Libro en blanco | Cuarta Parte

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Hernán se encontraba desmoronado sobre la pequeña tumba de quien fue su macota durante los últimos años. No quería mostrar señal de debilidad frente a Lilith, sin embargo, no podía contener las lágrimas. No sabía lo mucho que apreciaba a su gato hasta que lo golpeó con todas sus fuerzas en la cabeza. Se sentía triste y abatido, por momentos creyó que le dolía más la pérdida de su gato que la de su hermana. Disipó este pensamiento de su cabeza. Para bien o para mal el desafío ya había comenzado y, quisiese o no, este debía ser terminado o perdería su alma por nada.

Lilith lo observa con una mueca burlona, como suele hacerlo un adulto ante un joven que recién comienza a desempeñarse en un trabajo y comete lo más tontos errores.

―¿En serio querías tanto a ese parásito, Hernancito? ―farfulló cínicamente.

Hernán solo la miró con un desprecito avasallante. Y por primera vez la amenazó.

―No me sorprende que no sepas lo que es amor, después de todo, te echaron del paraíso por ser una puta. No quisiste a Adán, no quisiste a tus hijos, nunca quisiste a nadie. Sos el ser más despreciable de todos…

―Cállate, Hernancito, no me hagas perder la paciencia. A mí me echaron del paraíso por ser la primer libre pensadora y no querer vivir oprimida bajo un hombre estúpido y patético.

―¡Te echaron por rebelde y por puta!―Hernán notó que el demonio retrocedió. —¿Pensas que te tengo mido, puta? Conozco todo el libro blanco, los papiros de Jerusalén, la piel roja, el libro de Santiago. Te puedo hacer mierda en más de una forma ahora mismo. Soy el alquimista más poderoso que existió en la historia, puta. No me provoques.

Lilith solo se limitó a sonreír mientras intentaba ocultar su miedo. Sin embargo, por alguna extraña razón se sintió perdida en los ojos de verdes de Hernán. Nunca se sintió atraída por ningún hombre, ni siquiera cuando era humana, pero el conocimiento y la seguridad del joven la envolvía en un aura misteriosa que ella jamás, en toda su existencia, creyó conocer.

El aura de la vivienda se tornó rosa, Hernán detectó el cambio de ambiente. Como pasó de ser siniestro y hostil a calmado y armonioso.

―¿Qué pasó? ―preguntó Hernán aturdido―. ¿Te asusté?

Lilith en su mezcla de sentimientos no supo qué responder en el momento, se miraron fijamente en un segundo que pareció una eternidad, hasta que por fin le respondió.

―Nunca, en todos los años que caminé por este hediondo plano y en el infierno me trataron tan mal. Te vas a arrepentir…

―No me importa, solo quiero que Milagros vuelva a este mundo.

―Tené en cuenta que la resurrección no es tan sencilla como se aparenta en la biblia ―le advirtió, sin embargo, apenas notó que le estaba dando un consejo se detuvo de inmediato y prosiguió―. ¿Seguimos o no?

―Cuando quieras.

―¿Sabes por qué los demonios queremos sangre?

―Sí, porqué ustedes no tienen sangre, al igual del porque quieren las almas humanas. Es porque carecen de una.

―¿Ves? no todo lo que dicen los libros es verdad; la sangre la queremos porque es deliciosa y siempre un pedazo de carne fresca es bien bienvenido, por eso es que queremos sus almas.

―¿Cuál es el puto punto?

―Simple, Hernancito, quiero tu sangre.

―Te di mucha cuando te invoqué.

―Sí, es verdad, fue delicia. ―Lilith sacó su lengua y la pasó por su boca haciendo referencia a sexo oral. Hernán se sintió un poco excitado al ver esto, pero borró la idea rápidamente de su mente. Ya no se sentía tan atraído a ella como al principio. ―Esa sangre, es falsa. La creaste con magia, no tiene el mismo sabor…

―¿Y qué propones?

Lilith comenzó a retorcerse y moverse imitando los movimientos de una persona que sufre un ataque de epilepsia severo. Se tiró al suelo, giró su cabeza ciento ochenta grados y abrió su boca cinco veces más de lo que una persona normal puede hacerlo. Hernán notó el fétido aliento y como una hilera de miles de dientes se abrían paso en su campo visual.

De la garganta deldemonio comenzó a salir lentamente un serrucho completamente oxidado, como si se tratara de un parto. El mismo venía acompañado de sangre podrida y fluidos corporales infecciosos. El olor era repulsivo, tanto así que Hernán tuvo que hacer un esfuerzo atroz para no vomitar.

―Ahora, quiero que te cortes un brazo.

Hernán retrocedió asustado.

―No te preocupes, soy buena cuando quiero. Cortate el brazo izquierdo, sé que sos diestro, así que no va a influir mucho en tu ritmo de vida. ―La grotesca sonrisa que expresó Lilith podría haber llevado a más de uno a la locura, aunque en el fondo de su cutre y podrido corazón sintió que no quería obligarlo a que lo hiciera.

Hernán tomó el serrucho. La observó durante un rato, en su mirada se veía como deseaba pedir piedad; pero, al mismo tiempo se veía una voluntad inquebrantable.

―Sin magia, Hernancito, ya sabes que si la usas, tu alma va a ser mía, y lo peor de todo es que tu hermana va a seguir siendo castigada en el infierno…Imagina, está en el segundo circulo, junto con los bebes que no fueron bautizados, siendo desgarrada una y otra vez, hasta que su cuerpo se convierta en una masa amorfa y podrida, para luego ser arrojada al foso común, donde será aplastada por las nuevas almas que vayan llegando por toda la eternidad.

Hernán no soportó el comentario y a sabiendas del calvario que le esperaba, tomó el serrucho y lo puso delante de su codo mientras que Lilith se colocaba debajo de él. Hernán comenzó a realizar la macabra danza del vaivén de la muerte. Cada vez que la sierra mohosa avanzaba, sentía como un pedazo de acero caliente desgarraba su piel y su musculo, ya que carecía por completo de filo. La sangre comenzó a caer como un hilo fino, casi imperceptible, pero con el correr de los segundos se fue ensanchando hasta formar un torrente carmesí que Lilith engullía con mucho placer. La sangre de Hernán la excitaba, era la más sabrosa que probó en toda su vida. Mientas más tomaba, mas quería, pero ella no se daba cuenta que se estaba enamorandodel mortal. La sangre para ella, era para lo que a los humanos la droga.

Hernán rodeó todo el musculo, después de cinco minutos eternos y, cuando solo le quedaba el hueso, golpeó con todas sus fuerzas el borde de la mesa con su extremidad muerta. El hueso se partió desprendiendo un sonido similar al que se oye cuando un árbol cae en plena tempestad y nada frena su trayecto. El dolor que sintió fue desgarrador, al principio la adrenalina cubrió las señales que su sistema nervioso emanaba en torrentes de electricidad; pero, con el correr de los minutos, sentía como su cuerpo se desprendía de este plano y cómo de a poco su corazón latía más y más lento. Cuando acabó, cayó al suelo y se desmayó. Lilith se levantó, tomó el muñón que alguna vez fue el brazo izquierdo de Hernán y lo cauterizó con sus propias manos. Lo cuidó para que no muriera, acariciándolo y dándole a beber agua cada una hora, hasta que en la madrugada el joven despertó, completamente débil y degastado.

Lilith le permitió usar magia para reponerse, Hernán se extrañó por el pedido, pero se encontraba tan débil que no objetó la idea. Solo le limitó a beber ungüento especial y a recitar un conjuro del libro blanco.

Cuando la noche arremetió nuevamente en la vivienda, el súcubo se presentó ante Hernán y le dijo.

―Veo que ya estás bien, prepárate, porque y ya es hora de realizar tu última prueba. Vas a tener que ir al infierno. ―El demonio sonrió mientras que Hernán sentía que su piel se erizaba como si se encontrara desnudo en el peor de los inviernos.

Continuará…


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