El ladrón de sueños

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PARTE 1 “EL LADRÓN”

Arnoldo vendía sueños, a aquellos que no tenían la dicha de poderlos fabricar o que les daban miedo, como a él, sus propios sueños. Los vendía en un frasquito, etiquetados con una frase de su trama, y uno los tenía que oler, como si fuera un frasco de colonia, antes de acostarse.

Era un ladrón, porque él no los fabricaba, se los robaba por las noches a aquellos desdichados que dormían con la ventana hacia la calle abierta. Saltaba paredes y ligustrinas, rejas y parrales, para acceder a los soñantes, y una vez al lado de su cabeza, con un frasquito pequeño que abierto acercaba a las orejas de los incautos, los sueños se deslizaban como suave humo blanco hasta que él los volvía a tapar. Y así dejaba a unos, sin sueños, y a otros con sueños robados.

Moira lo conoció un día en que no podía dormir. Cerraba los ojos durante minutos y nada. Esa noche corría una brisa fresca, ideal para refrescar los calores del verano, y abrió la ventana de su habitación que daba a la calle. En eso sintió que alguien se asomó, y entró sigilosamente a la habitación. Se quedó quieta del terror pensando que la iban a asaltar o peor, pero sintió que se acercó a sus orejas y abrió un frasco.

Ella siempre había tenido talento para hacerse la dormida. Su madre la retaba de pequeña porque siempre que la iba a despertar para ir a la escuela Moira se hacía la dormida y su madre se molestaba mucho. “Tenés el sueño pesado como una vaca” le decía, pero la realidad es que tenía el sueño ligero y un talento enorme para fingir.

Sintió el respirar del hombre en su rostro y abrió, instintivamente, los ojos.

– ¡Con razón no salía nada! ¡No estabas dormida! – Le dijo con cara de sorprendido.

Ella, sin saber que responder, lo miró aterrada.

– ¡No me haga nada, por favor! – Alcanzó a vociferar.

– Si no estás soñando, no puedo hacerte nada – le dijo, y, acto seguido, salió por la ventana, la cual se tomó el trabajo de cerrar.

Se quedó en shock. Y se puso a recordar unas situaciones curiosas que le habían pasado antes de esa noche.

Recordaba un sueño que había tenido unas cuantas noches atrás cuando estaba tomando un helado en París y de pronto el sueño se esfumó de la nada. No soñó mas nada esa noche y se despertó con un desasosiego como nunca había tenido antes. Quizá era eso, le habían robado el sueño.

Todo era demasiado extraño para Moira, y empezó a buscar información, pero ¿Por dónde empezaba? Si desde el vamos era todo irreal.

Hasta que, averiguando, llegó a un aviso de un diario en internet que decía algo que le llamó la atención:

“Revolucionario método para curar el insomnio. ¿No puede dormir en las noches? ¿Su mente lo atormenta? Tengo la solución.
Arnoldo 26134589…

Llamó de inmediato y el teléfono sonó hasta que se cortó. Debía ser una estafa, sino, no tenía sentido. A los cinco minutos de cortar, a su celular le entró una llamada. Era un número privado.

Atendió. Del otro lado del teléfono una voz ronca, igual a la del hombre de hacían unas noches le dijo:

– Usted tiene insomnio. Yo tengo la solución.

– ¿Pero qué tipo de solución es esa? No quiero tomar ningún tipo de medicamentos – respondió.

– No son medicamentos, ni homeopatía, quédese tranquila. Es algo natural. Si le interesa dígame y quedamos en un punto en común. Una vez que pruebe la solución, me va a llamar siempre. Otra cosa. ¿Le gusta viajar? – Respondió.

– Bueno, a esta altura ya estoy desesperada. Necesito dormir bien. Sí, mi sueño es conocer París. – Le dijo ella

Y acto seguido le dictó una suma de dinero y una dirección, era cerca de una estación de tren abandonada, a unos quince minutos en micro desde su casa. Lo tenía que ver al otro día. Era él.

Pensó en tantas cosas que esa noche no durmió del miedo a que ese tipo viniese en la noche y le robase el sueño. Otra vez.

Tomó dos o tres tazas de café fuerte y se preparó, iba a ir sola, pero había tomado como precaución avisarle a dos amigos a donde iba a estar. Y también llevar una picana en uno de los bolsillos del pantalón.

PARTE 2 “ARNOLDO”

Hacían diez años que Arnoldo robaba y vendía sueños. Todo había empezado por su propio insomnio autoinducido, porque podía dormir, pero sus sueños le aterraban. Hacían muchos años que soñaba los sueños de otros.

Tenía once años cuando se fue de campamento con sus compañeros de la escuela de verano, a un lugar precioso, un espacio para retiros espirituales de la iglesia, en Tupungato. Y esa noche, por alguna razón, se despertó en el medio de la noche, habrán sido las tres o cuatro de la mañana. Todo estaba calmo, solo la luz de la luna entraba por una amplia ventana sin cortinas, y dormía en una habitación con tres cuchetas de tres camas cada una, y en cada cama uno de sus compañeros. Todos tenían más o menos la misma edad, y justo cuando fue a darse vuelta para intentarse dormir fue que lo vio. Un hombre que nunca había visto antes, de unos treinta años, de pelo negro y alto entró a la habitación y se arrimó a la cama de uno de sus compañeros, la cama de abajo, que estaba enfrente de la suya. El hombre sacó un frasquito con tapa de corcho de uno de sus bolsillos, la acercó a la oreja del muchacho dormido y alcanzó a ver cómo un humo tenue salía del oído y entraba despacio al frasquito, y después de un momento corto dejó de salir, y el hombre le puso la tapa de corcho, y salió despacio, tal como había entrado, de la habitación.

Cuando, al otro día, le preguntó a su compañero que si había soñado algo la noche anterior, él simplemente le contestó que solo recordaba estar en la mitad del sueño y de pronto la nada.

La vida de Arnoldo no se vio modificada sino hasta quince años después, cuando Inés, su prometida, fue asesinada frente a sus ojos a unas cuadras de su casa cuando ella se negó a darle su celular a un ladrón, y en el forcejeo entre la muchacha, el ladrón, y el mismo Arnoldo fue que el arma que portaba el malviviente se disparó. El primer tiro cayó en el cuello de ella y el segundo en el brazo de Arnoldo. El hombre salió corriendo y la muchacha falleció desangrada en los brazos de Arnoldo que no sabía, hasta ese momento, todas las lágrimas y ruegos que uno puede hacer cuando un ser amado está muriendo. Y cuando la ambulancia llegó ella estaba muerta.

Fueron varios meses de pesadillas ininterrumpidas en las que soñaba que su novia era, nuevamente, asesinada frente a sus ojos, o que él era el único sobreviviente de una matanza masiva o demás calamidades, cuando empezó a dejar de dormir. No soportaba la fantasía macabra que su mente se empeñaba en seguir creando cada vez que dormía.

Y un día la solución llegó. Iba caminando por una vereda cualquiera en pleno centro cuando justo un transeúnte que intentaba cruzar la calle fue atropellado frente a sus ojos. Arnoldo corrió a auxiliar al hombre y, cuando lo vio tirado en la calle recordó haber visto ese hombre años antes. Era quien le había robado el sueño a su compañero, quince años antes, en el campamento.

El hombre, sabiendo que estaba a punto de morirse, vio a Arnoldo intentando auxiliarlo y le dijo “esperé quince años para encontrarte”, y, acto seguido le agarró una de sus manos y le hizo que le tocara el pantalón. “Alguien debe seguir robando sueños” le susurro al oído, y acto seguido exhaló su último aliento y falleció, justo en el momento que llegó la ambulancia. Antes de llevarlo, Arnoldo sacó del bolsillo del pantalón del hombre un papel plegado, y se fue rápidamente.

En el papel encontró detalles precisos de cómo robarle los sueños a la gente. No decía mucho más, pero si aclaraba que, para una mente perturbada, soñar sueños tranquilos de otras personas que tuvieran gustos similares a los suyos, siempre funcionaba.

Y Arnoldo, que llevaba sin dormir voluntariamente más de dos horas seguidas durante casi dos meses, se decidió a probar. Total, no tenía nada que perder.

Agarró una botella de salsa vacía con tapa a rosca, y se fue a la madrugada a buscar algún vagabundo dormido en el parque cercano a su casa. Cuando encontró a un hombre dormido en un asiento enfrente del lago, en el medio del parque, fue que se le acercó y siguió las reglas del papelito al pie de la letra, y se asombró al ver como el tenue humo salía por la oreja derecha del hombre y se deslizaba hacia el frasco.

Esa noche soñó con estar en una playa paradisíaca, y durmió toda la noche.

Dos meses después empezó a vender los sueños a otras mentes perturbadas, como la suya, y durante diez años le funcionó, tenía varios clientes fieles.

Hasta que un día intentó robarle el sueño a una mujer que no estaba dormida, a quien le había robado antes. Una mujer que lo cambiaría todo.

Continuará…