No existen, pero las hay

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Se despertó con un sabor metálico en la boca, cuando pasó su mano por la misma y luego la miró, descubrió sus dedos llenos de sangre.

Así fue la mañana del día después, de una noche llena de oscuridad de esas que traspasan la negrura hasta las partes más terroríficas, acompañada de seres misteriosos.

La noche anterior, como todas las noches, Adrián bajó del colectivo que lo traía del trabajo y que hacía su recorrido por una calle asfaltada que atravesaba un callejón de tierra. Era un camino humilde y polvoroso, con unas tímidas luces de mercurio, que estaban a suficiente distancia entre sí para dejar que la oscuridad las rodee tranquilamente.

Unas cuatro cuadras entre cortadas por círculos de luz, en un principio escoltadas por grupos de cañaverales que escondían todo lo que podía haber atrás y en los alrededores. Al fondo un grupo de casas humildes, entre ellas, la suya.

Cuando bajó de vehículo para dirigirse el callejón, comenzó a buscar los auriculares, siempre convencido que la música alivianaba lo lúgubre de esos terrenos baldíos. Así sin más sintió una carcajada…

Miró para todos lados, el colectivo se alejaba y quiso creer que provino de allí. Tomó aire y se sumergió en su música. Caminó la primera cuadra y de nuevo, la misma carcajada…

Fuerte, aguda y tétrica. Subió el volumen y apuro el paso, ya transitaba la segunda cuadra cuando la luz que lo cobijaba en ese momento parpadeó. Se convenció de que imaginaba cosas, que debía haber una falla y faltaba poco para casa, muy poco.

Cuando dió otro paso parpadeó la de más adelante, un escalofrío le recorrió la espalda, se dió vuelta y en ese instante parpadeó la luz de atrás, girando sobre si vió a la de adelante hacer lo mismo otra vez. Todas las luces comenzaron a hacer lo mismo, prender y apagar, hasta parecer un parpadeo constante entre todas, como las navideñas pero en un sinsentido del medio de la nada.

Adrián, sentía a su corazón latir con fuerza, como si fuera a salir, sabía bien que las luces de mercurio no pueden hacer eso, una vez apagadas demoran mucho en prender. Mientras racionalizaba el suceso, aún inmóvil, el pestañeo de las mismas cesó.

Apoyada en el poste de la luz próxima, ahora, había una chica. Pelo castaño al hombro, ojos marrones, una remera larga negra y debajo una calza del mismo color, inclusive sus chatitas negras eran tan comunes como las de cualquiera, una mujer en toda apariencia…normal.

El peso de su cuerpo caía sobre su hombro y el mismo en el cemento del poste de alumbrado público, lo miraba plácidamente, fijamente, sin decir nada. De repente sonrió, una sonrisa de mueca con un toque macabro, casi siniestra.

Él quiso correr, pero sentía su cuerpo entumecido, como si no lo obedeciera y estaba seguro de que no era el terror. Porque se ordenó mentalmente una y otra vez correr, correr como si se prendiera fuego, como si su vida dependiera de ello, porque no estaba seguro de que así no lo fuera.

No pudo, frustradamente no pudo, entonces probó hablar:

– ¡Ey! – exclamó en un sollozo, mezcla de espanto y bronca.

Ella inclinó su cabeza y volvió a sonreír, horriblemente y a su vez, le contestó:

– ¿Si?

– ¿Qué…? – no sabía ni que preguntar porque no entendía que pasaba- ¿Qué me hiciste? ¿Quién sos? ¿Qué me pasa?

Una carcajada igual a las dos anteriores salió de la boca de ella, más fuerte, más estridente, más oscura.

– Dicen que no existo pero que hay, ¡las hay! – dijo mientras se paraba bien y se ponía seria – no te pasa nada… ¡todavía!

Mientras lo miraba fijo, su ropa comenzó a despedazarse, como si el tiempo transcurriera sólo sobre ella, destiñéndose y poniéndose harapienta, desgastada y ajada. Sus manos también cambiaron, tomando un color cada vez más oscuro, como si la misma oscuridad subiera por ellas.

– Vengo a cobrar una vieja deuda, de hace unas cuantas generaciones, de una época distante a la tuya pero todavía mía – respiró profundamente – La época de tus antepasados, que pidieron un favor que por décadas, por descendientes, será cobrado…otra vez.

Ni bien salieron esas palabras de su boca, levantó sus brazos y el viento corrió por debajo de ella, levantando los andrajos de que era ahora su ropa. Más fuerte que antes, dejó salir una carcajada…

Adrián seguía paralizado y con los ojos tan abiertos, que cuando le pegó la ráfaga de aire que provenía, no pudo evitar cerrar los ojos y entre esos parpadeos, ella apareció frente a él. Como si el viento la hubiera llevado, sin caminar y en un instante, ahora se encontraba a diez centímetros de él.

Ahora podía ver sus ojos, ya no eran marrones, eran negros como brazas atravesadas por fuego, por un rojo tan intenso y tan vivo que no quiso creer que fuera fuego.

Con su mano izquierda tomó su boca, el pulgar de un lado y el índice con el anular del otro, la palma sobre el mentón, todos haciendo presión, obligándolo a mantenerla abierta. Entonces introdujo su negra mano derecha, tomó uno de sus dientes, un premolar derecho, y tiró con fuerza y en seco hasta arrancarlo.

Brotó la sangre con fuerza, corriendo por su cara, pero no fue lo único, también “un vapor”, al menos así lo recordaba. Un vapor como cuando hace frío, aunque era una tibia noche de verano, con el tiempo reconocería que era un halo aún más espeso que ella absorbió con placer.

Lo absorbió como cuando uno toma un sorbete, de su sabor favorito con mucha sed, aliviando un deseo agobiante y a su vez dichoso de darse un gusto.

Cuando terminó, cuando no hubo más, como si la pajilla revolviera ansiosamente entre los restos de hielo del fondo, dijo:

– ¡Estamos a mano! Con tu generación…

Lo soltó bruscamente y Adrián cayó, días después caería en cuenta que la caída se sintió más fuerte que un desmayo, que la distancia había sido mayor y que no recordaba haber estado pisando el suelo en todo el episodio.

Cuando lo encontraron tirado en el medio de la calle, todos supusieron un asalto, cuando notaron que no faltaba nada, un ataque brutal de algún grupo de vándalos. Finalmente, Adrián luego de un largo período en cama, con un chichón en la cabeza, el diente faltante y el sabor metálico que resistía a dejar su boca, comenzó a recordar que “no existen, pero que las hay…las hay”.