El diario secreto de Brenda Burke | Día 2

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“Escondidas en las suaves brisas que acarician las copas de los árboles, puras y delicadas energías invisibles para los sentidos humanos se acercan vibrando, procedentes del mundo espiritual. Flotan, palpitantes, sobre los árboles, los dejan atrás deslizándose velozmente, erizando nuestra piel. Vuelan hacia el prado y lo sobrepasan. No puedes verlas, pero las sientes, adviertes su presencia. Al observar esos sutiles susurros que esconde el viento, notarás que los pájaros las contemplan también, juegan con ellas, aprenden de ellas. Percibes entonces los pequeños mensajes que van y vienen por el bosque. Los árboles, las plantas y las piedras cubiertas de musgo las escuchan, conscientes, sensibles y expectantes. En la naturaleza se produce una comunicación multidimensional que fluye en constante movimiento.

Si prestas atención, notarás que el viento habla. Permite que sus corrientes muevan tus pensamientos con suavidad, igual que el águila deja que mueva sus alas cuando vuela bajo, cerca de las copas de los árboles. Si escuchas y observas en armonía, descubrirás su significado oculto.”

Ellas me enseñaron a prestarle atención a la naturaleza, a escuchar mensajes que nadie escucha, a descubrir un mundo que está frente a nuestras narices y muchos no lo ven. Puedo percibirlas, sé que están pero no puedo verlas con mis ojos físicos. Aquella comunidad espiritual de Fairiel me enseñó a percibir más allá de los que podemos ver, es por eso que las siento, escucho suaves susurros. El viento me relaja, y me dice que todo estará bien, pero en el fondo siento angustia, nostalgia. ¡Quiero volver!

He guardado mi trébol de la suerte, aquel que me entregó Paz antes de arriesgar mi vida ante el cuélebre. La prueba que me queda de que todo lo vivido no fue un simple sueño. La guardé junto con la carta de Ivo.

Ivo… Anoche lo soñé, estaba de pie frente a un espejo, su rostro era distinto, como el mío, de un niño. ¿Me recordará? Ahora debe tener trece años de edad, no espera, doce. Cuando yo ingresé a Fairiel, él ya hacía un año que estaba allí. Lo lógico sería que tuviera la misma edad que al momento de  desaparecer de su habitación. Ja, lógico… ¿Qué es lógico de todo esto?

Me agobia y me desespera pensar que ni siquiera pude despedirme de él. Ni un último beso, ni un adiós, nada. Cuando lo pienso, lo siento tan real, como si él también estuviera pensando en mí, como si siguiéramos conectados. Qué extraño… Si jamás hubiera estado en Fairiel, juraría que se trata solo de mi imaginación, pero algo que aprendí allí, es que todo es posible. Cuando piensas fuerte en alguien, cuando piensas en su mirada, su sonrisa, sus gestos, y esa imagen te transmite amor hasta el punto de sentir una leve presión en el pecho, es ley que también pensará en ti. Porque las vibraciones similares se atraen. Le enviaré mucho amor cada día de mi vida,  para que sepa que sigo sintiendo lo mismo por él. Tal vez algún día el Universo, o las hadas, nos unan otra vez.

Pero hay otra cosa que también me preocupa, y mucho. Mañana tendré que ir al colegio, después de tanto tiempo. Tengo miedo, no recuerdo nada, estuve hojeando mis cuadernos pero me cuesta mucho esfuerzo recordar, inclusive, los nombres de mis compañeros, solo el nombre de Sami viene a mi mente. Es como si me hubieran borrado la memoria. Deséame suerte, querido diario. Me llevaré el trébol de Paz, tal vez algo de magia me ayude a recordar.

Continuará…