El camino de los crucificados

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El hombre es libre en el momento en que desea serlo.
Voltaire

La noche anterior a la última batalla tuve una revelación. Sin dormirme el pensamiento se me llenó con un sueño; y al despertar, sin haber dormido, no supe qué significaba. Vi en el fuego que me amparaba del frío y la oscuridad un largo camino con mariposas que lo flanqueaban, estáticas, moribundas, libres. Éstas tenían clavos en las alas y la mirada perdida en el horizonte.

Antes del alzamiento de los esclavos fui un Hoplomachus y combatí muchas veces en el Coliseo. A pesar de mi carácter medroso luchaba con fiereza por mi vida, lo hacía llorando de miedo, vomitando a cada estocada, deseando que la sangre y las tripas vertidas no fuesen las mías.

El terror me llevaba a ser el mejor, para poder vivir en la miseria de la esclavitud.

Luego vino la Rebelión. Todo se convulsionó, los oprimidos rompían sus grilletes y en un acto de justicia mataban a sus amos y huían para aliarse con los insurrectos.

Yo no podía soportar la cercanía de la muerte. Entonces huí de mis dueños una mañana en la que llovían pequeñas flores blancas.

Me dirigí hacia la ladera del Vesubio y me uní a los rebeldes. No quería morir como un divertimento ajeno. Quería volver a Galia y sentir el olor de la tierra mojada de mi infancia, quería ver a mi madre lavando la ropa en la vera del río, quería mi hogar.

Éramos miles y miles y miles de esclavos fugitivos, todos detrás de la misma ambición, de la misma necesidad seminal de tener la capacidad de decidir por uno mismo, de no tener un dueño que se enriquezca con nuestro sufrimiento, con nuestras lágrimas durante las oscuridades sin Luna.

Luchábamos por nosotros. Lo hicimos en varias contiendas contra todo el ejército romano.

Peleábamos con espadas, tridentes y escudos, con instrumentos de labranza, con las manos y los dientes… con el alma.

Las victorias nos seguían como un perro hambriento, pero nos estábamos desgastando.

Sólo vi una vez en mi vida a Espartaco el tracio, nuestro líder. En su mirada fulgurante corría el río Estrimón, creo que eran los recuerdos de su niñez. Era un hombre grande, fuerte y tenía la seguridad de los dioses en su manera de caminar.

Me lo crucé la jornada anterior al último combate. Los fuegos de las hogueras le daban a Espartaco un áurea como si llevase el sol en la sangre. Caminó por el campamento como reconociendo a los que peleaban a su lado, los miraba directamente a los ojos y sin decir palabra se hacían uno en la sangre por la liberación.

Al amanecer nos esperaba la madre de las batallas, la que teníamos perdida pero de todas maneras íbamos a librar. Seríamos paridos por la desgracia.

Para el final del día los legionarios de Craso nos tenían cercados, estábamos cansados y famélicos. Luchamos como nunca contra las legiones romanas, en la vera del río Silario, en  Apulia. Vendimos cara nuestra derrota, a pesar de que ellos eran superiores en número y en entrenamiento.

Recuerdo las chispas que hacían los metales de las armas al chocar, los gritos de agonía que volaban como pájaros por el campo pringoso de sangre y llanto. Vi tanta muerte, tanta risa depredadora, tanto hierro contra carne, tanto estertor silencioso.

Mi valor se acrecentó, ya no luchaba por mi vida, peleaba por todas las vidas, lo hacía por mi hogar.

Nos derrotaron, pero extrañamente salimos victoriosos, seríamos recordados y nuestros fantasmas andarían por ahí, orgullosos por el legado que dejamos.

A la sazón algunos de nosotros escapamos e intentamos cruzar los Alpes, para dirigimos hacia el norte. Bien lejos de Roma, aun así el ejército de Craso nos persiguió.

Nos alcanzaron en las montañas.

Luché como un lobo rabioso pero eran demasiados y yo estaba muy débil. Rendido de cansancio tiré mi espada y me puse de rodillas, esperando mi condena.

Nos capturaron y nos clavaron en cruces a lo largo de toda la Vía Apia, cerca de Capua.

Ahora son tantos los aullidos de dolor de mis hermanos de lucha que sólo escucho el silencio.

Ahora miro hacia mis costados y veo a mis compañeros en la misma situación, flanquendo el sendero, en sus cruces.

Es el camino de los crucificados que se extiende hasta donde termina la tierra y empieza el hogar de los dioses.

Me viene a la mente el sueño que tuve despierto. Caigo en la cuenta de que éramos nosotros, los sublevados, las mariposas con clavos en las alas, prestas a volar en cuanto muriésemos.

No me puedo mover, estoy clavado por mis muñecas y por mis pies a unos maderos áridos. No soporto el tormento, pero algo me consuela, es un sentimiento superior que nunca había sentido.

Es el gusto a sangre y a libertad en la boca.

Ahora, antes de morir, puedo decir con orgullo, llorando de alegría, que me llamo Crixu y que voy a volver a mi tierra y correré por los campos de Galia.