Libro en blanco | Sexta parte

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“El día de tu muerte sucederá que lo que tú posees en este mundo pasará a manos de otra persona. Pero lo que tú eres será tuyo para siempre”
Henry Van Dyke.

“Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel.”
Mahatma Gandhi.

Los gemidos, similares a jadeos, aumentaban paulatinamente a medida que eso se acercaba a Hernán, era como el palpitar de un corazón que vuelve a vida. De pronto, pudo vislumbrar quien era esa masa amorfa que, según pensaba él, lo quería devorar. Se trataba de Altivar, el hijo el Cerbero, custodio del tercer circulo del infierno.

Hernán sostenía el miembro amputado en la mano sana, el cual no le serviría de mucho, es más, ya se había decidido subconscientemente a usar magia como último recurso. La figura del enorme can continuaba creciendo, la sangre a su paso comenzaba a hervir y la maleza se incendiaba, desprendiendo un ligero color verdoso y amarillo. El olor a sangre quemada mezclada con la maleza y los cadáveres putrefactos colgados volvían el ambiente muy denso y muy difícil para respirar. Entonces, la bestia aminoró su marcha, por fin se hizo presente frente a Hernán. Los ojos amarillos del can se clavaron en el alquimista.

―¡Me das asco!―vociferó Altivar casi usando el tono de un comediante―. Solo has cometido un pecado, matar a tu gato para traer a tu hermana de vuelta al mundo de vivos. Es increíble. ¡El primer humano limpio de todo mal y de toda culpa!―Altivar lanzó una carcajada que terminó en un aullido grave y aturdidor.

Hernán bajó la pierna que sostenía como arma, se dio cuenta que el can no quería hacerle daño, por el contrario, hasta parecía estar interesado en charlar con él.

―¿Por qué no me atacas?―preguntó curioso.

―¿Porqué lo haría? ―Altivar lo miraba con cierta fascinación, se dio cuenta que no se trataba de un ser humano ordinario, es más, dedujo que podía darle una honorable batalla en la que quizás el saldría perdedor.

―Y, porqué sos un demonio, sencillamente.

―No todo es lo que parece, menos aquí en el infierno―dijo el demonio risueño―. Solo vine a cumplir un favor.

―¿Cuál?―Hernán se veía completamente sorprendido, como si no entendiera ni una palabra del canino.

―Seguime y en camino te cuento.

El demonio se dirigía con un sentido de la ubicación tremendo, Hernán no se había percatado de ello, pero la maleza formaba un laberinto, cada vez más denso y sinuoso a media que se iba acercando al palacio de Lilith.

―Si no me equivoco ―y sé que no es así, pensó Hernán―, eres el hijo de Cerbero. Tengo curiosidad, ¿qué haces acá y por qué me ayudas?

El demonio suspiró, como si estuviese por contar una historia que ya todos sabían. Entonces, lo observó de reojo y le contestó:

―Hace unos doscientos años, existían en tus tierras un sacerdote pedófilo, que violaba, mataba y se comía a los niños que estaban bajo su cuidado; su olor era exquisito. Por sus pecados iba a ser dirigido al tercer círculo, pero corría el peligro de que cayera en este debido a que sus crímenes eran más sexuales que angurrientos. Mi padre me envió a perseguirlo, estuve diez años intentando atraparlo y cuando por fin lo hice no me resistí y lo maté, el sacerdote vino a parar a algún lugar de este desolado paraje.

Entonces, mi padre me negó la entrada a su casa hasta que encontrara un alma que desprendiera el mismo olor y tuviese el mismo sabor. Han pasado casi trescientos años y todavía sigo vagando en tu mundo. Hasta hoy, Lilith me prometió que si te ayudaba a llegar al palacio me diría adonde esta ese cura… el resto creo que lo puedes deducir solo.

―¿Por qué ella me quiere ayudar?

―¡Yo que sé! ¿quién entiende a las mujeres?, más a una resentida con todos los hombres.

Mientras que caminaban por el laberinto, miles de alimañas se acercaban a ellos, moscas del tamaño de perros pequeños cuyo aspecto lila se camuflaba con el ambiente. Hernán las conocía, esas moscas tenían varias hileras de dientes que se usaban para cercenar los genitales de quienes, por desgracia, cayeran ahí. Sin embargo, lo que más le sorprendió fue ver toros albinos, que los observaban recelosos al pasar, pero que no les hacían nada. Su cuerpo estaba adornado con una melena similar a la de los leones. De esta se desprendía una ligerea niebla que, al solo percatarse de ella, un escalofrió recorría toda la espalda hasta la nuca de quien lo observase, con solo mirarlos Hernán sintió frio y el calor que irradiaba Altivar se vio opacado.

―¿Qué son esos toros? Nunca leí sobre ellos.

―Es la descendencia del Minotauro, supongo que sabes que este círculo no solo es custodiado por Lilith. Este, a diferencia del que gobierna mi padre, se divide en dos. Los que son castigados por crímenes sexuales y llevar aniveles atroces la lujuria y, por otro lado, los asesinos y manipuladores de multitudes, estos últimos son castigados por el Minotauro. Ellos son congelados lentamente y mutilados parte por parte, luego de unos miles de años cuando sus almas ya están muy desgastadas son enviadas con las otras al olvido.

―¿Al olvido?―preguntó Hernán consternado.

―Ni yo sé que es eso, solo Jehova y Lucifer son tan antiguos como para saber que hay ahí.

Las alimañas se seguían amontonado a su paso: roedores, murciélagos, mosquitos; de tamaños ridículamente enormes los envolvían, pero ninguno los atacaba.

―¿Por qué no nos atacan?

―Hay jerarquías en el infierno, ellos son demonios menores, son simples alimañas. Yo soy el segundo a cargo en el tercer círculo, soy más poderoso y me deben respeto. No tanto así los toros albinos y el Minotauro. ―Hernán percibió el tono de preocupación en Altivar.

―¿Le temes?

―No, pero los toros nos observan y nos dejan pasar, saben que somos intrusos, quieren que lleguemos al palacio, lo más probable es que el Minotauro nos esté esperando.

Cuando llegaron al palacio, Hernán sintió un ligero dolor en el cuello intentado mirar la cima de este. Y como Altivar lo sospechó, el Minotauro, un animal mitológico, mitad hombre, mitad toro estaba de pie en la entrada del palacio. La descomunal bestia aparentaba medir más de cuatro metros de altura y pesar alrededor de cuatrocientos kilos. Los cuernos eran enormes huesos manchados con sangre, que al igual que el hocico de Altivar, escurría brea. El pelaje blanco contrarrestaba el paisaje de una forma tan inmaculada que se segaría a cualquier persona que lo mirara. Hernán tuvo que entrecerrar los ojos para poder verlo.

La expresión del jefe del sexto círculo no era precisamente lo que se diría una cara feliz, se lo veía furioso, pero al mismo tiempo tenía la tranquilidad de quien ha vivido tanto que ya nada lo puede sorprender.

―Nadie, desde que se creó este círculo, ha tenido las agallas de venir a la puerta de mi casa, ¿qué quieres Altivar? Que yo sepa todavía estas vetado del infierno. ―El toro se dirigió al can con los modales y la rectitud que se esperaría de un juez. Altivar se quedó estático, solo su sonrisa sarnosa podía compararse con el esplendor del Minotauro.

―¿Hace trescientos años que no estoy aquí y así me recibes?

―Te recibo como lo que eres, Altivar, un intruso. Pero no importa, seguramente tu padre no tardará en enterarse que estas aquí. Cuando eso suceda solo dispondré a disfrutar del espectáculo.

―Lo que haya pasado entre mi padre y yo a vos no te incumbe, toro de mierda.

―Cuida los modales Altivar, no me gustaría enseñarle modales a un perro viejo. ―El can estaba a punto de contestarle, cuando el Minotauro lo interrumpió―. El humano que te acompaña, ¿quién es?

Hernán lo observo detenidamente, por fin sus ojos se ajustaron al blanco pelaje del bobino―. Soy un alquimista de la tierra y estoy realizando el desafío de Methistofeles―el Minotauro enarcó las cejas―, estoy buscando el talismán de Lilith que está escondido en el templo que está a tus espaldas. ―El toro sonrió y serie de colmillos, afilados como los de un tiburón blanco, se dejaron entrever en el hocico del demonio.

―¿Así que el desafío de Methistofeles? ―vociferó una carcajada estridente, fue una risa tan contagiosa que todos los descendientes del Minotauro se unieron al unísono―. Hace miles de miles de años que nadie cumple ese desafío, querido mortal.

―Solo me queda conseguir el talismán.

―Deduzco que uno de los desafíos fue cortarte el brazo, típico de la señora Lilith, le encanta la sangre. ―Altivar, que seguía posicionado al lado de Hernán, comenzó a expulsar un calor abrazador, la sangre debajo de su piel hervía y el olor a carne quemada comenzaba a inundar el ambiente, el Minotauro se percató de esto, pero lo ignoró, estaba mucho más interesado en el alquimista―. ¿Qué fue lo primero que le hizo hacer?

―Matar a mi gato a sangre fría. ―Al recordarlo, Hernán sintió un ligero vacío en el pecho.

―Por lo que veo, tienes la voluntad y el coraje suficiente como para perder un brazo y matar algo que amas. Debo confesarte que iba a despedazarlos a los dos ―Altivar emanaba cada vez más vapor de su cuerpo y su rostro comenzaba a desencajarse tornándose cada vez más sobrio y lúgubre―. Sin embargo, ahora estoy en duda, querido mortal. Espero que comprendas que no puedo dejarte pasar como si esta fuese tu casa o tu plano, pero te propongo algo ―dijo el toro.

―¿Qué?  ―respondió Hernán temeroso.

―Si logras resolver la adivinanza que te voy a plantear, te doy el talismán y te dejo ir, a ti y a Altivar; pero, si pierdes, los destrozare a ambos.―El Minotauro extendió su mano derecha y de nada apareció el talismán que Hernán tanto añoraba.

―Quisiera ver que lo intentes ―refutó Altivar, poniéndose de pie e igualando la altura del Minotauro. Este, al ver el abominable aspecto del can retrocedió un poco, volvió a mirar a Hernán y le preguntó:

―Estás de acuerdo, ¿o no?

―Está bien. ¿Cuál es la adivinanza?

El Minotauro volvió a mostrar los colmillos y Altivar imitó el gesto, demostrando que él no se quedaba atrás.

“Todos viven sin aliento.
Fríos como muertos.
Nunca con sed, siempre bebiendo.
Todos sin aire.
Siempre en silencio.”

Altivar frunció el ceño, demostrando que no tenia de la más remota idea de que era lo que estaba hablando el Minotauro, por el contrario, este sonrió y los colmillos se hicieron aún más evidentes. El Minotauro tenía la victoria asegurada.

Hernán lo miraba vacilante, como buscando la respuesta en sus ojos. Repitió la frase unas tres veces en voz baja, Altivar lo miraba desde su descomunal altura y en interior rogaba que supiera la respuesta.

―Se te acaba el tiempo, querido mortal. ―La sonrisa burlesca del Minotauro se hacía cada vez más ancha.

Entonces, Hernán lleno de seguridad le respondió:

―El pez.―Y se coronó ganador.

El Minotauro bramó de ira y en este caso fue Altivar el comenzó a reír como un loco. El Minotauro no soportó la burla y salió galopando, resguardando el talismán en unas de sus manos, a toda velocidad para envestirlos con sus enormes y temibles cuernos.

Altivar observó a Hernán y le dijo:

―Ya hiciste tu parte, ahora me toca a mí. Apenas le quite el talismán lo agarras y volves a tu mundo, Lilith te está esperando. ―Hernán solo asintió y en menos de un segundo el can también se encontraba en carrera. Si bien el Minotauro era el doble de grande que Altivar y en apariencia era la pelea de un titán contra un semi diós, el canino, al igual que Hernán, dio la sorpresa. En menos distancia logró juntar más fuerza que su adversario y lo invistió directamente en el cuello con sus afilados dientes. Sin embargo, el Minotauro logró clavar uno de sus cuernos en el pecho y corazón de canino. Ambos salieron despedidos hacia el palacio.

El impacto fue tan fuerte que toda la descendencia del Minotauro y Hernán quedaron perplejos y aturdidos. Pero el alquimista sabía que no tenía tiempo que perder y se reincorporó. Vio que Altivar estaba sobre el Minotauro desgarrándole la mano en la que tenía resguardado el talismán. El alquimista lo comprendió inmediatamente y corrió hasta donde se efectuaba la pelea, cuando llegó le agradeció con un gesto, tomó el talismán y se arrojó en el interior del portal que se acababa de abrir en torno a sus pies.

Una vez del otro lado, Lilith lo tomó en sus brazos y lo acurrucó como si fuera un bebé, el impacto fue tan grande que se desmayó al cruzar al otro plano. Le acarició el pelo y Hernán despertó. Se la quitó de encima rápidamente, como si en vez de estar rodeado por los brazos de una hermosa mujer se encontrara sumergido en un saco de mierda. Lilith se sintió ofendida.

―Solo te estaba cuidando―le dijo reprochándole y desprendiendo tristeza en su mirada.

―No necesito que me cuides ―respondió Hernán lleno de ira furioso.

Lilith sintió un vacío enorme y un nudo en su garganta, estaba triste y se asustó de sí misma al darse cuenta que en dos días había sentido más emociones que en toda su vida como demonio.

―Acá está el talismán ―se lo extendió con su brazo bueno―. Ahora devolveme a mi hermana.

Lilith suspiró, como si supiese que todo había sido en vano y que después de eso el mundo de Hernán se desmoronaría. Pensó en el dolor que él sentiría y sintió aún más tristeza.

―Vamos al cementerio, pero primero tengo que advertirte sobre algo…

Ambos se miraron en la penumbra, él, lleno de despecho y resentimiento; y ella, llena de emociones que no alcanzaba a comprender.

Continuará…

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