El ladrón de sueños II

  •  
  •  
  •  
  • 37
  •  
  •  
    37
    Shares

PARTE 3 “LA ENTREGA”

Arnoldo tomó su maletín, lo abrió y comenzó a poner y sacar frasquitos con sueños, en la pequeña habitación de su casa que usaba como depósito.

Había cientos. Todos catalogados en estanterías con pequeñas etiquetas autoadhesivas y tapas a rosca. La muchacha del teléfono le había dicho que le gustaba viajar. Entonces buscó diversos frascos con e incluyó distintos lugares del mundo, incluyendo, por supuesto, París.

Cuando estuvo todo listo cerró el maletín, se subió al auto y manejó los ocho kilómetros que lo separaban del lugar de reunión. Al estacionar el vehículo, vio que una figura femenina lo estaba esperando sentada sobre una caseta del gas. Solo debía ser una entrega simple, nada más. Poco sabía él que las cosas, está vez, no serían como las había planeado.

Moira no llevaba nada del dinero que el hombre le había dicho por teléfono que llevara. Y cuando vio que del auto que estacionó enfrente suyo salió un hombre con un maletín. Supo que era él.

—Usted me ha robado el sueño —le dijo cuando el hombre se acercó. —¡Quiero que me devuelva lo que es mío!.

—¡Vos sos la chica que no estaba dormida! —Alcanzó a vociferar Arnoldo.

Y justo cuando fue a intentar abrir el maletín sintió la picana en su brazo, y cayó desplomado de dolor al suelo.

El maletín cayó al piso y dentro se sintieron frascos que chocaban entre sí. Desesperada, Moira agarró el maletín y lo abrió, y vio los más de doce frascos que tenía en su interior y de los cuales, por suerte, no se había roto ni abierto ninguno. No pensó demasiado, cerró nuevamente el maletín, lo tomó y se fue corriendo calle abajo.

—¡No entendés nada, por favor, volvé! —Le alcanzó a gritar Arnoldo, aún adolorido por la descarga.

Ella lo escuchó. Pero siguió corriendo.

Cuando llegó a su casa Moira puso el maletín en la mesa de la cocina y empezó a sacar todos los frascos. Cada uno tenía escrita una ciudad, y vio uno que decía “París”. Lo agarró, fue hasta el sillón que tenía en el living, se sentó, lo abrió, y acto seguido, el tenue humo entró por su nariz y ella se quedó automáticamente dormida.

Era el sueño que había tenido la vez anterior, solo que esta vez lo soñó entero, y cuando se despertó, eran las siete de la mañana del día siguiente. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien.

Cuando se levantó vio que en su celular tenía más de cinco llamadas perdidas de un número privado. Debía ser el ladrón de sueños que quería su maletín de vuelta. Y ahora estaba pensando en si devolverlo era una buena idea. No le parecía correcto soñar los sueños de otras personas.

Justo en ese momento su celular comenzó, nuevamente, a sonar. Era él. Atendió.

—Por favor, necesito el maletín de vuelta —le dijo la voz del otro lado.

—¿A vos te parece bien robarle los sueños a la gente y después vendérselos al mejor postor? —le increpó Moira

—Es mucho más complejo de lo que parece, por favor, necesito el maletín. Dependo de él. —Le respondió el hombre del otro lado.

—Si me dejás, te puedo contar mi historia, y ahí decidís verdaderamente si devolverme el maletín o no. Dame esa oportunidad, por favor.

Y ella lo pensó. No tenía nada que perder.

—Está bien. Hoy a la misma hora y mismo lugar que ayer. Solo voy a llevar un frasco como signo de buena voluntad. —Le dijo.

—No te vas a arrepentir —le contesto él.

Ahora solo había que esperar.

Cuando se volvieron a encontrar, esta vez con los ánimos más calmados, Arnoldo fue el que empezó a hablar, le contó lo que había pasado con su prometida y como sus propios sueños lo atormentaban cuando dormía.

—No sabés lo horrible que es tenerle miedo  a tus sueños y depender de los sueños de los demás para no volverte loco. Después me di cuenta que no era el único que le pasaba. ¿Soñaste alguno de los sueños que te llevaste? ¿Experimentaste en primera persona lo que es dormir y soñar cosas lindas? —Le dijo él.

—Solo saqué el sueño de París, el que me robaste hace un tiempo, apenas lo abrí me quedé dormida al instante. Pero no está bien lo que hacés. No está bueno dejar a personas sin sus sueños, es un desasosiego terrible estar soñando y de pronto, la nada misma —le respondió Moira.

—Tenés que animarte a aceptar lo que tu mente cree, quizá ahora después de tanto tiempo tus sueños no sean tan trágicos como eran antes. Solo traje este sueño, pero los demás no te los voy a devolver. Tratá de recapacitar. Tratá de animarte a soñar tus sueños —le dijo, y le entregó un frasquito que decía “Venecia”.

Cuando ella se fue, Arnoldo se quedó pensando en lo que Moira había dicho. No la siguió. Simplemente se quedó en silencio con el frasquito en la mano y una idea. Esa noche iba a tratar de soñar solo un sueño. Solo por esa noche.

Cuando llegó a su casa guardó el sueño en el depósito, después fue a la cocina, sacó dos porciones de pizza de la heladera y las recalentó. Una vez cenado se fue a acostar, y, cuando apagó la luz susurró “que sea lo que tenga que ser”

PARTE 4 “LA REDENCIÓN”

Se vio a sí mismo en una playa sin más nadie, sentado en una reposera, abajo de una palmera. Miraba tranquilamente las olas del mar que iban y venían, y no había preocupaciones. Cerró los ojos un instante y sintió el roce de una mano por su cara, y unos labios que se acercaron a los suyos y lo besaron. Abrió los ojos y vio a Moira con un sombrero playero y una bikini, que lo miraba de una forma que le recordaba vagamente a su prometida. Se sentó en sus piernas y le susurró un “te quiero”. Se levantó de su regazo y se internó en el mar, chapoteando con las olas. Todo estaba perfecto.

Arnoldo se despertó y ya era de día. Corrieron varias lágrimas por su cara, había mucho tiempo que no tenía un sueño tan bello. Y Moira estaba en el.

No dudó y la llamó para contarle el sueño, y esta vez no puso su número en privado.

—Me ha pasado algo extraño —le dijo por teléfono cuando ella contestó.

—Yo también soñé con vos —le respondió ella, anticipándose a lo que Arnoldo le diría. Se quedaron de ver a la tarde, esta vez en un café.

—He pensado mucho en todo y he llegado a una decisión. Tengo muchos sueños guardados y la mayoría sé a quienes pertenecen, voy a devolverlos casi todos pero necesito que vos estés conmigo —le dijo a ella mirándola a los ojos.

—¿Que te ha hecho cambiar de parecer —le dijo ella, mientras que comía una medialuna.

—Mi mente por empezar. Y, extrañamente vos. Siento que ya no le tengo miedo a mis sueños. Y mira que hacen diez años que no soñaba nada propio —le respondió.

—Te traje el maletín. No me animé a abrir el resto de los frasquitos, supuse que mejor sería devolverlos a sus dueños. —Le dijo ella, y acto seguido le pasó el maletín que estaba en sus piernas.

—No hagas que me arrepienta de esto —le dijo. Y se levantó de la mesa, dejando solo las migas de la medialuna que acababa de comer.

Él se paró atrás suyo, le tocó el hombro y le dijo —vas a ver que no —y acto seguido, le dio un beso tímido en la mejilla.

Ella lo miró. Y su mirada era la misma que la que tenía en su sueño en la playa, y, lentamente se deslizó hacia sus labios, y de a poco se dieron un beso lento, y pequeño. Pero profundo.

Esa noche repartieron más de veinte sueños a diferentes personas, todos en cajitas con la leyenda “ábrase solo cuando se vaya a dormir”. Algunos recibieron un solo frasco, otros dos o tres, según la cantidad de sueños que hubiese robado Arnoldo. A la noche siguiente fueron veinte más.

Y quizás porque cada persona recuperó sus sueños el mundo fue, un poco mejor.

Arnoldo ya no se dedica a robar sueños, ahora cada noche deja a su mente libre para vivir aventuras nuevas. Ya no está solo, ahora su realidad es mejor, porque los dos están juntos.

FIN