola enmarcados, y varias imágenes icónicas de ciudades como París, Nueva York y Londres. Contra una de las paredes —la que miraba hacia la puerta de salida— había un sofá de cuero negro de tres cuerpos, y en el lado opuesto una pantalla de plasma rodeada de los parlantes de un sofisticado sistema de amplificación. El hombre no encontró ninguna maceta. Le gustaban las plantas, y lo comentó como de pasada.

La muchacha corrió las cortinas azules y abrió las ventanas de par en par, de seguro para dejar que entrase la luz del mediodía. Al instante, levantó la mano derecha, y se cubrió los ojos como si el sol la hubiese obnubilado.

—¡Cuántos buenos recuerdos me traen estas imágenes…! —suspiró, tras volver la vista y fijarla en el poster enmarcado de la torre Eiffel.

El hombre la ignoró, así como ignoró las cuatro cajas grandes clavadas en el medio del salón. Tenía la vista fija en la muchacha y en la señal que había hecho.

***

—Lamento lo de tu madre. Era una gran mujer.

La muchacha se sobresaltó. La botella de aceite de oliva que acababa de tomar de la góndola comenzó a caer cuando la voz grave de fumador experto apareció en escena. Antes del desastre, el recién llegado consiguió atajar la botella y ponerla dentro del carro de la muchacha.

—Mi nombre es Jorge Tapia.

La muchacha le tendió su mano derecha.

—No hace falta —dijo Tapia—. Este no es un encuentro casual. Ahora que tu madre ya no está, necesito tu ayuda.

La muchacha permaneció inmóvil, firme como un granadero en la casa Rosada.

—¿Mi ayuda…? ¿En qué podría ayudarlo?

—Te acompaño y te cuento, si te parece.

Recorrieron los pasillos. El carro se fue llenando mientras la muchacha escuchaba.

—¿Cuánto tiempo tengo para decidir? —preguntó, ya en el estacionamiento, mientras acomodaba las bolsas en el baúl del Fiat Uno blanco.

—Tres, cuatro días, a lo sumo. Sabemos por nuestra gente en Kuala Lumpur que el hombre al que perseguimos hará un trabajo en la ciudad. Creemos que como máximo lo hará en un mes. Se suele reunir en bares muy concurridos. Su forma de identificarse con quien lo contrata es llevando un diario del día doblado debajo del brazo izquierdo.

Como siempre que se ponía nerviosa, la muchacha usó su mano como un peine y —también como siempre— dejó todavía más revuelto su espeso cabello.

—Y si ya saben todo eso… ¿por qué no lo atrapan y listo? ¿Yo qué tengo que ver?

Tapia dejó que pasara a su lado una pareja que empujaba un carro.

—Su último trabajo salió mal. Una de las victimas sobrevivió. Por él tenemos los datos que tenemos, pero suponemos que a estas horas ya tiene otra cara. Es por eso que te necesito y además, si aceptás, tenemos que entrenarte.

—¿Entrenarme? —exclamó ella, un semitono por debajo del grito.

Tapia habló de la exclusiva secretaría que dirigía dentro del gobierno.

—Me estás jodiendo. Parece todo sacado de una película de las que veía mi papá —. Lo que acababa de escuchar de boca de ese hombre que se vestía como salido de una novela de Raymond Chandler —pero sin el sombrero— se lo había dicho su madre la noche en que supo que ella era alguien diferente. Tapia sabía que ella sabía porque Tapia lo sabía todo—. ¿Cuándo empezamos?

***

El tirón de pelo, una súbita descarga de alto voltaje, la hizo gritar y perder el equilibrio. Pasó un instante antes de que se diera la cara contra el piso de madera lustrada. Giró para ponerse boca arriba y la nariz le empezó a sangrar. El asesino, parado frente a ella, había mudado su gesto de amable benefactor por el de otro personaje: el verdadero. Ese otro ahora empuñaba con su mano izquierda un kukri, el mismo cuchillo curvo que ella había visto en las imágenes del pasado. En el piso habían quedado las hojas del diario que protegían el arma.

—¡Espere…! —Intentaba hablar, con la boca empastada por la sangre que le caía de la nariz—. ¿Qué hace? ¿Está loco? ¿Qué le pasa…?

Las preguntas volvían a atropellarse en su boca, pero esta vez a los gritos. Y esta vez no tenía en frente a ella su madre, para tranquilizarla u ofrecerle un mate caliente junto con su comida preferida. Esta vez estaba sola.

***

Jorge Tapia estuvo a punto de saltar de alegría cuando recibió la señal de la muchacha desde la ventana del departamento H, el que ocupaba siempre que venía a la ciudad. Se había apostado en la terraza del edificio de enfrente.

—Entretenelo, entretenelo que voy para allá —dijo en voz alta, como si la muchacha pudiera oírlo.

El éxito de esta operación era lo que Tapia necesitaba para demostrarles a sus superiores que podían confiar en él. El grupo de personas que subían o bajaban el pulgar en cuanto a los asuntos de inteligencia en el país provenía de la vieja escuela. Eran seres escépticos, en cuyas estructuradas cabezas no tenía lugar una secretaría basada en los poderes paranormales de sus operativos. Pero él estaba a pasos —a un cruce de calle— de anotarse una victoria.

***

La muchacha se limpió la sangre con el dorso de la mano.

—Gracias —dijo, como un acto condicionado, cuando el asesino tiró a sus pies el paquete de pañuelos de papel que había abierto para ofrecerle uno en la puerta del café.

—Ahora vamos a esperar juntos para saber quién responde a tu señal. Ya vuelvo. Que ni se te ocurra moverte —Fue hasta la cocina, trajo una silla y se sentó.

***

Tapia subió por las escaleras; era más rápido y silencioso que usar el ascensor. Caminó descalzo por el pasillo. Los zapatos quedaron al pie de la escalera. Buscaba hacer el menor ruido posible.

Tres golpes en la puerta, según lo acordado. Un silencio roto solo por el ascensor que se ponía en funcionamiento. Otros tres golpes.

—Adelante —la voz de la muchacha sonó tranquila.

Se abrió la puerta.

Tapia, parado bajo el marco de la puerta, contempló la escena: la muchacha, con la blusa blanca manchada por los arabescos que había formado su sangre; el asesino, que la usaba como escudo humano, apoyando la hoja del puñal sobre su cuello.

Tapia no tendría más que una oportunidad.

—Buenas tardes…, ¿usted es…? —preguntó el asesino, engolando la voz para acentuar la ironía que se ocultaba en aquellas palabras, como quien se dispone a realizar una entrevista laboral.

—Soy el que va a poner fin a tu carrera, pedazo de mierda.

—Epa, ¡qué boquita…! —comentó el otro, sin alejarse del tono que había elegido utilizar—. Parece que llegó tu caballero andante, mi princesa en apuros— continuó.

—Soltala. —Tapia habló con la seguridad con que un bisturí se abre paso sobre un cuerpo anestesiado. No mostró un ápice de temor al impartir la orden—. La cosa es entre vos y yo.

—¿Estás seguro de que querés hacer esto?

—Sí —respondió Tapia.

Mientras los dos hombres se medían el uno al otro y sopesaban las alternativas para salir bien librados de la situación, la muchacha no hizo ademán de nada. Sólo una vez en todo el transcurso de la tensa conversación que mantenían quienes ahora le parecían viejos adversarios se limpió la nariz con un nuevo pañuelo, que dejó caer al suelo una vez usado.

El siguiente movimiento fue rápido. La bala actuó de manera precisa. Se ubicó entre sus ojos. El cuerpo cayó hacia atrás; el Kukri, hacia adelante.

Tapia desenroscó con agilidad el silenciador que había adosado a la Sig Sauer P226. El arma y el silenciador pronto encontraron refugio en los bolsillos de su sobretodo.

Tapia abrazó a la muchacha, quien dejó en libertad al llanto, como una forma de tranquilizarse.

—Ya está. Ya pasó todo. Hiciste un excelente trabajo. Tu madre estaría muy orgullosa.

FIN