¿Sabés qué pasa en tu cuerpo cuando corres?

  •  
  •  
  •  
  • 32
  •  
  •  
    32
    Shares

Era un domingo cualquiera, a la mañana temprano en el Parque Gral. San Martín, junto con el grupo de corredores que entrenaba. Tuvo para si ese leve minuto de preparación: luego de sacarse una foto, puso el celular en la riñonera; corroboró que el reloj hubiese tomado los satélites; y alineó la mirada con la Avenida Libertador. Correr era su pasatiempo, y una conjunción de astros había logrado juntar a su grupo de amigos.

Una cámara de cine imaginaria empezó a girar alrededor del grupo, se acercó en espiral hacia su cabeza y fue disminuyendo la velocidad hasta detenerse frente a sus ojos. Solo que los imaginarios espectadores no vieron el blanco y el iris del mismo, sino ventanas al puente de mando de una nave tipo Star Trek.

El Capitán Heriberto ingresó a la sala – ¡¡Capitán en el puente!!- dijo uno de los oficiales a cargo. Se sentó en su silla, miró a su primer oficial:

– ¿Cómo estamos Número Uno?

– Todos entusiasmados y en sus puestos.

– Bien. A prepararse que hoy no es como siempre. Hay que seguir a las otras naves ¡Alférez! Lísteme quienes nos acompañan en esta misión.

– Señor. Están los cruceros de combate Tranquilidad y Lilith, los destructores Mery Anh, Cecil y Georgette,  las fragatas Pasionata, Infernalis, GreenEyes,.. – mientras el navegante listaba la cabeza del vehículo enfocaba los distintos elementos femeninos del grupo. A todas luces eran espléndidos buques de combate. Lucían maravillosos. Y luego una hizo visión general de los masculinos.

– Bien. Hoy vamos a seguir el grupo, quedándonos atrás, pero no mucho. Eso implica más rápido que lo que normalmente hacemos.

– Señor- dijo el primer oficial- la flota ha empezado a moverse.

– Navegante, active el Reloj- la vista se fijó en la muñeca, dándole star al Garmin- Piloto, arranquemos un poco más rápido. Ocho minutos por kilómetro.

Mientras miraba como empezaba a moverse a través de las arboledas, dio la primer orden estratégica.

– Acérquense a los destructores y manténgase alejados de los cruceros de combate. Quiero que los de Cardio no se distraigan. Nos proveen de buenas defensas.

– Eso haría que nuestra velocidad subiera a los 7 min/km…- Terció el primer oficial.

El capitán guardó silencio. Recordó la reunión donde las directivas eran claras: mantenerse lo más lejos de uno de esos Cruceros en especial. Sobre todo cuando el corazón tenía que trabajar a full.

Pasaron cinco minutos.

Mientras tanto, en las piernas…

A la cabina del coordinador ingresa furibundo el delegado gremial.

– Nos falta oxígeno. Se están empezando a cortar las fibras.

Portando un manual amarronado de lo viejo, señaló una serie de concejos para detener este movimiento. Era una medida de fuerza que hacía que las piernas se sintieran cansadas.

– Ok. – dijo el encargado, y oprimió una serie de controles y se derramó en los motores en ácido láctico. Luego oprimió el botón de alarma para la falta de oxígeno.

Mientras tanto, en el corazón….

Reinaba un festivo ambiente de trabajo en equipo. El jefe del sector recorría las bicicletas donde todos los músculos cantaban al unísono alguna canción de batalla. Era emoción pura.

De reojo miró la alarma:

– Ok. Muchachos, a aumentar el ritmo -Miró de vuelta el tablero y oprimió el botón de alarma, demandando oxígeno.

Mientras tanto, en el pulmón….

– La re concha puta que lo parió a este tipo. ¡¡Respiren más rápido y descontrolado!! – gritó- Antes que se avive, así se detiene. Siempre igual. ¡¡Son quince minutos!! – Dijo en tono burlón. Y le pegó un puñetazo al tablero abarcando la mayor cantidad de controles. – Ahí te va un arco iris hijo de puta.

Mientras tanto en el cerebro…

Por todos los tableros parpadeaban luces de alarma de todos los colores posibles. Tos, dolor de diafragma, piernas pesadas, y varias molestas ocasionales. Y todos los ritmos totalmente descoordinados.

– Señor, tenemos que bajar la velocidad.- El capitán hizo caso omiso. En su lugar tomó el control del pulmón, apretó un botón y en la pantalla principal apareció un tipo flaco, pelado y vestido de naranja.

– Respire hondo dos veces, y largue una. Hasta que se estabilice todo. Y siga a las piernas, ignore los gritos del energúmeno de su jefe en el pulmón – El místico sonrió.´

– El diafragma me da escalofríos-acotó la encargada de comunicaciones. Cuando la respiración era controlada por el yogui la comunicación era imposible.

Pasados los quince minutos, los transpirados trabajadores del corazón daban todo de si al son de cantos épicos enviando el oxígeno a los músculos de las piernas. Todo funcionaba de maravilla. Estaban en régimen.

Llevaban treinta minutos corriendo por sobre lo acostumbrado, pero salvo ocasionales señales de alarma de los músculos de las piernas todo era nominal. El Crucero Lilith, inofensivo para la disciplina interna, estaba cerca. Los destructores se movían alineados a lo lejos pero visibles. De las livianas y bellas fragatas ni noticias. Llevaban sus fotogénicas y esculturales figuras a otros lares.

Se prendió una luz del aparato digestivo:

– Adelante.

– Ud. cenó fuerte, Señor, y nos están quitando sangre. Los intestinos están en huelga de brazos caídos. Van a dejar pasar lo que les mande.

– ¿Hay pañuelitos de papel en la riñonera, Número Uno?-

– Sí, señor.

A los cuarenta minutos se prendió otra luz de alarma. Lo sorprendió. Activó el intercomunicador.

– Ud ahora no son útiles para nada. ¿Qué es lo que pasa?- de reojo la oficial de comunicaciones lo miraba sonrojada.

– El desgaste de los músculos está demandando testosterona. Y la están confiscando de la que viene aquí.

– ¿Y cuál es el problema?-

– Nuestra arma principal está reduciendo su tamaño en reposo. Se está retrayendo.

– Ah. Ok. No se haga problema. No la vamos a usar. Hoy no.

Mientras tanto, en algún lugar del bajo vientre….

Estaban reunidos los encargados del aparato digestivo, urinario, genital, del bazo, etc. Junto a ellos los respectivos delegados gremiales.

– Siempre es lo mismo. El tipo se larga a correr y mucho de nosotros sacrificamos energía, recursos para que allá arriba la pasen bomba. Creo que es hora, como hemos ido aprendiendo gracias a los manuales, de activar las medidas de boicot para que se detenga.

Pulsó un botón del área a su cargo. El nervio que irradiaba el colon descendente se activó. La sensación de diarrea debía ser atroz. Pero siguió corriendo.

En el puente, el capitán vio la señal de alarma y el radar de proximidad le indicó que no había nadie a más de 20 metros a la redonda

En el intestino vieron como el control de esfínteres abría levemente la salida del recto y aliviaba la presión. Hijo de puta, pensó el encargado, está venteando.

El encargado del sistema urinario tenía línea directa con el navegante, y le hizo seña. Pasaba por un lugar que alguna vez se detuvo a orinar. Activó el deseo de micción. Pero siguió de largo. Puesto que a lo lejos una de las bellas fragatas se había retrasado y caminaba.

Siguieron repitiendo mandando señales de alarma. El grupo del boicot perdió señal con el puente. La oficial de comunicaciones había entablado conversación con la fragata. Con eso pasó el tiempo hasta que…

Mientras tanto, en el cerebro….

Faltaban diez o quince minutos para terminar la actividad, y salvo el capitán que tarareaba una canción, el resto tenían miradas oscas. Se cansaban de omitir señales de alarma. Alarmas que no indicaban ninguna emergencia en este estado.

De reojo el capitán miró un cuadrado grande a la altura de su antebrazo. Tenía dibujado en gris un unicornio. Permanecía apagado.

El primer oficial se le acercó: si caminamos ahora, todos en el organismo se lo van a agradecer. Comunicaciones me dice que la fragata se muestra cansada.

Se encendió una luz en el corazón:

– Si, adelante.

La pantalla mostró un par de trabajadores tirados en el piso, que seguían pedaleando.

– No se haga problema mi capitán, no sé quién activó la alarma pero ya hemos encontrado el reemplazo. Vamos por todo.

El murmullo entre los miembros del puente ya se escuchaba claro. El capitán sonreía y seguía tarareando una canción. Fue entonces que dio la orden que tenía guardada.

– Sprint final. Aceleren. Quiero estar por arriba del ochenta por ciento.

Eran locuaces y determinados con sus opiniones, pero eran obedientes. Mientras aumentaba la velocidad, miró el reloj e indicaba cinco minutos por kilómetros. Fantástico, se dijo.

-Señor, piénselo – dijo el primer oficial.

Las luces de alarma se encendían por todos lados, pero el capitán miró de reojo el botón  unicornio.

Se encendió y el gris se transformó en arcoíris tornasolado. Y le dio un puñetazo.

Justo debajo del puente había una sala habitada por varias mujeres hippies, ataviadas a la usanza del Flower Power, que muy de a poco en estos estados derramaban sustancias que ponían a todos medianamente de humor, en especial a los que hacían el trabajo.

Pero al activarse la Directiva Unicornio se abrieron los portales y empezaron a derramar sustancias mágicas a granel. Endorfinas, endocanabinoides, y cuanta droga tenía el organismo para situaciones como estas desde tiempos inmemoriales. Ellas sabían cosas que estaban escritas en piedra.

El puente se llenó de luces de colores. Llovía purpurina. Situación que se fue irradiando en todo el organismo. Todos los oficiales exclamaron un ooooohhhhhh. Y sonreían. Cuando fueron llegando a los distintos centros de mano los rostros de felicidad se multiplicaban. En el corazón fue maravilloso, los rostros de los trabajadores relajados y felices cantaban canciones de amor mientras pedaleaban como nunca lo hicieron.

El capitán cantaba con ellos.

Ni hablar cuando por fin se detuvo. Todo era felicidad, alegría, orgías y abrazos. Los encargados y jefes lloraba y se besaban mientras los gremialistas se miraban desconcertados. Los dolores habían desaparecido y una sensación de euforia inundaba a los involucrados. Salvo, claro está, en el arma principal. Pero un cosquilleo los puso… contentos. Estaban desactivados, pero si esperaban, podría haber combates.

Poco antes de retirarse del puente, dio la orden de tomar agua y estirar los músculos. El Primer oficial no le prestó mucha atención porque estaba tranzándose a la oficial de comunicaciones. En su habitación algo lo esperaba. Siempre pasaba.

Selfie tomando agua, o con los Caballitos de Marly de fondo. Selfie grupal todos transpirados. Luego se dirigieron a algún reducto a reducir un par de litros de cerveza, para acompañar las empanadas.

La cámara se elevaba por el parque apuntando hacia la precordillera alineada con la Avenida Libertador. Música de la serie original de Star Trek y los créditos empezaron con: escrito por Heriberto Pérez Grullo y la participación de Los Impecables Running Team.