Libro en blanco | Segunda Parte

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A la muerte se la toma de frente y con valor. Después de la invita a tomar un trago.
Edgar Allan Poe.

La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.
Jorge Luis Borges.

El llanto ya se había calmado, su dolor se había mitigado, sin embargo, la culpa crecía minuto a minuto. Por primera vez en su vida, Hernán tenía muchos problemas para concentrarse. Pasó dos días de ayuno, como lo pedía el ritual, y se encargó que buscar todo lo necesario para que este se efectuara de la mejor forma posible. Noche tras noche ascendía a la viga y podía sentir como sobre la yema de sus dedos la piel humana que envolvía al libro blanco se calentaba, a tal punto que parecía querer incendiarse. Las moscas, que siempre lo protegían, se mostraban reacias y dispersas; ya no lo cuidaban como antes; y su aura, siempre blanca y tranquila, tomaba un color rojo negruzco intenso, que denotaba que Hernán se sumía en la desesperación y la depresión. Quería compensar el error que cometió al dejar sola a Milagros, quería ganarse la aceptación y el amor de su mamá, pero aún más importante: quería llevar la teoría a la práctica y traer a este mundo a un demonio muy antiguo, y quizás el más poderoso en su categoría. Necesitaba de algún innombrable que pudiese desafiar a la física y a las leyes de la vida, que tuviera un inmenso conocimiento en las artes oscuras, necesitaba al primer vampiro… o mejor dicho a la primera vampiro que la historia conoció, Lilith.

Se acercaban el anochecer, la hora del ocaso, la cual es la hora estipulada para traer a la primera mujer de Adán al mundo de los vivos. Hernán se colocó debajo de la viga con tres sillas ubicadas en las puntas del pentagrama dibujado en suelo de tierra. Él se encontraba sentado en el punto más alejado de ese triángulo casi equilátero, mientras que en las otras dos había dos espejos enormes de cuerpo completos. Abrió el libro más o menos por el centro y las letras de color rojo carmesí, cuya caligrafía sombría parecía gotear, se acentuaban cada vez más en la página, como si el que las hubiese escrito hubiese apretado mucho la pluma contra el folio.

Las sillas comenzaron a levitar, y el aura de la vivienda se volvió se volvió purpura y opaca, dando la sensación que debajo de esta no podía existir nada que tuviese vida. El alma de Hernán intentaba salir por todos lados, por la boca, los oídos, la nariz, incluso a través de sus ojos, que solo eran dos bolsas verdes desgarradas en su parte inferior derramando su contenido o, en otras palabras, la esencia de vida de Hernán. A las moscas verdes y rojas se le unieron un nuevo tipo, unas de color amarillo de unos unos siete centímetros de largo, a primera vista parecían langostas, pero al mirar bien su anatomía, solo se podía tratar de moscas mutantes bañadas con radiación. A pesar de los refuerzos, su alma aún quería desprenderse del plano terrenal. Entonces, arañas escarlatas, de más de doce patas y del tamaño de un cachorro de labrador, comenzaron a descender desde techo, cual estalactita de una vieja cueva. Serpientes grises de dos cuerpos y tres cabezas, se elevaban sobre su lomo, demostrando una increíble longitud de más de cuatro metros; cuando parecían que estas llegaban a su fin, sus cuerpos se seguían estirando, dando la impresión de que podía rodear al mundo y engullirse a sí mismas por toda la eternidad si así lo quisieran.

Una vez que repitió el conjuro por más de cuatrocientas cincuenta y tres veces, tomo una daga y se cortó las venas de ambas manos. La sangre caía a torrentes por sus muñecas, simulando una pequeña cascada. Parecía contenerse en un cilindro de las mismas proporciones que el pentagrama dibujado en el suelo. El aura opaca y purpura se volvió roja y espesa, era como si muchos coágulos de sangre corrieran agitadamente alrededor de la residencia. La pérdida de sangre no lo afectaba, pues a través de un conjuro se aseguró de que su metabolismo se acelerara y produjera sangre con la misma velocidad que la perdía. Otros humanos, que intentaron realizar la misma invocación, se desangraron muchos antes de llegar por lo menos a la mitad de la ofrenda.

Entonces, con el libro blanco hirviendo es sus manos, rodeado de alimañas demoniacas de toda clase y con un aura siniestra y aterradora; el tiempo se detuvo cuando pronuncio por última vez la invocación:

Ego Lamia, numen de noctereversusexsilium.
Ego Lilithest, muliersaltu.
Et ego nesciebamappetibile, sed exspectans leones et pura species,
monstrorum.
Ubi si target fuge me!
Ego versumoccisio. li sunt
brosquiscriptus es in me, etiamsi non legi me.
Immoderatacupiditasrebellemuxoremconsequendumlibidinis ruina facit. In habitufuit insania SEMIAPERTUS.
Quiaudit me, et quimerenturmortemoriemininoliteaudire me ex omnibus.
Neque ego in mora sum, autdocilem mare,
Horruit me primaetentationis.
Neque ego in mora sum, autdocilem mare,
Ego flosdecidens in novissimopoenitet.
Quo signo conceptusdesiderabilis
quifactusestimmoderatastirpiscommendatio germinare,
cuiuslinguaest a alveare,
Et comediilludrelinquensQuodintegrum.
Estfamesgemitu.
Delirium nascitur conservare.
EGO sum superbusubera ex parvis et germinarerisu.
Et comedieosdicens non est. Salados ubera mea.
Itaquod non potestpervenireprinceps: bésenlos mihi.
Duo flashlights suadeantutardeat duo.
Duo enimvobisaptilusibusanni minima veniammerear.
Ego sum angelus pudet. Primum Adam utevertatillud: et satanasamantisequae.
Imaginarium of sexus et represserit clamor excelsis.
Primo paradisopossemferrepraecipitatseminarediscordiasterrisadquascubilia rebus intenditmihi.
Ne in tumoremconvertendum, obsidionemunitionibusquecoeptipremibalsamaquesudantur.
Hostíguenmemihivertuntur.
Et tenera, quasi ad punctum et persicum.
Et me provocaveritisadiracundiamGranatae, in eo non est.
Estrújenme,
et uncto et oleum ex nostrispedibusdesierit.
Et, blandissimaeleæna: operietautemreditusadverecundiam et humilitatem Domini regnabit super terram. Ad sanandum costa Adami et liberare hominem ab omnieiusHeva.

Al pronunciar la última frase, el cilindro que yacía en la parte inferior de Hernán, tenía un cumulo de casi un metro de altura. Fue cuando toda célula, molécula y átomo se detuvo. Solo la mascota de Hernán, un pequeño gato negro, fue testigo de cómo el tiempo se detenía y de como un poderoso ente vino a este mundo. El cilindro de sangre estalló y está se despidió por todos lados elaborando una decoración extraña, misteriosa y, al mismo tiempo, horrorosa.

Hernán descendía lentamente como de costumbre, ayudado por las alimañas para que no se dañara. Una vez estuvo en el piso se reincorporó y vio que adentro del pentagrama una mujer, cuya piel parecía estar en el punto de ebullición se erguía, estaba bañada en sangre y su sensual, pero diabólica mirada se comía vivo al joven muchacho que, a pesar de su inteligencia había cometido un enorme error, pues había despertado a un ser atroz y peligroso, cuyo poder sobrepasaba cualquier cosa que alguna vez había podido imaginar. Lo primero que experimentó, cuando la vio fue una poderosa y fuerte erección que se acentuó cuando Lilith comenzó a lamer la sangre en la que se encontraba bañada.

Los ojos amarillos de Lilith se cruzaron con la erección de Hernán y sonrió.

―Hola, Mortal. ¿Cómo te llamas?

Hernán titubeaba, jamás vio tan inmaculada belleza, le dolían los ojos y su miembro al ver tanta perfección. Hasta la voz del súcubo le parecía excitante; era: suave, dulce, tierna, hasta inocente, pero debajo de su tono guardaba una perversión enorme que denotaba una sexualidad y perversión tremenda, capaz de manipular o volver loco a cualquier hombre.

―¿Tenes nombre? ―le preguntó acercándose hasta casi estar a punto de besarlo.

―Me llamo Hernán. ―El sonido que salía de su garganta era débil, pues respiraba con mucha dificultad. Entonces, ella se acercó aún más y lo rodeo con sus brazos llenos de sangre. El gato observaba todo con fascinación desde la primera fila, hasta que ella lo miró de reojo. El felino salto de la mesa en donde se encontraba y se escondió debajo del mueble de cocina.

Lilith volvió a mirarlo y él comenzaba a caer cautivo ante su poder. El olor de su piel era exquisito para Hernán, le recordaba el olor que hay en una biblioteca, cuyos libros tienen una gran antigüedad, o al olor de la tinta recién impresa, esos eran aromas que para él eran los mejores del mundo. El contacto con la piel del demonio fue todo lo contrario a lo que pensaba; fue suave, cálido y acogedor, era como recibir el abrazo de la persona de la que siempre estuviste enamorado, pero nunca fuiste capaz de decirle lo que sentías.

Ella seguía sonriendo y acercándose lentamente más a él. Cuando por fin sus senos hicieron contacto con el pecho de Hernán, no lo soportó más, y eyaculó como nunca en su vida. Lilith soltó una carcajada que cubrió con su mano en un ademan elegante y sensual.

―Ahora que eliminamos esa hermosa y gran distracción ―dijo presionando su cuerpo contra el de él fuertemente―. Decime, ¿para qué me invocaste? ―Su tono cambio de forma abrupta, así como su voz y su tacto. Hernán sintió un pánico enorme al darse cuenta que a pesar de todo lo que sabía no podía controlar al demonio que trajo a este plano.

Continuará…


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