Autopsia del odio moderno

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Cada vez que alguien quiere definir el odio, suele caer en la circunscripción del odio de la época que le toca vivir. Es justificable, porque es el único que conoce. El odio del pasado, o el histórico, sólo se deja ver en los actos resultantes de éste que trascienden el tiempo.  Y a veces, estos actos tienen tantas interpretaciones como personas que lo interpretan.

Pero el odio actual es un fenómeno curioso: no es frontal, no es directo; viene enmascarado y revuelto en un montón de teorías, argumentos, justificaciones y hasta apela a la moral personal de cada uno para validarlo. Es un odio pensado, con múltiples patas de barro, pleno de muletas de papel que intentan lograr un fenómeno curioso: calmar al que odia, darle un bálsamo, como un trago de aceite que intente no dañar las tripas al destilarlo.

Se sabe que el odio daña tanto o más al que lo profesa, como al destinatario. Eso es una verdad universal y contundente. Pero, el odiante de hoy, no quiere eso: quiere odiar y salir ileso, quiere castigar sin sufrir en lo más mínimo. Y dando saltitos en ese brasero, es que vemos a diario a todos los profetas del odio en las redes sociales, manejarse entre lo políticamente correcto, la transgresión medida, el sarcasmo, la acidez y la ironía, usando todas estas herramientas como muletas de papel, para no dañarse. Les tengo una noticia: el que está odiando de verdad, no lo logra; se le nota, lo transpira, se le intuye, se resbala, se le advierten los ojos inyectados, la mandíbula trabada, las venas del cuello hinchadas detrás de ese rostro impasible de mirada suficiente que teclea con sutileza, aparentando indiferencia. Patético esfuerzo.

He notado que el volumen del odio humano actual no ha disminuido en absoluto; sólo se ha transformado, se dosifica, fluye más armoniosamente cubriendo las grietas que exhibe nuestro mal planificado y peor definido mundo de hoy ; y este odio es funcional y se encuentra acorde a la personalidad del humano que habita este mundo en este momento. Débil de carácter, con pánico ante la frustración, sin capacidad de contención de nada.

Pero de este odio aguachento, flácido, medido, soso y sin alma, se esperan los mismos resultados de siempre: la destrucción anímica y moral del otro, humillación, desazón y tristeza, y si se puede, desaparición física mediante el suicidio. Porque ir y ejecutarlo en persona ya requiere de un temple, una fuerza, determinación y consistencia que solamente tiene ese 9% de la población que delinque y mata por vocación. Éstos quedan fuera de esta conversación, porque ni siquiera estoy seguro de que odien realmente. Responden a estímulos más inestables, y a la vez, más macabros por esa misma condición.

Este odio moderno general se ha vuelto más difícil de detectar incluso. Porque no hay actos brutalmente revelados a la luz del día que permitan señalarlo, identificarlo, cercarlo y reprimirlo como sociedad. No estamos trabajando en ello casi ninguno de nosotros, sólo lo estamos dosificando a cuentagotas.

Creo que nunca podremos sacarnos el odio de nuestras almas del todo. Lo vamos a sublimar, quizás lo podremos transformar, reciclar, reprimir, pasarle por arriba, pero nunca eliminar. Tendremos que esperar nuestro próximo escalón evolutivo para saber cómo sigue esta historia.


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