Libro en blanco | Tercera Parte

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Lo que es una razón para vivir, es también una excelente razón para morir.
Albert Camus

La muerte es el deseo de algunos, el alivio de otros y el fin de todos.
Martin Luther King

El tiempo en la casa de Hernán se percibía de forma similar a lo que los seres humanos creemos que sucede en el borde de un agujero negro; parecían estar deteniéndose lentamente hasta llegar a una velocidad nula; las auras doradas y verdes peleaban entre sí, como su en el interior de la vivienda se estuviesen llevando a cabo una pelea entre el bien y el mal. La atmosfera estaba cargada de un aroma afrodisiaco y erotizado; pero, de alguna forma que Hernán no comprendía, era asqueroso. Su cara permanecía arrugada en torno a su nariz y al demonio parecía darle gracia esta situación.

El ángel caído se sentó en una de las sillas usadas para el ritual, lo miraba con una expresión demente y asesina. Hernán retrocedió, a pesar de tener los conocimientos necesarios para devolverla al mundo de donde la trajo, le tenía miedo, pues se dio cuenta que la práctica es muy distinta a la teoría.

―Y decime ―dijo el súcubo mal humorado―. ¿Para qué me llamaste?

Hernán titubeaba y buscaba las palabras justas para no desatar la furia de Lilith. Sin embargo, esto provocaba que ella se enfureciera más.

―Me estás haciendo perder la paciencia, hijo de puta. ¿Crees que mi círculo en el infierno se va a cuidar solo? Decime que mierda queres o te destruyo ahora. ―Hernán reaccionó inmediatamente:

―Sé que sos la primera mujer del mundo, la primera mujer de Adán y que fuiste bendecida ―el demonio sonrió con ironía y furia― con el don dar vida a todos los hijos de Adam, y también sé que juraste destruir a los hijos de Eva.

―¡Qué interesante! ―enfatizó con tono sarcástico entonado por una voz sepulcral que utilizó durante toda la conversación―. Alguien hizo sus deberes.

―Sé mucho más de lo que crees. Soy uno de los pocos alquimistas que quedan en mundo.

―Lo veo, por eso estoy hablando con vos ahora, pero le das muchas vueltas, hijo de puta. ―Hernán se mostró enojado cuando ella lo insultó y ella al darse cuenta sonrió sínicamente―. Decime que mierda queres o me voy y antes de irme te mato de la forma más despiadada que imágenes… hijo-de-puta —volvió a repetir burlesca.

Hernán sonrió de costado y pensó― “me gustaría ver que lo hagas”. ―Borró la sonrisa de su cara y le dijo:

―Como sos la primera vampira tenes el don de traer a las personas de entre los muertos.

―Siempre y cuando no estén muy descompuestos.

―Lo sé, mi hermana se suicidó hace seis días y quiero pedir que la traigas de vuelta.

―Eso se puede hacer, hijo de puta, pero como sabrás todo tiene un precio.

―Me imagino que quieres mi alma eterna.

―Por supuesto, lindo. Eso es lo que quiero, pero no te preocupes, no te voy a matar o torturarte en el proceso de tu vida ―sonrió como una demente―, te voy a dejar vivir en paz, voy a dejar que busques la felicidad, al fin y al cabo, a todos los mortales les llega la muerte y yo soy eterna, no tengo necesidad de matarte. Voy a esperar, voy a ser paciente hasta que llegue el momento de reclamarte, y ahí, si me voy a divertir contigo en el infierno. ―Lilith se levantó y volvió a aproximarse a Hernán que reía como si solo él fuese la única persona sobre la tierra conocedora de la fuente de la juventud eterna, y quizás lo era.

―No soy ningún estúpido. Sé que el alma no es la única forma que un ser humano puede pactar con un demonio. Usé mi sangre para traerte, no para firmar un contrato. Lo que te propongo es el desafío de Mephistopheles. ―Lilith fue la que retrocedió en está ocasión sorprendida.

―Muy astuto, hacen cerca de cinco mil años que no celebro el desafío. Creía que ya ningún humano lo recordaría.

―Yo sé más de lo que crees, no me subestimes.

Lilith se sintió atraída verdaderamente por él y sonrió con gesto casi imperceptible―. Conoces muy bien el desafío, sabes que no puedo dejarte morir hasta que cumpla con mi parte, eso asegura tu vida.

―Sí, pero tampoco puedo usar magia o hacer trampa y en el caso de que me niegue a hacer algo puedes llevarte mi alma. Es un todo o nada.

Lilith volvió a sonreír y Hernán se sintió excitado al ver tan perfecta figura femenina, reafirmando nuevamente porque se la considera el demonio de la sexualidad―. Muy bien, hijo de puta, vamos a tu patio.

Ambos salieron del interior, Hernán estaba muerto de frio, parecía que el mundo había adoptado la misma temperatura que la Antártida. Lilith le pidió que tomara una pala y que empezara a cavar. La tierra tenía la misma dureza que el acero. Las manos del joven se llenaron rápidamente de ampollas para darle después paso a la sangre y terminar finalmente en carne viva. Cada estocada en el suelo era más dura que la anterior y la tierra parecía estar siendo extraída con una cuchara.

Cuando llegó a una profundidad media, Hernán le preguntó:

―¿Qué es esto?

―Una tumba, pensé que te había dado cuenta.

―¿Para quién?

Lilith volteó con la misma gracia que una bailaría de ballet se movería al interpretar el lago de los cines y comenzó a llamar a Plutón, el pequeño gato blanco que vivía con Hernán desde hace cinco años. El gato se acercó temeroso, pero confiado. Dejó que el demonio lo alzara y se acurrucó en sus brazos, era como si ella lo hubiese hipnotizado.

―Para él ―respondió.

Hernán titubeó un poco.

―No me digas que el gato es más importante que tu hermana o que tu alma eterna. Hernán la miró lleno de ira, pero no podía hacer nada, al menos no todavía. Ella bajó el gato conteniendo una risa histérica y lo depositó en la tumba.

―Hacelo como quieras, me encanta que me sorprendan―dijo la vampiresa sin dejar de reír.

Entonces Hernán, entre lágrimas y furioso, elevó la pala que usó para cavar la tumba de su mejor amigo y lo golpeó lo más fuerte que pudo en la cabeza. El pobre felino murió inmediatamente, casi no sintió el golpe. En cambio, Hernán sintió el golpe como si se lo hubiese dado a sí mismo. Cayó de rodillas al piso y acarició a su difunta mascota en el lugar que lo golpeó.

―Perdóname, amigo ―dijo mientras que cubría la tumba intentado no demostrar ninguna señal de debilidad.

Continuará…


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