Libro en blanco | Quinta Parte

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“No se muere quien se va, solo se muere quien se olvida, la muerte está tan segura de ganar que de ventaja te da una vida”.
Tyrone Gonzales A.K.A Canserbero.

“Todos buscamos un Dios, un más allá, una vida eterna, porque todo se reduce a nuestro miedo a morir.”
Ignacio José Formes, A.K.A Nach.

El rostro de Hernán palidecía entre los fluctuantes rayos de luz que se colaban por el techo de la vivienda, el crepúsculo no se hacía esperar y una roja luz mortífera bañaba el rostro del demonio y del alquimista en un color carmesí similar al de la sangre arterial.

Hernán intentaba recordar que le había pasado en las últimas horas, pero todo se le era muy difuso, solo podía recordar que Lilith bebía su sangre con la misma gracia que un infante no se desprende del pecho de madre. Fue entonces, cuando un dolor fantasmal envolvió lo que alguna vez fueron sus dedos izquierdos. Tuvo la vaga sensación de que le dolían y fue a buscarlos instintivamente con su mano derecha, al no encontraros, siguió avanzando hacia arriba hasta tocar su muñón; se sitio perdido y aturdido. “Claro”, se dijo así mismo “me corte el puto brazo porque quería sangre”. Lilith lo miraba inexpresiva y taciturna, era como si estuviese meditando a un nivel tan alto que casi rozara el nirvana. Lo que Hernán no sospechaba era que el súcubo se sentía abstraída y dolida por lo que le hizo hacer. El pecho de Lilith se sintió contraído y su estómago era invadido por una sensación muy extraña para ella cada vez que miraba los ojos marrones del alquimista. Una exaltación, como si fuese adrenalina, la invadía súbitamente y no podía dejar de pensar en él. “¿Qué me pasa?” se decía el demonio una y otra vez mientras que sentía que su rostro se ruborizaba y que la cosquilla en el estómago se agigantaba más y más a cada segundo.

Hernán se levantó. Gracias a la magia todo atoramiento y confusión por fin se había disipado.

―¿Así qué tengo que ir al infierno?

―En efecto, Hernancito. Tu último desafío es encontrar algo para traer a Miagros de vuelta a este mundo. Necesito que vayas al sexto círculo, que entres a mi guarida y me traigas un talismán.

―¿Qué clase de talismán? ―preguntó el alquimista mientras se rascaba el muñón del brazo.

―Es una pequeña bola de cristal, no más grande que eso que ustedes llaman “bolitas”.

―¿Para que queres un talismán? ―El rostro de Lilith se contrajo cuando Hernán desvió la mirada del muñón a sus ojos. Fue como si se hubiese quedado sin aire, si es que los demonios respiran, y si su podrido corazón latiera, Lilith hubiese escuchado como este palpitaría en sus sienes. Ella miró en otra dirección, no le gustaba como el mortal la hacía sentir, pero al mismo tiempo se sintió más viva que nunca.

―Lo necesito para traer a Milagros de vuelta, solo el nazareno puede sacar a los muertos del otro plano y traerlos a este mundo sin ayuda. El resto necesitamos de talismanes.

Hernán la miró consternado y quizás hasta algo decepcionado. ―Pensé que ustedes eran más poderosos. ―Lilith sintió como si sus palabras se hubiesen clavado como una daga caliente en el medio de su estómago, donde sentía aletear a las mariposas.

―¡Lo siento, Hernancito! ―vociferó el demonio intentando ser cínica, sin embargo, no logró alcanzar el tonó adecuado, por el contrario, se apreció resentimiento en su tono de voz―.  Si conseguís el talismán se termina todo y yo cumplo con mi parte del trato, pero si pierdes y por algún motivo te matan, vas a quedarte en mi círculo. Donde me voy a divertir mucho con vos por todo el puto tiempo que me hiciste perder, mortal de mierda.

Hernán sonrió con un leve gesto y Lilith no pudo evitar sentir que sus genitales comenzaran a palpitar, era la primera excitación genuina que sentía desde que estuvo con Adán en el paraíso. Se tocó disimuladamente y apretó su clítoris sintiendo un placer sin mesura. Cerró sus ojos y se imaginó que el alquimista la penetraba dulcemente.

―¿Qué te pasa? ―le preguntó Hernán enojado―. ¿Me vas a mandar o no? quiero terminar con esto porque ya no soporto más tun presencia.

Una lagrima se detuvo un momento antes de que saliera por sus ojos, se sintió herida y lastimada; sintió que su mundo, a pesar de ser uno de los demonios más temibles, se caía al piso como un edificio cuya estructura está muy debilitada. Lilith no halló palabras para responderle; sintió, en pocas palabras, que le habían roto el corazón. Lo odio en ese momento, pero no quería que nada malo le pasará y ella sabía muy bien que, si su travesía por el infierno se complicaba, ella le ayudaría sin pensarlo.

Una sombra surgió en la parte posterior de Hernán, Lilith, sin hablar, con los labios contraídos y llena de furia le hizo un gesto para que pasara el umbral. Hernán dejó salir de su pecho un suave suspiro, levantó su único brazo útil y de apoco fue ingresando al sexto circulo, donde yacían los condenados por ser estafadores, lujuriosos y por cometer crímenes sexuales.

El ambiente en el sexto círculo no difería mucho de lo que es la tierra. Se sentía una atmósfera más pesada y un brillo turquesa combinado con un color ámbar lo rodaban creando una circunferencia prefecta, este brillo resultaba casi hasta acogedor para comenzar su viaje, pues iluminaba bastante el camino. “No tiene principio, ni final”, se dijo el alquimista, que sabía muy bien que los muertos nunca pueden llegar borde, no así los vivos, que si lo logran alcanzarlo pueden salir y volver al mundo de normal.

Cuando comenzó a caminar se sorprendió al encontrarse en una llanura desértica donde no había ninguna amenaza a la vida, y se sorprendió aún más cuando se dio cuenta que el centro del círculo, donde estaba el palacio de Lilith, se encontraba cerca.

Avanzó sin ningún problema durante más de cinco kilómetros. El cielo se veía turbulento, lleno de nubes y de rayos que se descargan sobre su cabeza, sin embargo, él sabía que esa era solo una ilusión, ya que ese lugar carecía completamente de agua y los condenados, como parte de castigo, miraban al cielo todo el tiempo a la espera de una mísera gota de agua.

A medida que avanzaba, comenzó a internarse en la maleza que se hacía más abundate, esta parecía salir de la tierra y volverse a esconder en ella mientras más se acercaba al palacio de Lilith. Caminaba con cuidado, pues había estudiado y conocía cada uno de los círculos, y sabía que entre la maleza podía encontrarse alguna criatura que lo desgarrara vivo. Sin embargo, a veces, aunque tengamos todo el conocimiento y seamos cuidados, las desgracias llegan igual. Hernán piso un pedazo de hierba seca, y el atronador sonido se esparció por la pradera como si se tratara del eco en el medio de una ladera.

El alquimista vio como la hierba comenzó bailar frenéticamente a su alrededor y salió corriendo lo más rápido que pudo. Estuvo a punto de usar magia, pero recordó que usarla seria perder el desafío y su alma para siempre. Corría esquivando las altas hierbas secas, las cuales se hacían cada vez más grandes y, como si fuera poco, estaban cargadas con cosas atroces. Hernán vio, en este pequeño tramo, personas completamente mutiladas, como si se tratara de un arte macabro, personas clavadas en las más altas yerbas, cuya sangre llegaba al piso. Las hierbas se movían como si tuvieran vida propia y ellas mismas se encargaban de desmembrar a las pobres almas que en su infortunio cayeron ahí. Pero había algo más, aparte de las hierbas, que Hernán no podía ver, pero sabía que estaba ahí, al asecho para destruirlo.

Corrió lo aún más a prisa, sintiendo una punzada debajo de sus costillas, era un dolor similar al de una patada. Mientras más avanzaba, más cadáveres colgados encontraba. El suelo comenzaba a llenarse de sangre y viseras por doquier y, por primera vez, comenzó a oír los lamentos de las almas castigadas en ese horrible lugar. De pronto el cielo se oscureció y se tornó de un color negro rojizo, Hernán elevó su mirada para ver que había terminado con la luz ámbar que le iluminaba el camino. Lo que vio lo dejó sin aliento, a más de cinco metros de altura, el prado se había convertido en una especie de bosque cuyas ramas y copas eran cuerpos humanos. Corrió más a prisa, huyendo de lo que sabía que se lo quería comer. Las hierbas comenzaron a atacarlo, lo golpeaban con mucha ferocidad, a pesar de que usaba un pantalón largo de jean, los golpes lo laceraban y, como si fuera poco, se cayó más de una vez al suelo, sin embargo, se reincorporaba y seguía su trayecto.

Un poco más adelante la escena se volvió aún más espantosa, la sangre de las personas en las copas de las hierbas caía como si fuese un torrente de agua. Había lluvia en esa parte del infierno, pero no precisamente de agua. En solo unos segundos quedó completamente empapado de una sustancia viscosa que dificulto su paso, como si se tratara de arenas movedizas. La sangre se tornaba cada vez más viscosa y el olor era repugnante. Hernán avanzó hasta un alto para recuperar el aliento, todo era oscuridad, no podía ver más allá de tres metros, era como si se encontrara en una tormenta torrencial sin ningún tipo de reparo.

Fue entonces, cuando oyó, que algo muy grande venia destruyendo las hierbas que él había atravesado para llegar al alto. Hernán comprendió que, eso, fuera lo que fuera, venia por él. Ya no le quedaba mucha fuerza. Miró su costado para buscar algo conque defenderse y solo encontró un pedazo de pierna que se desangraba lentamente.

El ruido se hizo más potente y este comenzó a acompañarlo un gruñido, entonces, desde la oscuridad dos ojos amarillos comenzaron a brillar como un rayo de luz en las tinieblas y unos colmillos se cernían en torno a ellos como cuando el sol alumbra a la luna.

La bestia estaba cerca, solo estaba a unos segundos de ahí…

Continuará…


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