Historia marplatense: Leandro, 36

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“Hola extraño”… Un mensaje de mi lado a las diez y once minutos de la noche de viernes. Una respuesta de presentación de su parte y el comienzo de un histeriqueo virtual en la localidad de Playa Grande, Mar del Plata.

Destino, esta historia se basa en el destino y su divertida manera de encontrar personas. A Leandro lo conocí cruzando la calle, si como leen. Bajé del auto para ir a bailar, caminé tres metros y choqué con su cuerpo. “¿Te conozco?” soltó su boca, mi exaltada alegría le siguió el juego hasta no saber cómo ni por qué pero a los cinco minutos un beso fue presenciado por aquella esquina en Alem y Saavedra. Risas atónitas de mis amigas, sonrisa de vacaciones en mi rostro y su número en mi celular fue el inicio de esta divertida historia.

Estaba en un hotel boutique, lejos del control y las responsabilidades, sería injusto decir sola porque mis amistades de toda la vida compartían habitación conmigo pero no tenía nada por perder más que una noche. Así que le hablé. Palabras perdidas abundaban en aquel chat de whatsapp hasta que hubo un corte moral que definió si había o no un encuentro.

—¿Cuántos años tenes? —preguntó él.

—21 —respondí.

—¿¡21!? ¡Te imaginaba mucho más grande!

—¿Vos?

—36…

Para los que me siguen, saben que no creo en la edad. No es más que una representación numérica, la realidad está en la cabeza y esa fue mi carta de juego. Le entré a dar el verso del chamuyo por ahí, que si bien tengo veintiún años, no lo demuestro. Pero a mi sorpresa, Lean me retrucó la estrategia dejándome ver como una alumna a la que debían enseñar. Un juego que en lo personal, me fascina.

Me vestí con una tanga negra que en los bordes tiene encaje, pinté mis labios de bordo, despeiné mis rulos y me dirigí a su departamento. Charla poco convencional con el taxista y nuestra típica tonada mendocina que nos delata. Llegué hasta la puerta de un edificio alto y un mensaje anunciaba mi arribada. Él deslizando una tarjeta magnética procedió a invitarme. Miradas raras en el ascensor hasta la puerta de su morada no faltaron.

“Contame de vos” dijo aquel moreno de ojos intrigantes destapando una Stella helada. Y es que claro, éramos dos desconocidos frente a frente en una aventura cargada de adrenalina. ¿Quiénes éramos? ¿Cómo llegamos a esto? Tres horas, tres horas de conversaciones nos robaron nuestras historias. Parecíamos tener tanto en común y a la vez no. Viajes, política, anécdotas, risas, asombro, nada de eso faltó. Mire mi reloj y eran las cuatro y media de la mañana, el tiempo había volado. Leandro se levantó, me extendió su mano y me llevó con él.

Mientras caminaba por el pasillo cruzando el baño era como si mi cuerpo se trasladaba en cámara lenta, mis manos retiraban la campera de jean viendo a lo lejos la habitación. Él del lado del vestidor en un pestañeo ya estaba desnudo. Exhalé aire y me recosté. Desprendí mi pantalón y con su ayuda lo retiramos. Sus yemas se posaron en mi entrepierna aún con la ropa interior puesta, friccionaba con sutileza y mi figura respondía ante su estímulo. Cerré los ojos por una milésima de segundo disfrutando el placer que sentía al contacto de sus dedos fue cuándo los abrí encontré a Leandro arrodillado frente a mí con su miembro latente, lo devoré. Lo desperté por completo y al mismo son que retiraba mi tanga consumía aquel glande por completo. Pese a la poca luz que había en esa pieza él podía ver perfectamente mi boca color carmín rodear su tronco, y podía saber por su cara, que eso le encantaba.

En un movimiento veloz se colocó el preservativo y nos acomodamos enfrentados. Abrí mis piernas para consumar el acto por el cual había ido, su pelvis chocó con la mía metiendo de lleno aquel miembro. Movimientos circulares de su cadera hacían gemir a mi persona y puedo jurar que se lo hice notar. Empezamos una guerra de quién llevaba el control de las extremidades, que si debía abrazarlo o mantenerlas estiradas. Sin olvidar el hecho de ponerlas sobre sus hombros o a veces solo una y así. Bailábamos, montamos una coreografía como si nos conociéramos de toda la vida. Mi boca rozaba su rostro y disfrutaba. Su nariz perfecta iba a tono con sus labios y barba. Aquel perfume masculino se impregnaba en mi cuello mientras que el mío lo dejaba en aquellas almohadas. Mis uñas se marcaron en su espalda bronceada y en respiraciones abruptas de su parte con nalgadas de mi hacia él… acabamos.

Exhalamos aire y unas muecas de felicidad se dejaron ver en nuestros rostros. Leandro se retiró al baño y yo aún con las piernas temblando miré el amanecer en aquel quinto piso hacia el mar. Disfrutamos juntos unos minutos más y procedí a vestirme. Mientras me dejaba en el hotel le pregunté si aún quedaba algo por enseñarme. Sus ojos cansados me miraron y murmuraron que esta piba de veintiún años no tenía nada por aprender.

Nos despedimos con un final abierto, dónde esta vez soy yo la que lo espera de local en Mendoza para volver a danzar. No por nada le dicen “la feliz” a Mar del Plata…

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