Que nadie se atreva a tocar a mi perra

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“No tengas perros” me dijo mi madre incontables veces desde que no vivo más con ella. Pero por supuesto esta vez, como tantas otras, no hice caso alguno a su sabio consejo.

Ya le dediqué una nota entera al par de perras ridículas que tengo bajo mi custodia, pero sucedió algo en estos días que las implica completamente. Las nenas se alzaron. La ordinaria por segunda vez y la labradora se acaba de hacer señorita. Con esto quiero decir que si la pobre es bastante amorosa debido a su raza y sus antepasados, la cuestión se reforzó más aún. No podes salir al jardín que ya la tenés respirándote en la cara sin descanso. Pero este no es el mayor inconveniente, más allá de los pelos que te deja en la ropa convirtiéndote en un peluche viviente, si no la aparición a mansalva de pretendientes en la puerta de mi hogar.

Perros de mil colores y tamaños, paseándose de punta a punta por toda mi propiedad buscando desvirgar a mi perra y ladrando por supuesto a las dos de la mañana de un lunes. Son como una manada de cosas raras, todas amontonadas, y discutiendo cual de todos es el merecedor de las partes privadas de la gorda rubia de la cuadra. Mientras ella, toda iluminada por ese aire de reina selectiva sentada en la puerta, los observaba con cara de hartazgo porque ninguno de esos tilingos le gustaba. Si tan sólo hubiera estado cortejándola un macho de pecho prominente, pelaje sedoso y mirada profunda, no dudaba ni un segundo en entregarse cual madre luchona tras meses de sequía sexual.

La negra de la hermana, por otro lado, que no es nada más parecido a la típica tía solterona entrada en años y calentona con pendejos, trataba de ligar algún encuentro sin éxito alguno. Se mostraba de mil maneras pero solo consiguió mis retos y el cruel rechazo de los que seguían peleando por tener sexo sin compromiso, con la nueva del barrio.

El caso es que apareció un macho en particular que destrozó parte del portón y que un día volviendo del trabajo lo encontré corriendo en mi jardín. Bajé de mi auto, empecé con mi gran colección de insultos y posteriormente le arrojé con todo lo que encontré a mi alcance. Sillas, reposeras, juguetes de mi hijo, escoba, pala, al grito de “¡Te voy a matar degenerado, choco desagradable!”. Mis vecinos que caminaban pacientes por la calle, vieron todo el espectáculo con cara de “Ojo, esa chica no está pasándola bien, no la mires”.

El animal salió despavorido, corriendo sin rumbo y ladrando como loco. Y yo, acomodándome el cabello todo alborotado por tanto ejercicio de levantar y aventar, que no hacía hacen dos años aproximadamente.

El perro tiene dueño porque usa correa, y acá busco hacer un paréntesis importante. El problema no es el animal en cuestión, son los dueños que no saben vivir en convivencia. Tu mascota se queda en tu casa, es así de simple. Después lloran a mares porque les matan al bicho que vivía vagando por ahí, mientras el resto tiene que tolerar desmanes, como la boluda que suscribe.

Hace poco lo seguí y encontré de donde viene. Estacioné, me bajé y arranqué a tocar timbre como si no hubiera un mañana. Pero aparentemente no había nadie o creyeron que era la policía por el escándalo que hice a las nueve de la noche en dicha vivienda. Me acerqué a las casas cercanas y todos sostenían lo mismo: “No sé, hace mucho no los veo” contestando desde la ventana, apenas asomados. Sospecho que los asusté un poco.

Finalmente estacionó una camioneta y se bajó un gordo llamativamente parecido a Maradona. Con cara de oler caca y lentes de sol de bincha. Me acerqué con la misma cara de desquicio que tanto me caracteriza, y le escupí en la cara todo lo que estaba pasando. El hombre se quedó un tanto inmóvil pero eso no duró mucho. Comenzó a darme un discurso pobre de argumentos y hasta osó decir que el animal no era suyo, al mismo momento en que éste ingresaba a su propiedad y comenzaba a ladrarme. Me reí a carcajadas, pero sin dejar de decirle que ni yo ni mi perra estamos dispuestas a seguir tolerando al pito suelto de su mascota. Por ahí me dan ternura los bichos, son menos histéricos y más coherentes con su hormonalidad que los humanos, pero que no me colmen la paciencia un martes a la madrugada porque puedo convertirme en un demonio homicida de canes medio pelo y violadores.

Ya me comió un cuarto de portón, solo me queda encontrar a mi perra con treinta y cinco crías una más fea que la otra. Odio a la gente que no se hace cargo de sus animales.

Por lo pronto al vecino clon de futbolista venido a menos, le dejaré el regalito de todos los hijitos que le haya hecho a mi nena, con moño y canasta. Caso contrario, levantaré una demanda al choco desgraciado por paternidad y alimentos. Terminemos con el patriarcado perruno.


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