Cartas marcadas | Capítulo 2

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Florencia una vez más estaba frente al antiguo buzón, con sus manos transpiradas por no poder contener su intriga y abrió la carta en un parpadeo, buscando a Fernando en esas letras. Una vez más, todo fue un sólo suspiro de amor.

Buen día mi cielo, soy yo de nuevo. Te escribo, aunque sé que estas palabras nunca te llegarán. Necesito al menos creer que por un momento, te tengo cerca con cada oración que te dedico. Tal vez elijo la realidad de que no sepas, para no arriesgar mi cordura sabiendo que quizás, esto te asuste tanto como a mí: el hecho de no verte nunca más.

Extraño tu voz, esa voz que derrite cada parte de mi cuerpo. Descanso soñando tus ojos, necesito saber dónde estás, verte. Esta incertidumbre de no tenerte, me está matando sin tiempo. Todo se volvió lento y ligero a la vez. Ya no distingo minutos ni semanas.

Te encuentro en mil canciones, de amor y desamor. Estrofas en donde todo es hermoso y en donde también cada cosa es triste y solitaria. Melodías llenas de melancolía y de esperanza. Estás en cada historia que imagino en mis mañanas. Vidas pasadas en donde nos abrazamos en lugares mágicos y sin esconder ningún beso. Sábanas blancas y el sol apenas asomándose por ventanales llenos de flores con aroma a jazmín. Y nosotros ahí, transformados en una sola piel, solos y sin que exista nadie más.

Tengo miedo de ir a tu exposición en la sala del mismo museo de siempre y que mi cabeza caiga en un lugar más oscuro y solitario que hoy, por el solo hecho de ver esos ojos otra vez.

No olvides que estoy siempre esperándote. No olvides mis labios, que a los tuyos los encuentro en todos mis sueños.

Hoy tuya. Amanda

La mirada de Florencia quedó perdida, como buscando a Fernando en cada rincón de ese papel. Tratando de entender el porqué de esa injusta distancia entre ellos. La razón de elegir estar incomunicados y no amándose intensamente, como si el mundo estuviera quieto.

Al menos había un nuevo dato en esta historia. Fernando era artista. No tenía idea de qué tipo: pintor, escultor, escritor, actor, pero algo más sabía.

Dudó si quedarse con la carta, pero apeló a su buen juicio y la dejó en el mismo lugar donde la encontró. Intentó así buscar la forma de que nadie se diera cuenta de que ella había leído esas palabras antes que Fernando.

Se dirigió nuevamente hacia su casa, con una sonrisa casi involuntaria en su rostro. Porque sentía que estaba sumergida en una película en blanco y negro. Dulce, romántica y llena de pasión. Esa noche se acostó, pero solo logró dormir unas pocas horas. La inundaban las preguntas, los miles de escenarios inventados imaginando ese encuentro único y perfecto entre dos personas que se deseaban como nadie, pero que elegían no verse. Agradeció que existiera internet y que de esa manera pudiera buscarlo en todos los museos de la ciudad y encontrar a este enigmático hombre. Se levantó de un salto y tomó su celular para comenzar de una vez con la búsqueda.

Comenzó con palabras como: “exposiciones, exposiciones próximas, museos, artistas, Fernando” y no llegó a mucho. Sólo encontró un sitio muy humilde y bastante mal diseñado donde hablaba de un escritor que presentaría sus cuentos en una sala en pleno centro, el martes siguiente a las 19. Nada más que eso, ningún otro dato. Decidió ir y probar suerte, total… no perdía nada. Era jueves, tenía que esperar mucho tiempo para encontrar tantas respuestas.

Afortunadamente los días pasaron bastante rápido y llegó el momento donde posiblemente conocería a Fernando. Llegó al sitio que mostraba aquella página, estacionó, caminó nerviosa hacia la entrada e ingresó al lugar. Había muy pocas personas, no más de diez. Eligió la silla más alejada y se sentó. Logró distinguir a un hombre en el escenario, revisando una carpeta y a su lado había un micrófono. No dejaba de observarlo detenidamente, deseando con toda su alma que fuera el protagonista de su película. De repente se abrió la puerta del lugar y apareció una mujer delgada, con vestimenta sencilla, nerviosa y de ojos grandes. Caminó rápido, y se sentó un poquito más adelante, a un ángulo perfecto de visión para Florencia. Le llamó poderosamente la atención el aire de ansiedad y secretos que tenía esa joven.

Comenzó a relatar un cuento, que Florencia no escuchó por estar pendiente de la chica, escuchándose el comienzo de la presentación. “Buenas tardes, mi nombre es Fernando…”

Las piernas de Florencia temblaban, pero notó que a la joven, le temblaban el doble. No dejaba de acomodar su pelo ni de tocarse la cara. En ese instante entendió que ella era Amanda. Florencia estaba enamorada de esta historia y creía casi mágico poder observar todo con lujo de detalles. Eran ellos dos, eran esas cartas y esa canción.

Florencia al escuchar la voz de Fernando, sintió que Amanda no había logrado ser completamente precisa sobre la belleza y el encanto al escucharlo decir cada palabra. Un tipo común, pero de mirada única. Se lo oía con tonos arenosos, calmos y pausados. Ni hablar de su cabello cuidadosamente peinado, manos inquietas y un cuerpo atlético bajo las ropas, pero quizás era una idea viciada por los detalles de las cartas. Por unos segundos sintió que Fernando la encontró entre la multitud y dejó sus ojos posados en ella. Pero pensó que sólo había sido una ilusión suya.

Todo se cubrió de un gran silencio y Fernando bajó del escenario para darle la palabra a otro escritor, que lo acompañaba en su exposición. Caminó unos metros, se acercó a Amanda, le dijo dos palabras al oído, ella lo miró con una sonrisa tímida asintiendo con su cabeza y se abrazaron. No hubo más que eso. Terminó la presentación y Amanda huyó del lugar sin siquiera darse vuelta para ver una vez más a su amor imposible. Florencia la siguió y notó que una vez fuera del lugar, ella tomó su celular, sonrió y volvió a guardarlo en su bolso, perdiéndose entre la multitud que caminaba por el lugar. Quizás él, le pedía que no se fuera, aun así ella siguió su camino.

Amanda se había ido, y Florencia escuchó una voz que por encima del hombro le preguntó: “¿Te gusto el cuento?”

Continuará…


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