Perfume a malvón

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De repente el cielo se puso azul, liso, sin una sola estrella. Era una de esas noches claras, donde se ve sin necesidad de ningún tipo de luz extra. Faltaban 5 horas para el amanecer, no hay tiempo más eterno que esperar el alba.

Mi madre yacía en la cama, durmiendo plácidamente, se notaba el vaivén taciturno de su respiración. Hasta las 4 es llevadero, en adelante empieza el calvario, la lucha entre el sueño y la vigilia.

El suero estaba a la mitad, llegaría a un punto crítico a la mitad de la noche, justo en el peor momento. La habitación era de dos camas, pero la otra estaba desocupada, es más el ala completa del hospital estaba a menos de la mitad.

La luz de la luna se filtraba por la ventana con el fresco, casi frío, que ayuda a despabilar un poco. Estábamos al final de una gran galería, la ventana enrejada era como una pintura de fondo.

El primer cabezazo….

Salí al patio, necesitaba el aire fresco. Miré alrededor y no podía dejar de impresionarme con lo horrendo que es un hospital de noche. Todos los anexos mal añadidos, la basura en los recovecos, la pintura desgastada y todo acompañado de olor a antiséptico. Volví a la silla, todavía quedaba suero, era demasiado el cansancio para leer.

La mente divaga, ruega que no se repita una noche más así, que los estudios salgan bien y volver a casa, el tormento de sólo considerar que salgan mal y lo que vendrá. Refugiarse en organizar el día, quien va a cubrir la mañana o la tarde, y que bien vendrían unos mates.

Segundo cabezazo…

De nuevo al patio, estaba a punto de sumirme en la observación del lúgubre lugar otra vez cuando salió otra cuidadora, alguien más que pasaba la noche en vigilia por un familiar convaleciente. Charla cortés y casual, obligadamente sobre los enfermos, de nuevo adentro.

Mi madre dormía, llegó el momento del cambio de suero, llamé a la enfermera, lo importante ha pasado, de nuevo a esperar en la silla, casi las 5:30 de la madrugada. En instantes se verían despuntar las primeras luces del día, con el canto tímido de los primeros pájaros. Decidí esperarlos mirando hacia la ventana.

Tercer cabezazo…

Esta vez no me podía despertar, el cansancio estaba haciendo mella y permanecí entre dormida. Ese punto cuando la realidad y el sueño se mantienen en una línea difusa, indiscernible e incontrolable para los sentidos.

Mientras mi cuello se doblaba y mi cabeza se acomodaba contra la esquina de la silla, una sombra se paró en la puerta, sus límites eran difusos y su composición no era tan saturada. La sombra es la luz obstaculizada por un cuerpo, pero no pude distinguir a nadie, estaba muy cansada para hablarle, y siguió su camino.

Si puedo recordar como un olor a malvones invadía la sala, fuerte pero agradable, en agotamiento supuse que entraba por la ventana.

Una mano me tomó el hombro, sacándome repentinamente de mi sopor y desperté de un salto, con un tirón dolorosísimo por la mal postura del cuello.

Todo estaba iluminado, era la mañana y mi mamá riéndose de mí y mi cara de desconcierto, me pedía que le ayude a ir al baño.

Luego de ayudarla y de que le sirvieran el desayuno, decidí ir a despejarme un rato, estirar las piernas y el resto de mi cuerpo, entumido de dormir poco y en una silla.

De pasada por la enfermería les pregunté si habían pasado anoche, amablemente contestaron que no, solo a cambiar el suero. En el patio encontré a la mujer de la noche, fumaba un cigarrillo con nerviosismo, sus ojos estaban hinchados y rojos.

Le pregunté si estaba bien, si había pasado o necesitaba algo y por eso había ido a mi habitación a buscarme. Me dijo que no y que no había visto a nadie, rompiendo en llanto inconsolable.

Su noche fue terrible, su abuela había muerto hace unas horas, tipo 6 de la mañana, pasó las últimas horas a su lado, escuchando sus incesantes delirios, entre ellos le repetía que la quería mucho y que cuidara mucho a sus malvones.