El chofer

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— ¡Morales, tenés visitas! —el llavero golpeó con fuerza los barrotes de la celda con su cachiporra—. Tu macho… —mientras abría la puerta, su risa encontró eco entre las paredes del pabellón y se multiplicó varias veces hasta apagarse.

Javier Galíndez zapateaba sobre el suelo de cemento y se frotaba los brazos. No pensó en ningún momento en sacarse la campera ni la bufanda. Para proteger su cabeza rapada, había elegido enrollarse un grueso pasamontañas negro hasta convertirlo en un gorro.

Optó por ocupar la mesa más cercana a la salida del salón de visitas.

— ¿Qué haces, viejo? —saludó Fabián Morales.

— ¡Che, Gato! —reprochó Galíndez a modo de respuesta—. Dejame de joder… ¡Ni una estufa a querosén se les ocurre poner a estos putos!

—No te quejes tanto, pelotudo. Total, en un rato te las tomás —Galíndez supo que a su amigo le hubiese gustado poder girar la silla y sentarse con el respaldo hacia adelante, como hacía siempre cuando su padre lo llevaba al bar en donde lavaba copas, pero las sillas estaban empotradas en el suelo.

Así que Morales acomodó su metro noventa a la manera usual.

—¿Me averiguaste lo que te pedí? —Galíndez miró a su amigo de la infancia, y compañero de tantas aventuras delictivas, alzó las cejas, y luego escudriñó hacia los lados antes de hablar. Los tres guardias fumaban en un rincón.

—Sí. El pibe vive de joda. Cambia de mina como de camiseta. ¡Ah! —Metió la mano en un morral de cuero negro y gastado que llevaba cruzado sobre el pecho y puso sobre la mesa varios números de Gente, Pronto y Papparazzi—. Me estaba olvidando, debe ser por este frío de mierda que me tiene mal. Te traje algunas revistas para que tengas algo que mirar. Así te entretenés y se te pasan más rápido los últimos días que te quedan. —Antes de seguir hablando se apretó la punta de la nariz juntando el índice y el pulgar de la mano izquierda, para acto seguido tironearse el lóbulo de la oreja del mismo lado—. Están tremendas las minas estas que ponen en las tapas.

El amigo hizo un gesto, asintiendo con la cabeza.

—¿Te acordás que te conté que me chupé en la casa como jardinero? ¡Quién me iba a decir que ayudar los fines de semana a mi viejo me vendría bien para un laburo! —Galíndez repitió con pericia el tic que había adquirido en el primer grado de la primaria—. ¡Qué lo parió! Lo que es la vida, ¿no?

—Dale, Pelado: no te vayas al carajo, que estos están entretenidos, pero en cualquier momento me vienen a buscar, por joder nada más.

—Resulta que me estoy moviendo a una de las empleadas, y le gusta hablar más que a mí, imaginate — Galíndez volvió a su gesto recurrente, y se festejó la broma con tantas ganas que los guardias dirigieron la mirada hacia ellos—. Hace unos días un tipo salvó al viejo de que lo asaltaran en el parque…

—Y eso qué tiene que ver. —interrumpió Morales.

—Pará, pará…, que ya llego. Resulta que el viejo, en agradecimiento, lo invitó a desayunar. Por lo que pude averiguar el tipo este corre todos los días temprano y de pedo se cruzó con el viejo cuando lo estaban por afanar, y les metió patadas hasta en la foto del documento, los hizo mierda.

—Sí, Pelado. Ya entendí la idea.

—Bueno, te la voy a tratar de hacer corta, pero vos sabés que me cuesta. Después de charlar un rato y esto lo sé de muy buena fuente, porque Martita, la empleada de la que te hablé, les sirvió el desayuno en el escritorio del viejo y ella escuchó que el tipo se había quedado sin laburo en una fabrica o algo así. Cuando una media hora más tarde volvió a levantar todo, como de pasada se enteró de que el tipo había sido cobani.

—Que los pario, estos canas están hasta en la sopa—comentó Morales para permitir que su amigo tomará algo de aire.

—Es así Gato, vos lo has dicho. Bueno, como te venía diciendo una cosa trajo la otra, que patatín que patatán y en definitiva hace diez días que es el nuevo chofer de la familia y después del palo que se puso el pendejo con la moto, el viejo lo hace llevar todas las mañanas a la empresa. Los puse al Rulo y al Mono a seguirlos.

—Y el tipo ese, ¿vos decís que es un pesado, que nos va a complicar las cosas?

— Tenemos que estar atentos —dijo Galindez—, parece que no se come ninguna.

—Sacale la ficha. No quiero sorpresas. Otra vez no.

—Que lo parió Gato, nunca me la vas a perdonar…

—Te parece, Pelado que no te perdoné ¿Quién está adentro vos o yo?

Uno de los guardias se acercaba.

Los amigos se abrazaron.

—Hay como se quieren los noviecitos… Dale camina…

***

—Así que fuiste policía, Ernesto —comentó Martín Azcuénaga.

—Así es, señor.

El Honda Civit azul oscuro obedeció la luz roja.

—Y qué te pasó, por qué te fuiste —Martín ocupaba el asiento del acompañante. Le caía muy simpático el nuevo chofer.

—Pasó que me casé, tuve un hijo y mi mujer decía que estaba siempre con el Jesús en la boca. Un domingo temprano entró en la panadería, a mi pibe le gustan las tortitas con chicharrones calentitas…

—¿Cómo se llama, cuántos años tiene?

—Luis y tiene ocho…

—Espero poder conocerlo pronto y seguime con la historia de la panadería.

Para no hacérsela demasiado larga: entraron cuatro pibes muy sacados. En el forcejeo me ligué una puñalada en el hombro y un tiro me rozó la cabeza…

—¡Uy! Qué garrón.

—Son los gajes del oficio que le dicen. Caí en coma estuve tres meses en terapia intensiva. Cuando me dieron el alta renuncié a la fuerza y entré a trabajar como operario de la fábrica de conservas La campiña, para intentar que mi matrimonio no se fuera a pique.

—Las cosas que hacemos por las mujeres —dijo Martín que nunca había hecho nada por ninguna mujer más allá de sacarles la ropa y pagarles la cena y el taxi.

El auto se detuvo otra vez frente a un semáforo.

—Usted lo ha dicho, señor… De vez en cuando como para juntar un peso más hacía alguna que otra changa para una empresa de seguridad privada que dirigía un compañero que se retiró, pero la supo hacer mejor que yo…

—Me la juego que era soltero —acotó Martín.

—Solterísimo.

—Y qué pasó.

—Pasó que renuncié a la fábrica y me fui a trabajar con mi amigo.

Martin apagó la radio. La historia de Ernesto le interesaba más que cualquier noticia.

—Mi esposa puso el grito en el cielo y no hubo nada que la hiciera cambiar de opinión. Hace tres meses que estamos separados.

—¿Alguna esperanza de reconciliación?

—Nada me gustaría más, pero la cosa está difícil, señor.

—Decime Martín, dejate de joder con el señor.

—No creo que sea lo más apropiado, señor.

Ernesto Vega, sin soltar el volante, miró por la ventanilla. Dos Kawasaki Ninja negras aparecieron una de cada lado del Honda.

—Y cómo terminaste siendo chofer— continuó charlando Martín.

—Tendría que decirle que por casualidad o mejor dicho por suerte—Vega miró como si no le interesara a través de la ventanilla polarizada de su costado y un instante después para el otro lado. Las motos los seguían flanqueando.

—Por lo que contó mi padre si no aparecías vos, la hubiera pasado mal, pero muy mal.

—Creo que don Adolfo exagera un poco la cosa, señor. Aunque el ofrecimiento de su padre me vino de diez. Hace una semana mi amigo me comunicó que tenía que reducir el personal y como yo era el más nuevito me la tuve que comer sin chistar.

—Pensá que no hay mal que por bien no venga —comentó el muchacho—. Por lo menos eso dice siempre mi abuela.

—Eso espero, señor. Eso espero.

Al acercarse a la esquina la luz pasó de verde a amarillo. El policía de raza que se había convertido en obrero por amor a una mujer que lo abandonó, tocó apenas el freno y aceleró de golpe haciendo que las cubiertas chillaran por haberse quemado.

— ¡Epa! ¿Qué pasó? —preguntó entre sorprendido y divertido Martín.

— A lo mejor nada. Creo que esas motos negras nos están siguiendo…

—No me digas… —comentó el muchacho inconsciente del peligro y admirando las motos.

—De ser así. Deben tener un vehículo de apoyo, puede que sea una camioneta.

—Como esa Trafic —señaló hacia adelante.

—Exacto. Pasate al asiento de atrás y tirate al piso. —ordenó Vega.

Martín intentó negarse.

—Dale Martín. No me la hagas más difícil, carajo. —La última palabra estalló como un trueno dentro del auto.

Lo que ocurrió después iba a ser filmado por unos turistas japoneses que no salieron bien librados de las balas, pero todavía hoy cuentan la historia a quien quiera escucharlos.

La camioneta paró en seco. Las puertas traseras se abrieron de golpe de par en par. La frenada sobresaltó al matrimonio Kaneko que en ese momento salía del café en donde habían desayunado. Los Kaneko habían llegado a la provincia con el propósito de disfrutar del ciclo: música clásica por los caminos del vino que cada año se lleva a cabo en distintas bodegas, templos y parques en los días de la Semana Santa. Su cámara Sony PXW-Z100 había estado dispuesta a captar desde un payaso haciendo desprolijos malabares con pelotas de colores en un semáforo hasta a un flacucho de lentes oscuros desgranando la suite número uno para cello de Johann Sebastián Bach en la iglesia parroquial Nuestra Señora del Carmen de Cuyo en Uspallata. Fue así que cuando los dos hombres que cubrían sus caras con pasamontañas negros y empuñaban escopetas recortadas, dispararon al motor del Honda la cámara de los Kaneko capturó la escena a quemarropa.

Arashi Kaneko se protegió primero tras el añejo tronco de un plátano buscando que su pulso se mantuviese lo más frió posible. Su esposa, Midori, buscó refugió en el café que habían abandonado unos momentos antes. A Arashi no le convenció el lugar desde donde capturaba la escena y corrió para treparse, no con poca dificultad, a la escalera que un operario de la compañía telefónica había abandonado a su suerte para correr por su vida. Un trozo de vidrio, de los que volaban a diestra y siniestra, se clavó debajo de su ojo izquierdo. Con los años mostraría esa cicatriz henchido de orgullo y se encargaría cada vez de condimentar un poco más la anécdota aquella de cuando fue un testigo clave.

Atrincherado, entre tanto ruido de vidrios rotos y cartuchos, el chofer gritó, para hacerse entender:

—No levantes la cabeza, por el amor de Dios.

Una bala le atravesó con limpieza el brazo derecho y siguió su trayectoria destrozando el parabrisas delantero. La segunda se alojó en el muslo izquierdo.

Los gritos de Martín mientras era sacado por los pelos del auto fue lo último que pudo escuchar antes de desmayarse.

***

La mañana en que se produjo el secuestro, Don Adolfo había decidido quedarse a trabajar en casa, usando como pretexto que sentía estarse engripando; aunque la verdadera razón era otra. Buscaba que Martín diera sus primeros pasos sólo al frente de la empresa. Cuando el Sony Xperia XZ Premium, el moderno celular que recibiera como regalo el último día del padre, vibró sobre el escritorio mostrando que era Martín el que llamaba, el padre se dispuso a contestar preparando el tono de un maestro siempre dispuesto.

—Hola hijo, cómo anda todo por alla…

—Tenemos a su hijo, señor Azcuénaga —Las palabras del hombre que había hecho la llamada hicieron que el aparato que sostenía el dueño de casa, estuviese a punto de estrellarse contra el suelo.

—Me supongo que ha visto un montón de películas y series. Está demás que le explique cómo son las cosas entonces —continuó diciendo la voz del otro lado.

—Lo sigo escuchando —respondió Adolfo Azcuénaga sin que el miedo le ganara la voz

—Doscientos mil dólares en billetes de veinte, cincuenta y cien. Lo llamo en tres horas —Fabián Morales dejó caer el Nokia 1100 al inodoro y apretó dos veces el botón de la pared que liberaba agua.

***

— ¡Oiga, señor. ¿Qué hace? Vuelva a la cama!

—Me doy de alta, no ve. Tengo muchas cosas que hacer.

—Está loco. Tiene dos heridas de bala por si todavía no se enteró —decía la enfermera que no podía alcanzarlo por el pasillo a pesar de las dificultades de Vega para caminar.

Ya en la calle paró un taxi y le dio la dirección de los Azcuénaga.

—No tengo nada que disculparle, usted es el chofer de la familia no nuestro guardaespaldas —Adolfo Azcuénaga, con mano temblorosa, volvió a llenar el vaso de whisky del recién llegado, mientras le relataba la llamada que había recibido.

La puerta del despacho se abrió después de dos golpes secos.

—Buenas tardes, señor Azcuénaga soy el comisario Micelli… —se presentó un hombre alto de unos sesenta años que vestía un traje gris, camisa blanca y corbata azul. Los zapatos parecían haber sido lustrados un minuto antes. Llevaba el cabello corto y peinado para atrás. Lo blanco de su cabeza contrastaba con su tez mate.

Don Adolfo no respondió a la derecha extendida del policía en cambio le exigió explicaciones sobre quién lo había dejado entrar.

— Su señora. Hola Ernesto cómo andás… Por lo que sé no muy bien.

— ¿Ustedes se conocen? —se interesó el dueño de casa que ya acercaba un vaso al comisario

—El comisario fue mi superior por muchos años —explicó el chofer que con dificultad se paró para saludar.

—Quedate sentado. Está todo bien.

Micelli relató la historia de los japoneses que resultaron heridos y llevados al hospital Central donde fueron interrogados. Sacó del bolsillo interno del saco un sobre cuadrado y blanco. Escaneó con la mirada la habitación. Al dar con el televisor y el reproductor de DVD en una de las esquinas, entregó al dueño de casa el disco. Un minuto y medio después los tres hombres frente a la pantalla plana movieron la primera ficha para poner en marcha el juego que Morales había propuesto jugar.

—Podríamos ver el video de nuevo —pidió don Adolfo—, algo en los movimientos de uno de los pistoleros me resulta familiar.

Vega recordó haber oído al ahora abatido padre ufanarse más de una vez en las pocas semanas que llevaba trabajando para él de conocer mucho a las personas por sus gestos.

La grabación mostraba como los hombres habían recargado las armas y como el más bajo de ellos se tocaba de manera repetida la punta de la nariz y después la oreja con la mano izquierda.

— ¡Buscalo como alias! —gritó Micelli muy cerca del oído del cabo Ramírez que se defendía a duras penas con un teclado medio muerto.

— ¡Ese, es ese. El cuarto tipo. Ese es mi jardinero. Ese es uno de los hijos de puta que tiene a mi hijo! —La foto de un joven Javier Galindez se alineaba junto a la de dos ladrones de autos y un carterista. No fue difícil relacionarlo con Morales ni tampoco ubicar su último domicilio.

Todavía faltaban cuarenta y dos minutos para que Morales volviera a llamar.

— ¿Tenés fierro? —preguntó Micelli.

—No. Hace años que no uso —respondió Vega.

—Y así te fue, pedazo de pelotudo. Pensar que alguna vez me hablaste de tu sueño de convertirte en un GEOF, que lo parió. Ahí en la guantera tenés una Glock 17, usala. —el comisario pisó hasta el fondo el pedal del Renault Megane gris. El Dodge 1500 del cabo Ramírez tuvo que exigirse hasta límite para seguirle el paso.

Todavía faltaban veintiocho minutos para que Morales volviera a llamar.

***

—Pensé que había dicho que conocía las reglas del juego. No tienen chance de participar los canas —dijo Morales.

—No sé de qué me habla. —respondió tranquilo don Adolfo ubicado detrás del volante del Audi A3, gris metalizado que solía usar su esposa

—Dejeme hablar con Martín necesito saber cómo está. Mi esposa espera noticias en casa, está des…

—En serio cree que puede darme órdenes —la llamada terminó de forma abrupta.

Un segundo después la puerta del acompañante se abrió para dejar ver la figura del comisario que acababa de detener su auto detrás del Audi.

—Debe estar cerca, —comentó el preocupado padre— vigilándonos. Cortó hace apenas un segundo antes de que usted llegara.

—Si como creemos se trata del Gato Morales, nada más lo va a parar una bala —sentenció el policía— Acaba de salir y dudo que tenga intenciones de volver adentro.

— ¿Avanzamos algo? —preguntó el hombre de negocios.

—No tengo nada concreto que decirle. Ramírez y Ernesto rastrean a una ex novia de Galindez.

El celular volvió a sonar.

—Hola papá… estoy bien, decile a mamá… —las palabras de Martín se interrumpieron.

—Hola Martín, hola… Hola carajo…—activó el manos libres.

—Siga derecho y cuando llegué a la avenida espere a que el semáforo se ponga rojo. —la voz de Morales llenó todo el vehículo al salir por todos y cada uno de los cuatro parlantes gracias a la función de bluetooth— Tire la guita por la ventana y aceleré a fondo. —ordenó— Recibirá noticias… Hasta pronto Micelli, como siempre un gusto verlo.

La comunicación terminó.

***

Vega se bajaba con dificultad del estropeado Dodge del cabo Ramírez cuando sonó su celular.

—Hola —respondió— Sí, ubicamos a la ex del Pelado. Habló hasta por los codos. No lo puede ni ver. De la última gresca le dejó de recuerdo: un par de dientes menos, un ojo en compota y por si fuera poco le quebró un brazo. Una joyita este Pelado.

Vega escuchó las últimas noticias.

—Lo llamo en un rato. Acabamos de llagar a la primera de las direcciones en donde la mujer cree que pueden estar aguantando.

La apuesta no había pagado premio. El tiempo seguía corriendo, siempre en contra de Martín.

—Vamos a la otra dirección echando puta. —ordenó al cabo Ramírez— Don Adolfo acaba de pagar el rescate y acá no pasa nada.

El semáforo se puso rojo. Los hermanos, montados sobre una de las dos motos que robaran días antes preparando este trabajo vieron con impaciencia como Don Adolfo frenaba y sacando el bolso deportivo por la ventanilla lo dejaba caer sobre el asfalto, ateniéndose a las instrucciones recibidas.

El Mono, el menor de los Morales, se agachó para hacerse con el dinero. Al alcanzar la esquina de Colon y San Martin la Kawasaki giró hacia la derecha. Los secuestradores victoriosos gritaban y reían debajo de sus cascos sin poder imaginar que jamás disfrutarían del botín. Una camioneta Ford F100 roja que había quedado sin frenos y a la deriva los haría pagar con su vida el haber estado en el momento justo en el lugar equivocado.

***

— ¡Gato… Gato vení la re puta madre! —Galindez gritaba desde la cocina de la casa en la que tantas veces había tomado la leche con bizcochitos de grasa cuando su madre lo dejaba al cuidado de esa abuela que tanto lo había querido.

El televisor mostraba la moto cruzada en medio de la calle. Rodeada por muchos curiosos. Cuando la cámara se fue desplazando se pudo ver en pantalla a la camioneta que había detenido la marcha al caer dentro de una acequia. El conductor, un hombre que debía tener bastante más de setenta años, se agarraba la cabeza con las dos manos mientras miraba hacia todos lados como si estuviera buscando a alguien a quien pedirle disculpas.

Los cuerpos de los hermanos Morales estaban siendo cubiertos con diarios viejos cuando el Gato llegó a la cocina.

—Que cagada hermano… que cagada.

Galindez intentó abrazarlo, pero el Gato lo apartó. Bajó el volumen del televisor. No le interesaba lo que la periodista tenía para decir. Clavó la vista un largo rato en el bolso que había quedado olvidado a unos siete metros de sus hermanos muertos.

— ¡Oigan ustedes!— la voz de Martin llegó desde el fondo del pasillo.— Tengo que ir al baño, no aguantó más. Por favor…— las palabras sonaban seguras a pesar del miedo que se le había instalado como un virus.

—Llevalo a mear y después le das más Rivotril. En cuanto le haga efecto nos rajamos.

—Meta…

***

Genaro Micelli ordenó que fotografiaran los cuerpos antes de llevarlos a la morgue judicial. Se hizo con sus teléfonos celulares. En las agendas de ambos encontró lo que buscaba.

Oscurecía y la calle presa del invierno estaba desierta como un patio de escuela en época de vacaciones. Morales y Galindez acomodaron al muchacho medio grogui en el asiento de atrás de un Corsa hecho taxi. Galindez subió a su lado. Morales iba a manejar.

Sonó el celular que Morales llevaba en el bolsillo. A excepción de sus hermanos, nadie tenía el número. El Gato intuyó quién estaba del otro lado. Su tiempo se agotaba.

—Ya se acabo, Gato. Larga al pendejo —exhortó Micelli.

—Al pendejo lo tengo yo y por eso doy las órdenes, botón de mierda.

El cruce duró un segundo. El taxi se movía por Montevideo en dirección a Rio negro y el Dodge 1500 del cabo Ramírez recorría la calle Rio negro intentando ubicar Montevideo.

—¡Ahí están¡ Partilos al medio si hace falta, pero paralos —dijo Vega.

Morales dio marcha atrás para girar en dirección contraria. No le fue difícil poner asfalto entre ellos y el Dodge.

Mientras el cabo pisaba a fondo el acelerador Vega informó de la situación a Micelli y le pidió refuerzos.

Un ovejero alemán se cruzó con el taxi dando su vida a cambio de algunos segundos a favor del perseguidor.

— ¡Tirales, la re puta madre! —ordenó el cabo Ramírez sin dejar de mirar hacia adelante. —No eras el mejor en eso.

Vega dudó solo un momento. Temía herir a Martín, pero tenía claro que no habría una mejor oportunidad de terminar con esta historia. Bajó la ventanilla y apuntó a su blanco móvil. Fue ahí cuando el celular sonó para mostrarle que quien estaba del otro lado era Amanda, su mujer. No pudo menos que sentirse extrañado, lo había llamado varias veces en los últimos días. Por una u otra cosa no había respondido. Pensó en su hijo, pensó en don Adolfo y entrecerró el ojo izquierdo para no fallar.

—¡Dispará! —por poco imploró el cabo Ramírez.

El cuarto proyectil hizo girar como trompo al Corsa, al haber explotado la cubierta trasera derecha. El auto se detuvo a metros de la calle Jujuy. El Pelado Galíndez se cubrió con la puerta abierta y no tuvo éxito con los disparos. Una de las balas de Ramírez, la que lo haría recibir una medalla de plata, le destrozó el ojo izquierdo y lo tiró de espaldas contra el asfalto.

Morales intentó sacar al rehén para usarlo como escudo. El peso del muchacho inconsciente lo volvía una incómoda bolsa de papas. Desistió y en cambio obligó a detenerse a un tipo flaquito que pasaba por ahí en una moto.

—Quedate con el pibe. Avisale a Micelli —dijo Vega.

El Dodge 1500 siguió portándose como debía y fue detrás de Morales quien no respetó semáforos y tuvo la suerte de no ser atropellado por ningún otro auto.

La moto fue pan comido para el Dodge. Vega la pasó y giró hasta quedar perpendicular.

Los ojos de los hombres se enfrentaron un segundo. Vega tenía su brazo extendido saliendo por la ventanilla del conductor. Vació el resto del cargador de la Glock.

Cinco minutos más tarde la noche se llenó de luces azules que giraban. Ernesto Vega comprobó que Martin estaba bien. Asintió moviendo la cabeza cuando el comisario Micelli comentó que todavía no había perdido la muñeca y se apoyó en el capo de uno de los patrulleros mientras marcaba un número en su celular.

—Hola, qué pasó, Luisito está bien…

Escuchó la voz de la mujer que amaba.

—Sí, es verdad. Te contaron bien… Conseguí trabajo. Soy chofer.

FIN