Mi primera paja

  •  
  •  
  •  
  • 115
  •  
  •  
    115
    Shares

Debo haber tenido alrededor de once o doce años, así sin darme cuenta me percaté que jugar con mis compañeras de la escuela era bastante más divertido que antes, que me generaba ciertas cosquillitas en la panza, que me ponía colorado y no solo del chivo de correr en “la mancha” para tocarle el pelo a la María Laura, el hombro a la Cintia o, quién dice, sin querer, la cintura a la Marcela. Había algo más.

Un día la Rosita se me sentó en mi falda. Era algo que hacía a menudo. Yo era un gordo ñoño, con lentes, aparatos móviles y el pelo peinado hacia el costado. Pero muy gracioso y charlatán. Cuando arrancaba a contar chistes o anécdotas, varios me prestaban el oído y la Rosi se me acercaba porque era la que más se reía con mis elocuencias. Nunca la había visto más que como una compañera, de la que era muy amigo. Pero aquella vez no pude terminar el relato. En cuanto se sentó sobre mí y me abrazó por el cuello, inmediatamente pasé mi brazo por su cintura y algo me impidió seguir de juglar. Un calor interesante me sumió en una dulce zozobra. Una esquizoide lombriz comenzó a bucear por entre mis calzoncillos de Spiderman y a generar una reconfortante incomodidad entre mis piernas. Como el impulso del animal hacia lo desconocido, quité de inmediato la presencia de la Rosita sobre mi falda y cambié rotundamente de tema, como para disimular.

Durante toda la mañana no me pude olvidar de la sensación de la cintura de mi compañera en mis manos. De solo pensar, nuevamente la lombriz se alocaba en mi entrepierna. No estaba enamorado de la Rosita, ella gustaba del Darío Pérez, mi mejor amigo. Pero me había percatado que ahora las chicas me generaban cosas. Llegué a mi casa y sin dejar de pensar en la Rosi me fui al baño, me bajé los pantalones y ahí vi el motivo de la incómoda situación… el asunto estaba erecto y no tenía ganas de hacer pichí. No sabía qué hacer, le puse llave al baño, si mi mamá me veía me moría de la vergüenza.

Toqué un rato el cosito y me generó más placer aún. Pero no sabía qué hacer para que se bajase. Mi papá, conserva y de derecha, no nos había hablado de sexo aún. Así que, como lo sentí calentito, me senté en el bidé, abrí el agua fría, me puse a pensar en comida y esperé hasta que todo volviera a la normalidad. Salí del baño y el almuerzo de panchos con coca me ayudó a olvidarme del asunto. Luego de la siesta me puse a jugar al Mario y por la noche ya no recordaba nada del fatídico episodio.

Días más tarde, en el medio de un recreo, estábamos varios sentados en el patio mientras la María Laura (esa me encantaba) le empezó a hacer masajes a la Marina. Hablábamos de cualquier cosa y ella le contaba que la hermana más grande, que estudiaba kinesiología, le había enseñado a descontracturar la espalda. De pronto me vi absorto entre los dedos de mi amada… cómo sus caricias pulgares se esparcían en los omóplatos de la Marina. “Me encanta” dijo la masajeada y, casi sin pensar, se me escapó un “¿me haces a mí?”. Increíblemente la María Laura se dispuso a hacerme masajes. En el instante que me tocó la nuca, volvieron todos los infiernos. Me sumergí en un mar de placer prohibido e imágenes paganas. No sabía bien cómo ni porque, pero quería meterle el dedo en la boca, morderle la nuca, peinarla, no se… cosas. Cosas raras, cosas nuevas. Iba de jean, sino hubiese muerto ahí mismo… ya que la lombricita nuevamente quería salir del calzoncillo, esta vez, de Batman.

Tenía que hablar con el Iván. El Iván tenía un hermano más grande y andaba todo el día con llaveros porno y almanaques de minas en tetas. Si mi mamá se enteraba de que andaba mirando esas cosas, me mataba, así que casi que ni me juntaba con él. Pero una intuición evidente me decía que aquel atolondrado morocho sabría darme la solución.

—Tenés que hacerte la paja —me dijo de una.

—¿La qué? —le pregunté a punto de reírme por lo extraño de la frase… inmediatamente pensé que era un chiste alusivo a la imposibilidad de encontrarle solución.

—La paja, pelotudo… ¿no te has hecho la paja? —y los ojos del Iván comenzaron a abrirse enormes mientras una sonrisa de diablo le arrancó a virar la boca para reírse.

–Sí pelotudo… ¿cómo no voy a hacer la paja? —intenté zafar mientras el tontolón no terminaba de procesar la veracidad de mi dicho. Me tenía estima intelectual, por ende el error técnico de la frase pasó desapercibido.

—¿A ver cómo se hace? —apostó fuerte el mala leche, al tiempo que una tormenta de nervios me hacía un nudo en la garganta. Estaba acostumbrado a que me carguen por gordo, por ñoño, por nerd, por usar aparatos o lentes, pero si la María Laura se enteraba de este tema, era mi muerte.

—Te hacés para adelante y para atrás el cuerito del pito hasta que te hace cosquillas todo el cuerpo —saltó desde atrás como un campeón el Darío, mi hermano, mi amigo del alma, el salvador…

—Claro, obvio —dije como un estúpido para aseverar el dicho de mi amigo que había acudido a mi salvación.

—¿Vamos a hacernos la paja al baño? —volvió a arremeter el Iván y nuevamente el terror me invadió.

Titubeamos un segundo y sonó el timbre… se había acabado el recreo. Salvados por la campana. El Iván al instante salió corriendo hacia el curso (le tenían prohibido demorarse más de un minuto, todas las seños conocían su condición de onanista impúdico y oportunista) —No te has hecho nunca la paja, ¿cierto? —me preguntó el Darío con sabiduría de un hombre milenario.

—No… ¿Qué mierda es eso? —respondí medio avergonzado.

—Vamos que ya te cuento —me dijo mientras me agarraba fuerte del cuello y me llevaba hacia el grado entre risas cómplices.

Me explicó todo con lujo de detalles, desde la cuestión autómata, hasta el asunto de parejas y la fabricación de bebés. Las palabras “leche”, “adentro”, “embarazo”, me sonaron soeces y confusas, pero preferí no pensar demasiado en el asunto.

Aquella mismísima noche esperé a que todos se duerman y procedí a recordar los masajes de la María Laura. El asunto cobró vuelo y se agrandó al mínimo indispensable. Entonces comencé el lustrado, tal cual me lo había explicado mi amigo. Así fue que irrumpí en un paraíso desconocido, una tierra maravillosa, un mundo nuevo absolutamente mío, un carnaval de sensaciones, explosiones, sabores y cosquillas, completamente gratis, personal, prohibido… fue un momento apoteótico, toqué el cielo con las manos, logré encausar tanta tensión, tanta represión y en un instante fugaz, los petardos me explotaron en la mano. A diferencia de lo que me había dicho el Darío, esta “primera vez” si trajo consigo la expulsión de algo… algo viscoso, como el agüita de arroz. Me mojó un poco los incipientes bellos que crecían por ahí. Me quedé tiesto, con la mano aún en el calor y los ojos abiertos de par en par… “¿se habrá escuchado algo”?, pensaba sin siquiera respirar.

No… no se había escuchado nada. De los nervios esperé un tiempo. Hasta que se secaron aquellas gotitas pegajosas. Entonces recapacité sobre lo que acababa de pasar… ¡fue la mismísima gloria! De pronto la Rosita se me vino a la cabeza, con esas rodillas, con ese pelo… el recuerdo de la cintura. De pronto la avioneta volvió a retomar vuelo. Y si la primera vez nadie me había escuchado, esta segunda sin dudas que pasaría desapercibida. Nuevamente me sumergí en el fulgor de las instantáneas y el roce de la piel, nuevamente me adentré en los laberintos del placer, por segunda ocasión en la noche las mariposas fueron liberadas en un torrente de pasión… pero esta vez pasó algo… pasó otra cosa, me anticipé al líquido inoportuno.

Haciendo una esfuerzo extraño, similar al de aguantar el pis, cuando todo estaba por explotar aguanté y nada salió. Sentí el cosquilleo inusitado, pero logré mantener el líquido. Primero me sentí algo incómodo, no me había gustado la retención tanto como la expulsión, pero lo que sucedió después fue realmente el problema. Como una visión del futuro, se me vino a la mente la clase magistral del Darío… “con la leche que te salta, si se la hechas adentro de una mina, nace un bebe”

Razoné… la primera vez había saltado… la segunda, sin saber, quedó adentro mío, el terror se apoderó de mí, miedo absoluto, quedé paralizado inmóvil en la cama… estaba… o quizás… no… no no no, espanto, me vi inmerso en un ataque de pánico total, masivo… estaba… estaba… ¡estaba embarazado! Los nervios me anudaron la garganta, el calor me abrasó entero, de una patada me destapé por completo y salí corriendo al baño. ¡Por el amor de Dios estaba embarazado de mi mismo! ¡Iba a tener un bebé! ¡Era hombre e iba a tener un bebé qué vergüenza! Me saqué toda la ropa y llené la bañera de agua, me metí dentro y me bañé. Mi viejo se levantó y golpeó la puerta, era raro que me bañase a esa hora. Le dije que me había olvidado de ducharme y que tenía calor… me creyó. Adentro no pude evitar las lágrimas y el asco, me miraba el sexo y lo maldecía, a él y a mi suerte. Ahora iba a ser la burla de todo el mundo… un gordo ñoño embarazado de un bebé. ¡Porqué me pasaba estas cosas a mí la madre que lo parió!

Esa noche no pude dormir, lloré toda la noche, pensé en escapar con mi bebé a otro país, donde quizás existían hombres mujeres u hombres señoras con hijos, un lugar donde a nadie le importe. Sabía que en Buenos Aires todos usaban arito y pelo largo, quizás si me iba a ese país podía tener a mi hijo y dejárselo a alguien. La madrugada me encontró envuelto en lágrimas, en estado de shock. Fue imposible que mi viejo no se diera cuenta. Se acercó a mi cama, me hice el dormido…

—Martín… ¿qué pasó? —me dijo con voz de madrugada mientras yo hacía fuerza para cerrar los ojos —Dale, no te hagas el dormido que no te sale… contame. —Yo seguía callado, pero le hice una negativa con la cabeza, entonces me hizo una caricia y fue peor, eso desató el nudo y las lágrimas brotaron a borbotones, —Vení, vamos los dos al patio y me contás así no se despierta nadie.

Ahí le tuve que contar todo con lujo de detalles, cuando llegué a la parte del embarazo fue tal la carcajada de mi viejo, que intuí que había algo en lo que me estaba equivocando. Él, pacientemente y a destiempo, procedió a darme una charla sexual que duró varios días más.

La puse recién como a los 20, pero bueno… ¡aún no he gestado ningún hijo en mi panza!


TAGS: