Flores a San Roque

En la parroquia hay una señora que los miércoles, no sé a qué hora, no siempre a la misma, le pone flores a San Roque. Lleva una falda marrón tierra, tierra clara, casi un gris sucio, una camisa blanca pero que ya es crema, pero no llega a ser amarilla, unas chatitas de cuero que bien podrían ser mocasines de mujer, y una cartera chiquita de cuero vieja.
Rara vez la veo entrar, pero se acerca por la nave lateral y le deja las flores a los pies de la imagen y se queda ahí, mirándolo, como a un hijo, como esperando que le diga algo. Después se va sin mucho más protocolo por donde vino, y ahí sí la veo salir. Primero se baña de la luz del sol y luego se desvanece doblando hacia el costado. La he visto salir pasando con la camioneta por el frente de la parroquia, la he visto entrar estando dentro, la he visto caminar por la vereda que acompaña por afuera a la nave lateral, la nave de San Roque, y me parece que hasta mira hacia la pared cuando cruza caminando a la altura donde probablemente esté el altar del santo.
Un día del año pasado, estacionado en la plaza frente a la parroquia la vi salir. Camina despacio, pero sus patitas se mueven rápido. Y ese día me di cuenta de la insistencia de aquella mujer para con aquel santo tan poco popular, al menos hasta donde yo sabía, así que tomé el teléfono y averigüé de San Roque. Ayudaba a las personas que padecían “la peste”, y murió acusado de ser espía. Su fiesta era el 16 de agosto. Su imagen siempre lo expone mostrando una herida en el muslo izquierdo. ¿Por qué? No sé. Me llamaron y se terminó toda búsqueda sobre San Roque.
Pero resultó que caminaba por la plaza una mañana y de la nada, así, como una revelación, recordé que era 16 de agosto. No es que uno tenga tanto tiempo de sobra, sino que a veces las constelaciones del azar nos mandan una descarga para que prestemos atención a tantas coincidencias, y me detuve. Y detenido me veo en el centro de la plaza, frente a la parroquia. No lo pensé nada, doblé y me fui a la gran puerta de la iglesia, secaron sus sombras mi sol del cuerpo, y en la penumbra fría de los agostos de Tandil me senté cerca del altar del santo. Aguanté cuarenta minutos. Miraba la imagen y trataba de entender qué sentido podría tener aquella herida que tanto exhibía en la pierna. A los quince minutos ya estaba pensando en el banco, en los impuestos, en cualquier cosa. De pronto me di cuenta de que no sabía qué estaba haciendo allí, y eso fueron cuarenta minutos. Me levanté y me fui. Eran las 9:37 hs.
El día transcurrió con la normalidad correspondiente, y extrañamente a la tarde me vuelvo a encontrar pasando frente a la parroquia, algo raro ya que yo ando muy poco por el centro. Fue imposible no detenerme, me pareció demasiada rara la coincidencia de pasar dos veces por ahí ese 16 de agosto. En el altar de San Roque había dos ramos de flores. Pobre mujer, pero las flores no eran lindas, bah, tal vez lo eran, pero es que eran florcitas de yuyos, como retamas pero más chiquitas y más pálidas, no sé qué flores serían, las retamas no florecen en invierno.
Ella no estaba, pero yo, extrañamente, me acerco a un hombre que también miraba el altar de San Roque, y como si fuese ultra famosa, le pregunto por la señora que le trae flores al santo, que si la había visto, que si las flores…
—La señora de Muñiz. Sandrita. Sí. Sí, estuvo, las flores las puso ella, se fue hace unos minutos.
—Ah, veo que la conoce…
—Sandrita es muy conocida, era la mujer de un hombre de fortuna de acá. No tuvo hijos. Murió el marido y desde entonces le trae flores al santo.
—Ah, no sabía…
—Sí. Pobrecita, ya está viejita. Vaya a saber qué promesa le habrá hecho a San Roque…
Sentí como algo tibio, como una satisfacción física. Sonreí…

“Muchas gracias”, le dije, y salí de la parroquia. Me subí a la camioneta y no pude evitar pensar en que el contenido de nuestras vidas puede ser tan diferente en tan parecidos envases… Una viejita que no se le pasa un día sin llevarle flores a San Roque, por los favores recibidos. Por curarla de “la peste”.
Luego la volví a ver caminando hacia la parroquia, pero esta vez la imaginé diferente, libre, agradecida, feliz, y las constelaciones se volvieron a mover, y ya no le volví a prestar atención.