El diario secreto de Brenda Burke | Día 5

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Querido diario:

Esto que voy a escribir acá, al parecer, es muy fuerte y serio. Tal vez mucho más serio de lo que pensé que podría ser, antes de hablar con Sami.

Esta mañana cuando estábamos en clases, le dije a Sami que quería hablar con ella y le pedí que apenas sonara el timbre del recreo, fuéramos al aula clausurada para hablar tranquilas. Ella asintió con gran curiosidad. Jamás pensé que tocaría una fibra muy sensible al interrogarla sobre algo tan íntimo como lo que me confesó luego. A decir verdad, yo tampoco imaginé que me metería en algo tan delicado. Pero no me arrepiento, en absoluto.

Luego de algunas horas, sonó el timbre del recreo. Ambas nos dirigimos hacia el aula clausurada ubicada al final del pasillo del cole, cerca del aula de computación. Nuestro lugar secreto desde hoy. Nos sentamos en un rincón y tomé valor para preguntarle si le sucedía algo. Preferí no hacer mención al tema sobrenatural de la “empatía psíquica”, no quería perder tiempo dando explicaciones y detalles sobre eso. Así es que directamente fui al grano, le comenté que últimamente la había notado preocupada, y le pregunté si tenía algún problema del cual quisiera hablarme, para descargarse y para ayudarla, si así me lo permitía. Al fin de cuenta, eso hacen las amigas. Sami se quedó mirándome con los ojos abiertos como dos huevos fritos y no respondió. Me di cuenta de que la había tomado por sorpresa, tal vez fui demasiado directa, pero no me salió de otra forma. Tomé su mano y reiteré la pregunta, le prometí que no contaría nada. Sami bajó la mirada y al cabo de unos segundos rompió en llanto. Voy a confesar que no había previsto eso, tal vez no era el lugar ni el momento oportuno para hacerla llorar. En diez minutos sonaría el timbre nuevamente y ella entraría al curso con los ojos hinchados y rojos. Pero sucedió así. Ya era tarde. Debía ser así.

Le pasé un pañuelo y la abracé para que descargara esa angustia que no le permitía hablar. Cuando se tranquilizó un poco me dijo que le daba vergüenza hablar del tema, que tenía miedo de que yo la juzgara. Le prometí que no haría eso y que podía confiar en mí. Levantó la mirada y me hizo jurar que cumpliría mi palabra de no contarle a nadie. Eso me asustó un poco, pero lo hice. Le juré que no contaría nada. Y a duras penas comenzó su relato.

Sami hace un par de meses se creó una cuenta en Instagram. Allí ha estado subiendo fotos con su perrito Firulais y con su familia. Su cuenta es privada. Le juró a sus padres que solo aceptaría solicitudes de conocidos.

Un día le llegó una solicitud de un chico muy lindo, llamado Joaquín Morales. Al igual que ella también tenía una foto de perfil junto a su perrito, el cual era muy similar a Firulais. Sami, en un impulso, decidió aceptar la solicitud y lo comenzó a seguir para husmear sus fotos. Tenía fotos con sus padres, sus hermanos y su perro. Al cabo de unos minutos, Joaquín le escribe un mensaje privado que decía: “Hola linda, ¿cómo estás?”.

Sami, al principio desconfiada, le preguntó si la conocía de algún lado y Joaquín respondió que la había visto jugando al volley, hacía dos fines de semana atrás (ella juega partidos de volley todos los fines de semana, desde hace un año) y que le había parecido demasiado linda. Era la primera vez que un chico le decía que era linda y Sami comenzó a sentirse cómoda hablando con él. A parte, Joaquín le gustaba y mucho. Le había contado que su madre le sacaba fotos profesionales porque quería ser modelo algún día. Sami no lo conocía personalmente pero chateaban todos los días y comenzó a “enamorarse” de él. Esperaba cada día, ansiosa, la hora de la siesta para chatear con Joaquín.

Mientras Sami me hablaba, sollozaba y detenía el relato para tomar aire y coraje para continuar. Hasta que sonó el “bendito” e inoportuno timbre. La acompañé al baño para lavarse la cara y entramos al curso.

La conversación quedó a medias y decidí invitarla a almorzar en mi casa, y así hablar tranquilas en mi habitación, pero se negó. Quedamos en que mañana durante el recreo me seguirá contando, en nuestro lugar secreto.

Percibo que esta historia no tiene un buen final, y me preocupa muchísimo.