Torera

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Fui a los inicios de este arte popular, quise saber por qué la tauromaquia era una actividad masculina y me encontré con la sorpresa de que en las bases, en las pequeñas plazas de los pueblos, las mujeres sí tienen espacio. ¿Por qué ninguna llega a La Guadalupana?

En España la cuestión de las toreras ha dado que hablar, porque no se les permitía el toreo de a pie, sólo a caballo, como parte de la cuadrilla de servidores del torero estrella, que era siempre un hombre. Hubo hasta una lucha de mujeres en el ámbito, porque había toreros que se negaban a actuar en plazas en donde se les hubiera permitido a mujeres el toreo de a pie. Conocí a una de estas mujeres que se oponen al sistema, Lucía Reina. Esta es su historia, en donde el arte se funde en la amalgama de las luchas de poder en un terreno de arena y sangre.

Lucía es la hija del dueño de una hacienda de caballos toreros. Aprendió a cabalgar desde chica y desarrolló un don para relacionarse con ellos. La primera vez que pisó una plaza de toros y vio un traje de luces quedó cautivada. Supo que el primer paso para estar en la arena era convertirse en torera a caballo. No era algo que sucedería pronto, hay un camino que tendría que comenzar siendo la ayudante del torero a caballo de una cuadrilla.

Yankara era el caballo que habían venido a buscar a la hacienda para formar parte de la cuadrilla del gran matador Antonio Lafuente. A Yankara lo había criado Lucía, pero lo había preparado otro torero. El preparador era lo de menos porque una vez que el caballo formara parte de una escuadra, el jinete pasaba a ser otro. Así conoció a Oscar Mayoral, el picador de Lafuente. Ella quiso servir a ese hombre como ayudante, sabiendo que ese ejemplar de pedigree era casi su propio hijo. A Oscar le pareció una locura. “Sólo quiero aprender”, le dijo Lucía. Su tarea sería facilitarle las puyas y preparar al caballo para la lucha con el toro en los primeros dos tercios de la lidia, al servicio del torero.

No es un mundo de mujeres y, aunque muchas observan el espectáculo, lo hacen con la intención de lograr que algún matador les dedique el toro. Claro que el público no es pasivo. Los pañuelos que agitan desde las gradas de la plaza suelen determinar la suerte del animal y del matador. Lucía había visto a Lafuente, era implacable con el toro, pero tenía una elegancia única para mover el capote.

Ella llegó a la nueva hacienda que albergaba a Yankara a media mañana y se dirigió al establo. Ahí se encontró con Oscar y el caballo, que la saludó agachando la cabeza y presto a las caricias. “Vamos a llevarlo al corral para que se las vea con unos amigos”, dijo el torero, y le ordenó preparar las monturas. Luego se encaminó al corral, dejando a Lucía con el trabajo.

A solas con Yankara, ella no se resistió al deseo de cabalgarlo nuevamente y en el trayecto hacia el encuentro con el toro, Lucía aprovechó para ensayar los movimientos que tantas veces le había visto hacer.

Los muchachos de la cuadrilla estaban en el corral, haciendo sus piruetas con el toro, cuando la vieron llegar cabalgando. A pesar de su vestimenta varonil y el cabello recogido bajo el sombrero, no había manera de ocultar que había senos de mujer bajo la camisa. Apenas ella se bajó del caballo, Oscar fue a recibirla y no la miró, tomó su lugar a lomo de Yankara y entró al corral al tiempo que los demás novilleros salían. La cabalgata de Oscar era de un profesional y Yankara evitaba al toro con una gracia de la que Lucía se sentía orgullosa. Cuando Oscar pidió la lanza de madera, uno de los varones le tiró una al aire desde la reja de madera. “¿No van a herir al toro aquí, verdad?”, preguntó ella despertando las risas de varios. “No, muñeca, eso se hace en la plaza nada más, no compramos toros para matarlos.”

Ahí empezó a comprender un poco más del coraje que había que tener para clavarle las agujetas a un animal por primera vez. Y no cualquier animal, uno elegido especialmente para la lidia, ejemplares criados para eso, de estirpes especiales, con familias enteras que correrían el mismo destino y un negocio de hacendados dedicados a proponer animales con un trapío digno de una faena de arenas.

Al terminar el juego de Yankara en el corral, camino al establo, esta vez a pie, Lucía pudo saber que entrenaban al animal para la Feria del Señor de los Milagros. “Ni lo pienses”, dijo Oscar. Y ella insinuó que no pretendía más que conocer la Plaza de Ancho, el más antiguo coso de América, mandado a construir por el alcalde de Lima e inaugurada en 1766 durante el gobierno del Virrey Manuel Amat y Juniet.

“Parece que fuiste a la escuela además de acariciar caballos”, ironizó el jinete y agregó que no le prometía nada, pero que intentaría hablarlo con el matador. “Si pudieras disimular ese torso, quizás puedas pasar como un novillero más”, insinuó. Lucía entendía la regla. Cuadrilla de hombres, vestuario de hombres, animales machos y más machos en la arena. No importaba eso, sólo quería pisar el coso.

Una sola tarde le alcanzó para aprender a vestir al caballo con el peto y los manguitos, sin embargo, Oscar le permitía montarlo en el corral cuando la cuadrilla no estuviera. No era sólo para evitarle ser blanco de burlas, sino también evitarse a sí mismo la sorna de alentar a una mujer a hacer algo que no estaba bien visto. Lucía podría ser una gran torera a caballo, pero tendría que ganarse ese lugar en una cuadrilla de ávidos jovencitos que se disputaban un traje de luces.

La segunda semana en la hacienda aprendió a trenzar las crines. Un trabajo de horas, tan minucioso como amoroso. Se ganó aprender esa experticia después de que Oscar viera la forma en la que Yankara se dejaba cepillar por Lucía durante el baño. La incorporó oficialmente a su escuadra rejoneadora, en donde había tres caballos más, con sus preparadores. Oscar no era el único torero a caballo de la escuadra, hay dos más y cada uno tenía su propio equipo de caballos, cuidadores, veterinarios, vestidores.

El día que partieron para la Feria, subió a Yankara al tráiler junto a los demás caballos. Cuando llegaron a la Plaza se sintió dueña de un mundo en el que entraba por la puerta grande, con la caballería de Oscar Mayoral, el rejoneador del matador Antonio Lafuente, a quien todavía no había conocido en persona. Ella se había disimulado el cabello bajo el sombrero de ala ancha y con el chaleco cubría el torso. Por las piernas no había problema bajo las babuchas. No usaba alhajas ni maquillaje y las uñas las tenía cortas para poder trenzar las crines sin molestar al animal. En los establos del coso empezaba el ritual: asear los animales, hacer las trenzas y vestirlos con lazos y madroños.

Estaban en esa labor cuando llegó la camioneta que traía la otra parte de la cuadrilla: el matador con sus novilleros y los mozos de espadas que bajaban los trajes. Lafuente le echó una mirada seria a Lucía, era un rostro nuevo y él sabía que Oscar había incorporado a una mujer.

Con toda la intención de permitirle un paseo por los pasillos, Oscar le pidió que fuera a buscar su traje para chequearlo. Él sabía que no le iban a permitir el paso y, por eso mismo, pasados unos minutos, la siguió. Cuando ella volvía con las manos en los bolsillos y el intento fallido, Oscar le pidió que lo acompañara. Fueron a los vestuarios, en donde el traje del matador ya estaba acomodado en la silla y los demás colgados en el armario. Oscar abrió y tomó el suyo para dirigirse al camarín que lo aguardaba. “Me esperas aquí”, le dijo al entrar al baño a ducharse y dejarle el vestuario sobre las manos.

Lucía observó el atuendo. No tenía luces, era negro. Observó los botones de la chaquetilla con el escudo federal, las hombreras bordadas en oro, el sombrero castoreño, la camisa, el pañuelo, la taleguilla y el chaleco. En el estante tenía las botas. Cuando Oscar salió de la ducha, traía la toalla en la cintura y le pidió a Lucía que se volteara para colocarse las calzas. Luego, con la paciencia del maestro, le enseño a vestirlo. Cómo colocar las prendas, dónde sujetar más fuerte, cómo anudar los cordones, la forma de preñar la camisa debajo de la taleguilla. Él no usa corbata sino una cinta roja, como los lazos de las crines de Yankara, que Lucía había colocado formando la bandera de Perú. Luego él mismo se colocó las botas. “¿No usarás zahones?”, preguntó ella. Él negó con la cabeza colocándose el sombrero. “Buen trabajo”, le dijo y agregó: “Ahí tienes tu atuendo”. Ella abrió el closet y vio la vestimenta de camisa roja y pantalón blanco. La tomó por sorpresa, ella quería llegar a la arena y no sabía que le permitirían desfilar en el paseíllo inicial. “En diez minutos te veo en el establo para examinar los toros. No te olvides la protección”, le dijo Oscar. Luego salió y la dejó sola en el camarín.

Faltaba una hora para empezar la corrida y los pasillos del coso eran un caos que se movía en asombroso zigzagueo. Todos sabían lo que tenían que hacer, nadie fuera de lugar ni desconcentrado.

En la puerta del corral, cuando Oscar la vio llegar, le presentó al matador y a los demás picadores. Fue extraño para ella que le observaran las trenzas del cabello. Uno hizo referencia a ellas como crines y felicitó a Oscar por la ejemplar equina. Sabía que tendría que soportar eso, aunque no por mucho tiempo más.

La noche le tenía preparado un rol que no imaginó a esas instancias.

(Continuará…)