Feliz aniversario

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—¡¿Qué haces hijo de mil puta, sos ciego acaso?! —gritó con toda su voz y sacando la cabeza por la ventanilla la mujer que manejaba el Gol rojo.

El Renault Mégane azul noche iba decidido a ocupar su espacio cuando se le vino encima el Volkswagen, no encontró otra opción más que la de estrellarse.

Cuando hubo bajado del auto el hombre que conducía dijo:

—Disculpe señorita, pero este espacio está reservado.

El tono desarmó a la furibunda conductora. Se había preparado para responder a las ofensas típicas que la enviarían a lavar platos y cosas por el estilo. Bajó del auto.

En la pared de la playa de estacionamiento pudo ver un letrero en el que se leía: Omar Montenegro.

— ¡Uy! Te pido mil disculpas —siempre utilizaba el vos para tratar a la gente—. Es mi primer día, venía apuradísima porque llego tarde y encima esto —movió los brazos para abarcar toda la escena.

—No se haga problema, esto —repitió el gesto de ella— son nada más que chapas. Las chapas se arreglan.

—Hola, soy Laura —se acercó para darle un beso en la mejilla—. La fotógrafa nueva.

— ¡Ah! Sí… ¿Qué tal? La estábamos esperando. Yo soy Omar…

—Sí, ya lo leí. —estiró su mano izquierda en dirección al cartel.

Ese primer encuentro no hubiera podido jamás presagiar la larga vida que ambos compartirían y menos aún todas las pruebas que iban a sortear para seguir juntos.

Omar, en la puerta de entrada a los cuarenta años, había aprendido a golpe de rechazo a aceptar la soledad como una forma de vida, pero un día llegó Laura.

Doce años menor que él era una morocha de cabello largo que terminaba en unas ondas poco pronunciadas, de estatura media y dueña de una figura estilizada. De rostro algo ovalado con ojos grandes de color violeta coronados por pestañas largas y oscuras.

Cuando caminaban juntos por los pasillos hacia la oficina del director no fueron pocos los ojos que se posaron sobre la recién llegada. Al periodista no le habían pasado desapercibidas las curvas de la mujer, pero no les confirió demasiada importancia. En la calle, a diario se cruzaba con mujeres que podían conseguir dejarlo sin aliento por unos segundos. Eso no cambiaba en nada su realidad.

Omar y el éxito con las mujeres nunca habían caminado en la misma dirección. En los tiempos de la escuela secundaria y más tarde en la facultad lo sufrió bastante. Había tenido una que otra compañera efímera como las mismas noches que compartieron, pero ninguna llegó para quedarse. En las interminables charlas nocturnas en el Astor café, con los muchos y buenos amigos, de uno y otro lado de esa delgada línea conocida como la ley, que le había dado la profesión siempre lamentaba el no haber podido formar una familia.

La fotógrafa y el cronista especializado en policiales que no temía hundirse hasta el cuello en el barro de cada historia, trabajaron juntos. Omar entre viajes y esperas supo de sus dos fracasos matrimoniales. Supo que era madre de una niña de tres años, cuyo padre había preferido no darse por enterado.  Supo que Laura no se había refugiado en su trabajo para paliar el dolor de las malas elecciones. Tampoco había elegido salir por ahí para ver si encontraba a alguien. Decidió seguir caminando la vida, un paso a la vez. Continúo con su profesión de fotógrafa —con los años se volvería célebre—, pero por sobre todas las cosas puso empeño en el oficio de ser mamá.

Dieciocho meses después de haberse cruzado en la playa de estacionamiento del diario Omar Montenegro entró en el café un rato antes del mediodía. La buscó sin éxito, pero en ningún momento se preocupó. En el último año se había habituado a la impuntualidad crónica de Laura.

Le encantaba el lugar. Se había detenido mil veces ante cada una de las fotografías que decoraban las paredes y nunca se cansaba de volver a hacerlo. Había además recortes de diarios enmarcados, portadas de discos de los de antes —los de larga duración— y por sobre todo siempre sonaba música; la música de Astor Piazzolla dueño de ese sonido poblado de una tristeza profunda que puede unas veces hacernos temblar y otras nos inyecta un vigor desmedido.

Se acomodó en una mesa cerca de la ventana que daba a la calle. Se entretuvo contemplando a las personas que pasaban por la vereda. Sus ojos claros se saturaron con el andar de una pelirroja con piernas interminables y escote opulento.  La chica le regaló una sonrisa amplia que él agradeció con una leve inclinación de cabeza. Quién te ha visto y quién te ve Omarcito, pensó.

—Hola Omar —saludó el mozo— Que facha macho. ¿Alguna ocasión especial?

—Hola Rulo, cómo andás —respondió—. Sí, bancame que estoy esperando a alguien.

—Dale—el mozo se alejó.

Cuando sonó el celular atendió de muy buen humor, sin saber que ese estado no iba a durar mucho.

— ¡¿Qué haces Rodilla. Ya me estabas extrañando?!

Las palabras que escuchó hicieron que se parara de un salto.

—Che, que lo parió —comentó el Rulo después de hacerse un ocho para que las cervezas y los lomos que trasladaba no se desperdiciaran sobre el piso de madera entablonada—. Estos periodistas están todos de la nuca. Seguro que hicieron boleta a alguno.

Omar manejaba atento a no cometer errores que pudieran hacerle perder tiempo. Lo acompañaban los recuerdos de la primera vez que llevó a Laura al Astor café en donde quedó enamorada de: Buenos Aires hora cero. Ella usaba un vestido negro suelto que le llegaba un par de centímetros por debajo de las rodillas. Llevaba sandalias y unos aros en forma de argollas, muy grandes. Apenas se había pintado los labios en un tono suave de rojo y sus ojos lucían delineados. Usaba el cabello recogido en una muy estirada cola de caballo.

Frenaba, aceleraba y cambiaba las marchas de forma mecánica. Rememoraba cada una de las frases que se dijeron y le pareció estar viendo, como aquella tarde, las fotos que ella tenía de Romina guardadas en su celular.

Salieron con frecuencia: al cine, al teatro. Muchas veces a cenar o a comer algo rápido en la hora del almuerzo. También fueron al circo de los hermanos Moyano y Romina no dejó de hablar de los payasos hasta que volvieron a llevarla quince días después.

Un domingo por la tarde Laura lo llamó para decirle que lo esperaba en el parque. Cuando lo vio llegar corrió hacia él. El beso puso fecha de inicio a una relación que duraría para siempre. Una relación que estaría plagada de viajes, que los obligarían a permanecer separados por temporadas largas y no tanto. Una relación que les enseñaría que la felicidad se construye de a poco, con paciencia, con la firme determinación de que el otro es la persona que se ha elegido para compartir todos y cada uno de los momentos. Los buenos, alegres y dulces, pero también los otros, los malos, tristes y amargos.

Se obligó a concentrarse, a no pensar que podía perderla. No iba a perderla.

La historia del Flaco Carmona llegó a oídos de Omar a través de un agente penitenciario que no había recibido una comisión acorde con sus expectativas y creyó conveniente vender la noticia.

El Flaco Carmona era un carcelero viejo, había pasado la mitad de la vida guardado. La escuela de las rejas le había enseñado todo. Le había dado el titulo de poronga por derecho propio y sus secuaces siempre se encontraban dispuestos a cumplir hasta la más mínima de sus órdenes, lo idolatraban. Era un zar dentro del penal que se movía a su antojo. No levantaba jamás un dedo para hacer nada, sus súbditos estaban para eso. Era un personaje con historia. Una historia que un periodista, como Omar Montenegro, que se iniciaba en el oficio quería contar. No fue sencillo obtener el visto bueno de la plana mayor para llevar adelante su proyecto, pero lo consiguió.

Ingresó a la cárcel gracias a favores que la policía y personal penitenciario le debían al mítico jefe de la sección de crónica roja del diario. El Rodilla Benítez, un ladrón de autos de lujo y por sobre todo un amigo fiel con el que compartía visitas al polígono de tiro y cervezas; no siempre en ese orden, tuvo a su cargo instruirlo en los quehaceres del universo tumbero.  No se libró de las palizas. Recibió kilos de piñas y patadas, pero sus manos y piernas no estuvieron quietas. Las hazañas del nuevo llegaron hasta los oídos del Flaco Carmona, quien lo recibió en su círculo íntimo. Fue así que para el momento en que la banda pulía los últimos detalles de la fuga, el periodista a quien todos conocían como Balboa haciendo clara alusión a su desempeño triunfal con los puños, integraba el grupo que buscaba poner tierra de por medio entre ellos y la tumba.

Omar documentó todos y cada uno de los pasos dados por la banda en cuadernos que semana a semana le traía su abogado para retirar el anterior ya completo. Nadie se enteró del plan de escape, se llevó a cabo con éxito y el infiltrado, una vez en la calle dio parte a las autoridades dejando al descubierto una organización capitaneada por el Flaco e integrada por agentes penitenciarios y reclusos que, por una buena suma, te libraban de la sombra ofreciéndote además documentos falsos y traslado a otros países.

Carmona lo descubrió enseguida; supo que no podía haber sido otro más que el nuevo quien los vendiera.

Lo que Omar había recopilado en sus notas se convirtió en una serie de artículos que llegaron inclusive a inspirar una película, la cual se volvió un éxito de taquilla por haber tenido la fortuna de estrenarse una semana después de la muerte del Flaco víctima de un imperdonable cáncer de páncreas.

Quiso la casualidad que el Rodilla, que junto a su hijo realizaba tareas de inteligencia, hacia la capacha, para poder cumplir con el encargo de levantar: una Mercedes Vito Tourer y una SW4, viera como subían a los empujones a Laura a una Toyota Hilux gris.

—Vamos a seguirlos —le dijo a su hijo—. Acá está pasando algo jodido.

El Renault Mégane dobló despacio a la izquierda. Recorrió una cuadra y dobló otra vez a la izquierda. La Chevrolet Blazer blanca lo seguía. Aunque habían pasado más de diez años desde sus aventuras carcelarias y aunque los pelos de quien iba detrás del volante de la camioneta ya no existían, por el espejo retrovisor pudo ver con claridad la cara del Tuerto Arévalo. La cicatriz que arrancaba en la frente y discurría hasta el mentón pasando por lo que fuera su ojo derecho había sido obra de una faca que empuñara con pericia Omar con el objeto de conseguir un buen lugar en el patio de la cárcel.

El Rodilla le había dado una dirección precisa. Buscó calles alternativas con poco tránsito. En el momento oportuno cuando entre el Renault y la Blazer nada más había un taxi, pisó el freno de golpe. Se bajó empuñando la Beretta 92 que siempre estaba en la guantera. El chofer del Corsa devenido a taxi, un gordo con cara de sueño, maniobró para en cuanto pudo pisar el acelerador como quien busca olvidarse.

—Bajá Tuerto y la puta que te parió —ordenó el periodista apuntando la pistola semiautomática a la cabeza del ahora, cazador cazado.

— ¡Pará loco! —rogó el Tuerto levantando las manos todavía detrás del volante.

La camioneta quedó ahí en donde había sido sorprendida, con la puerta abierta y las llaves puestas.

El Tuerto ahora manejaba el Mégane y Omar le respiraba en la nuca.

—Llegás a hacer una sola boludez y te reviento la cabeza hijo de puta —prometió el periodista.

En el resto del camino que les quedaba por andar el Tuerto se dejó interrogar con mansedumbre por su antiguo compañero de cautiverio.

Por los días en los que el Flaco fue recapturado, su único hijo: José, se acercaba a los doce años y nada más tenía un pensamiento: celebrar su cumpleaños lejos, muy lejos del barrio en el que vivía. Su padre se lo había prometido. El muchacho juró sobre la tumba del Flaco que un día el cabrón que destrozó sus planes iba a sufrir como le tocaba hoy hacerlo a él.

El Astor café era el lugar. Sus mesas las ocupaban desde el gobernador de la provincia con su familia los domingos al mediodía hasta actores y actrices que venían desde Buenos Aires a representar sus obras. Todo el mundo que pretendía pertenecer a: la crème de la crème se daba una vuelta por ahí.

Debido a este creciente prestigio José Carmona y sus cumpas —uno de ellos hijo del Tuerto—, lo escogieron como nuevo blanco. Ajustándose al modus operandi que les trasmitieran sus mayores, se dedicaron por turnos a vigilar todos los movimientos. En la noche del miércoles apareció Omar Montenegro, lo acompañaba una morocha que usaba el cabello recogido en una muy estirada cola de caballo. Dos días más tarde Laura sería subida a los empujones, entre gritos desesperados a una camioneta gris para ser alojada en una de las tantas casas que el Flaco tenía desperdigadas por la ciudad y que ahora su hijo usufructuaba.

—¿Qué hacés Tuerto? — El Rodilla se acercó hasta el Renault—. Así que vos también estás metido en este quilombo.

—Y que querés, uno pierde el pelo, pero no las mañas.

—A mí me lo vas a contar, boludo.

—Todo muy lindo —interrumpió Omar—, pero a ver si la cortamos con tanto saludo que mi novia está allá adentro.

El Tuerto describió la casa por dentro aceptando con gusto quedarse atado al volante del Mégane.

—Balboa… —Lo llamó a último momento por el sobrenombre que recordaba—. Te encargo a mi pibe. Es un buen pendejo que por desgracia sigue mis pasos.

—No te prometo nada, tuerto —dijo Omar—. No te prometo nada.

La puerta cedió con la sexta patada.  El efecto sorpresa se extinguió en el instante que El Tuerto se encarnizó con la bocina del auto en el que estaba cautivo.

La primera bala la escupió la Smith & Wesson MP 9 del Rodilla. Todos eran consientes que el tiempo les jugaba en contra. Era la hora de la siesta y aunque los supresores adosados a las armas amortiguaban algo el ruido de los disparos, no faltaría algún buen vecino que decidiera llamar a la policía.

Las ventanas se destrozaron, un televisor explotó y las paredes quedaron como un queso Gruyere. Matías Benítez recibió un tiro en el hombro izquierdo y devolvió el golpe abriendo dos nuevos ojos en la frente del más petiso de los compañeros de José. Para cuando se supiera que ese no era hijo del tuerto Omar y Laura ya estarían a varias cuadras de ahí.

—Omarcito, hermano. ¿Cómo andás? —saludó con el tono de un viejo amigo José Carmona, que traía a Laura a los empujones por el pasillo.

— ¡Soltala! —ordenó el novio levantando la Beretta 92—. La cosa es entre vos y yo. Ella no tiene nada que ver.

—Si es alguien importante para vos, tiene todo que ver, Omarcito… Todo que ver.

Los ojos de la mujer la mostraban tranquila.

—Era un pendejo. Vi la oportunidad y la aproveché, nada más.

— ¡Nada más, pedazo de cabrón!  Por vos mi viejo se murió como un perro en la cárcel, hijo de puta — gritó el captor atrayendo a la mujer hacia él para hacerle sentir el caño de un revolver en la nuca.

La mirada fue sutil, pero Omar supo que Laura iba a hacer algo. No esperó más y pulverizó con su sueco el pie derecho de Carmona descargando en esa plataforma de diez centímetros toda su rabia y su miedo. El muchacho aulló más por la sorpresa que por el dolor.

— ¡Tirate! —dijo Montenegro.

Las balas de la Beretta 92 lo mataron antes de llegar al suelo.

Laura lloraba y lo besaba. Lloraba, lo besaba y lo abrazaba.

—Perdoname, mi amor. Ya pasó, ya pasó.

—Andá tranquilo yo me arreglo con la cana. —ofreció el Rodilla.

Cuando llegaron al primer semáforo en rojo Omar buscó la sorpresa que escondía  y que le quemaba, como si fuese una brasa, en el bolsillo derecho del pantalón.

—¡Ah! Me olvidaba —comentó como si fuera a decir algo trivial—. Feliz aniversario. Te amo.

Laura apretó con fuerza el estuchito cuadrado de terciopelo azul, el que ella sabía guardaba el anillo que habían visto unos meses atrás en la vidriera de la joyería Maxwell.