Pan de algarroba y jamón crudo

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—Josefina Visaguirre Hamilton… ¿aceptas por esposo a…?

—Federico Pueyrredón Azcuénaga… ¿aceptas por esposa a…?

Fue así como las dos fortunas más grandes de Argentina se unieron en santo matrimonio en la catedral de Mendoza, él porteño y ella mendocina. Dos alianzas de oro y las firmas en el libro misal fueron sus testigos, y con un “Dios los bendiga” del arzobispo Cándido Rubiolo, finalizó la ceremonia religiosa. Fotografía Contempora en el primer piso de calle Catamarca 12, los esperaba para la foto matrimonial y como preludio de los festejos, no en un salón, sino a partir del alquiler de la Plaza Independencia, único lugar con capacidad para albergar a cinco mil mesas y treinta mil invitados a la cena.

Veinte años antes… empezaba el ciclo lectivo correspondiente al año 1970, la Señorita Cecilia era la maestra y le daba la bienvenida a un grupo mixto que iniciaba el largo camino de la educación primaria, en uno de los mejores institutos de la provincia. Por una ordenanza del gobierno de Mendoza, se exigía a las escuelas y colegios, que debían sentar a un niño con una niña para fomentar una sana competencia entre ambos.

Una de las blancas palomitas fue Josefina, hija del doctor Vicente Visaguirre Villavicencio y la doctora Helen Hamilton Heineken, ambos egresados de la Universidad de Buenos Aires, él con medalla de oro y ella por título comprado, dueños de uno de los bufet de abogados más prestigiosos y con mayor influencia en Mendoza; rubia de ojos celestes y superdotada, a sus tiernos seis años hablaba a la perfección tres idiomas, eximia pianista, que asombraba por su rapidez mental para ejecutar cálculos matemáticos.

El compañero elegido fue Hernando Pilectay, hijo de padre desconocido y Natalia Pilectay, celadora del establecimiento educacional, que por tal, se había hecho de un banco para su hijo en el aula de aquel primer grado infantil; nacido en una colonia de artesanos huarpe, ubicada en la confluencia de los ríos Tunuyán y Desaguadero en el municipio de La Paz, el que a duras penas hablaba el castellano, ya que su lengua originaria era el dialecto millcayac.

Josefina y Hernando congeniaron de inmediato e hicieron intercambio de meriendas; él cedió un emparedado de pan de algarroba y jamón crudo que sacó de una bolsita de nylon y, ella, extrajo de su canastita de mimbre un sándwich de carne de antílope sazonada con especias asiáticas y un par de masitas finas coronadas con crema chantilly. Y como primera tarea, colorear unas vasijas de cerámica impresas en una hoja de papel.

La Señorita Cecilia daba por concluido ese primer día de clases y autorizaba a las madres a entrar al aula para retirar a sus críos. La doctora Hamilton al ver a su hija con Hernando, salió despavorida y fue directo a la Dirección. Unos minutos después, la maestra era citada por la directora, como así también Natalia; algunos gritos y varias amenazas se escucharon, todo quedó ahí nadie dijo nada.

Natalia ingresó al aula y abrazó muy fuerte a su hijo. La doctora Hamilton tomó por el brazo a su hija y la sacó del lugar. Esa misma tarde, un avión privado partía rumbo a Suiza con destino al colegio Surval Montreux, un exclusivo internado para niñas adolescentes, que aceptaba a Josefina por su coeficiente intelectual, a pesar de ser menor y no europea. Esa misma tarde, un sulky tirado por un burro trasladaba a Natalia y Hernando a la colonia de donde eran oriundos en La Paz.

Algunos años después… el doctor Visaguirre era designado Juez de la Suprema Corte de Justicia de Mendoza, cargo para el que la doctora Hamilton creía estar más capacitada que su marido. Al otro lado del Atlántico, las universidades más importantes de Europa: Oxford, Cambridge, Munich, Moscú… luchaban por tener a Josefina como alumna, sabían que estaban frente a una mente que descubriría la cura para el cáncer o que diseñaría una máquina para viajes interplanetarios; aunque el arte era su vocación y pintar objetos de cerámica su gran pasión.

Natalia había conseguido una changa para limpiar los domingos la capilla y entre semana las calles del pueblo de Desaguadero, pasada obligada de vehículos por su arteria principal, la Ruta Nacional 7. Hernando había terminado la escuela primaria y de sus antepasados huarpes aprendió a moldear la arcilla, la que después de horneada, se transformaba en vasijas de cerámica que llevaba al Arco para comercializarlas; sumando al combo, emparedados en pan de algarroba y jamón crudo.

Un pasaje de avión llegaba al departamento que Josefina arrendaba en la localidad de Montreux, frente al lago Ginebra; conjunto a él, una carta de ciudadanía que la habilitaba a cursar sus estudios en la Escuela de Leyes de Harvard en los Estados Unidos de América, tramitada por la doctora Hamilton. La joven no tuvo posibilidad a nada, su madre tenía su futuro planeado y era hora de empacar.

Un año después y sin antecedentes similares, Josefina se recibía de doctora en leyes y Harvard la premiaba con una medalla de titanio, un metal exótico más valioso que el oro y que ningún egresado había recibido jamás. La Casa Blanca y el Kremlin ponían sus ojos en ella, pero Europa no iba a permitir que se la arrebataran. La Corte Internacional de la Haya le ofrecía el cargo de Presidente, ya que el argentino José María Ruda que lo ejercía, ponía en duda su continuidad. Pero, una carta de su madre con la orden de regresar a Mendoza, la obligarían a desestimar la propuesta.

Josefina arriba a Ezeiza una semana después y por una huelga general del transporte, alquila un auto para viajar a Mendoza. Luego de catorce horas en la Ruta Nacional 7 y a pesar del sueño, decide continuar y no parar en San Luis; en la medianoche del sábado llega al Arco del Desaguadero. El control policial detiene su marcha y tras presentar los documentos solicitados, los uniformados le sugieren pernoctar en la capilla hasta el domingo en la mañana.

—Señorita despierte; en media hora empieza la misa de las 8 y tengo que limpiar —dijo Natalia.

—Disculpe señora, perdí la noción del tiempo. —contestó Josefina.

Veinte años después… Natalia y Josefina se encuentran nuevamente, pero el transcurso del tiempo ha cambiado sus facciones por lo que al parecer no se reconocen. La joven recoge su pelo y se pone gafas oscuras, para que el sol mendocino no dañe sus ojos. Sale de la capilla, contigua a ella, una mesa con cerámicas y un vendedor que ofrece emparedados de pan de algarroba y jamón crudo. Josefina va hasta su vehículo y no puede con su genio, de su valija extrae una cartuchera con pinceles y témperas, regresa y sin que se dé cuenta Hernando, toma entre sus manos una vasija… lo dibuja a él y al Arco del Desaguadero.

—Señorita… ¿qué hace?

—Perdón… no quise incomodar.

—Qué bonito dibujo, se merece un emparedado y la cerámica es suya.

—Gracias, muero de hambre.

—Señorita, saque su auto que está complicando el tránsito. — dijo un policía.

—Fue un gusto conocerlo… ¿Cómo es su nombre?

—Hernando… ¿Y el suyo?

—Josefina… me voy me voy, sino me multan.

Luego de dos horas de viaje… Josefina arriba a Mendoza y se dirige a su casa en la avenida Emilio Civit y calle Boulogne Sur Mer. Lo primero que ve luego de entrar, es un vestido de novia y una etiqueta con su nombre. De una habitación contigua sale la doctora Hamilton y no la saluda, siendo que hacía veinte años que no la veía.

—¡La semana que viene te casas!

—¿Quééé? —dijo Josefina.

—Como escuchaste; Federico te pretende y pidió tu mano, le dije que sí.

—¿Qué Federico? —dijo Josefina, más perdida que antes.

—Su padre es dueño del bufet de abogados más importante de Buenos Aires, y necesito de él para llegar a ser Jueza de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ya que tu padre se quedó con el cargo a nivel provincial y tengo que esperar que muera para acceder a él.

Por la noche… Natalia y Hernando, después de contar el dinero obtenido, se deciden a cenar. No hubo palabras entre ambos, muy raro en ellos, siempre sus charlas se extendían por horas hasta que alguno de los dos sucumbiera al sueño. Ese día casi no hablaron, lo que preocupó mucho a Hernando.

—¿Qué pasa mamá?

—Nada hijo, estoy cansada.

—Viste la chica que salió de la capilla, pintó una de mis cerámicas y se la regalé; se llama Josefina.

Sin mediar palabra alguna, Natalia se levanta de su silla y va a su habitación, se encierra y comienza a llorar desconsoladamente. Hernando pensó que la había ofendido, golpea la puerta y pide permiso para entrar. Natalia abraza a su hijo como nunca lo había hecho, excepto, aquella vez que los habían echado de la escuela primaria, veinte años atrás.

—¿Qué sucede mamá?

—Josefina… es tu compañera de primer grado.

—¿Cómo sabés?

—Me di cuenta en la capilla, cuando dormía el pelo y al despertar sus ojos, y ahora que decís su nombre.

—Es mi oportunidad mamá, siempre la quise.

—Olvidate hijo, no es para vos. La doctora Hamilton ese día en la dirección, me dijo que si te acercabas a su hija, nos iba a matar a los dos.

—No me importa mamá, la voy a ir a buscar.

—Si salís de esta casa, no te atrevas a volver; no sos más mi hijo. —dijo Natalia.

En la madrugada y sin posibilidad de conciliar el sueño, Josefina saca de su valija la cerámica que recibió en La Paz y comienza a observar al vendedor. Sus facciones y su dialecto le recuerdan tiempos pasados, como así también, ese sabor exótico que había dejado en su paladar aquel emparedado con el que había saciado su apetito. A pesar de su inteligencia, busca en su mente una respuesta al interrogante, sin hallarla. Va a la habitación de su madre, le muestra la vasija y el dibujo de Hernando, para sacarse la duda con su ayuda.

—Mamá… ¿lo conoces, su cara no te es familiar?

—Ni idea Josefina. Dejame sola que tengo que hacer una llamada urgente.

Una semana después y como todos los días, Hernando deja el rancho en donde vive con Natalia y carga los emparedados, la mesa y las cerámicas, y parte con rumbo al Arco a trabajar. Luego de armar el puesto, se hace del diario Los Andes, en el título de portada se anuncia el casamiento de Josefina y en la foto principal la cara de la doctora Hamilton. Al caer la tarde, un policía del control lo llama y lo hace entrar a la sala.

—Hernando, sentate por favor. Encontraron a Natalia muerta, le pegaron un tiro.

Dos noticias que lo destrozaron… Josefina a pocas horas de contraer matrimonio y, unas horas antes, Natalia había sido asesinada. La difunta yace en la morgue y el médico forense practica la autopsia y extrae la bala asesina. Terminados los estudios y determinada la causa del deceso, Hernando retira el cuerpo por la mañana y lo lleva a la capilla para el velatorio a fin de enterrarlo por la tarde, ese domingo.

En la noche… Hernando viaja a la ciudad de Mendoza y alquila una habitación en una pensión en la Cuarta Sección, después de firmar su ingreso, le pregunta al conserje si sabe de alguien que venda un revólver. Obtiene el teléfono de un sicario judicial signado como el máximo traficante de armas a nivel provincial y le hace una llamada. Temprano en la mañana parte al encuentro.

—Es una 22 y está cargada, dame 500 mangos y hacemos negocio. — dijo el malandra.

—Parece vieja… ¿funciona? —preguntó Hernando.

—Sí. Le faltan dos balas, dos laburos, un encargo de una abogada y el sábado en la noche un tipo me fastidió y lo maté. Va envuelta en papel de diario para que no sospeche la cana.

Hernando la compra y se retira del lugar, debe caminar pocas cuadras para llegar a la pensión. Una vez dentro de la habitación, toma una decisión que sólo le corresponde a Dios y es privativa al libre albedrío de cualquier ser humano. Extrae el arma y arroja el periódico que la envuelve al piso, eleva su brazo hasta su sien por encima de su oreja y jala del gatillo —una vez, otra vez— ningún disparo.

Pone en duda el funcionamiento del revólver, recuerda las palabras del malandra y las dos balas que faltan, mira el tambor y en su interior dos casquillos vacíos, más cuatro cartuchos. No quería volver a fallar y hace un tiro de prueba al diario que está en el piso, presiona el gatillo y escucha un estruendo, el arma funciona no le había mentido. Toma en sus manos el periódico para ver el tamaño del orificio y confirmar que el próximo disparo será mortal y el definitivo. El tiro le señala una publicidad de Fotografía Contempora, en la foto están Josefina y su marido, aunque no puede verlo a él porque el balazo le atravesó la cara.

Deja el arma sobre la cama, respira muy profundo, con periódico en mano se va a calle Catamarca 12; quiere saber pormenores de aquella sesión de fotos de su amada, para luego regresar a la pensión y terminar con su vida. Entre los locales de Mundial Cambios y Casa Konig, una escalera lo conducen al primer piso del edificio, sube por ellas y al llegar toca el timbre. Uno de los hermanos Moschel, ambos fotógrafos consagrados, abre la puerta del estudio.

—Buen día, quería consultarle por esta foto… —dijo Hernando.

—Ahhh, si si. Dejé el rollo cargado en la cámara y mi hermano, por error, lo llevó el sábado en la noche al diario para la publicidad semanal de nuestro estudio, mientras yo declaraba en la comisaría y sin saber la desgracia que había ocurrido.

—¿Qué desgracia, qué pasó? —preguntó Hernando.

—¿No se enteró, no leyó el periódico? mire en la próxima página —dijo Moschel.

Hernando hace caso al pedido del fotógrafo y pasa a la siguiente hoja. Después de la sesión de fotos le dispararon al marido de Josefina y lo asesinaron de un tiro, según decía en las policiales del diario del domingo. Moschel hace entrar a Hernando y con lujo de detalles le cuenta los eventos ocurridos… después de sacar la foto matrimonial partieron a la cena en la Plaza Independencia, al llegar a planta baja, se encontraron con un malandra que abría un boquete en la casa de cambio para robarla, al ser descubierto, le pegó un tiro en la cara al novio y falleció en el acto; la chica fue internada en estado de shock, todavía no declara y no se sabe si vio o no al agresor.

Hernando estrecha la mano de Moschel y vuelve a la pensión. Al ingresar a su habitación siente un golpe fortísimo en la cabeza y cae al suelo, un tendal de hombres se abalanzan sobre su humanidad y lo inmovilizan. Luego lo esposan y le tapan la cara, incautan el arma que estaba en la cama y el periódico con el orificio de bala. Había sido denunciado por el conserje luego de escuchar el disparo, quien previamente y por presión del comisario, había delatado al malandra que se la había vendido. Una combi y diez policías los trasladan al Poder Judicial.

Al otro día, dos guardias lo sacan del calabozo y lo llevan ante el fiscal Matías Heineken. Mientras suben por la escalera, en el mismo instante, baja el malandra, acompañado por su representante legal la doctora Hamilton. El fiscal presenta el caso ante el juez Francisco Hamilton, no hay juicio, no se le permite defensa y como testigo, el malandra. El arma que le había arrebatado la vida a Natalia y al novio de Josefina, sumado al orificio en el periódico y el tiro en la habitación de la pensión, coinciden con el informe de balística; sentenciando a Hernando a cadena perpetua en la cárcel de Mendoza.

Josefina con el alta médica es trasladada en ambulancia hasta su casa. Al llegar, su madre le cuenta que el asesino de su marido está tras las rejas y que tiene lista sus valijas para viajar a Europa al otro día. Temprano en la mañana y previo a partir al aeropuerto, su padre le muestra la foto del condenado para que haga el reconocimiento correspondiente, dejar la sentencia firme y desestimar una posible apelación.

—Papá… él no es el asesino; aunque su cara me es familiar. —dijo Josefina.

—¿Cómo que no?… el fiscal lo probó y el juez lo condenó; también mató a una señora en La Paz.

El doctor Visaguirre sumerge a Josefina en un océano de dudas jurídicas, por lo que decide ir a la penitenciaría a esclarecer el hecho. Ingresa al penal, presenta su credencial de abogada y solicita una entrevista con el reo; unos minutos después, la silueta de Hernando se hace visible y sorprende a Josefina.

—¡Hernando! ¿qué hacés acá?

—Josefina… ¡Mi compañera de primer grado!

Después de esas palabras… el rompecabezas que tenía en su mente se completó con Hernando como la ficha que le faltaba, haciéndola retroceder veinte años a aquel primer día de clases en la escuela primaria. Sin mediar palabra, Josefina lo abraza y un siempre te quise de sus labios se escucha. Los guardias los tuvieron que separar.

—Josefina, soy inocente y no lo puedo probar. Me culparon de matar a tu marido y a mi mamá.

—¿La señora asesinada en La Paz es tu madre?

—Sí Josefina, no tengo coartada y nadie vio nada.

—Esto no va a quedar así Hernando, desde ahora soy tu abogada.

La doctora Josefina Visaguirre Hamilton apela el fallo ante la Suprema Corte de Justicia de Mendoza, presidida por el doctor Vicente Visaguirre Villavicencio, su padre; pide la recusación de los doctores: Francisco Hamilton, juez y tío, y Matías Heineken, fiscal y primo, por considerar que su imparcialidad no está garantizada; por lo que solicita al tribunal un careo entre Hernando, su defendido, y el malandra, cliente de la doctora Helen Hamilton Heineken, su madre.

Reunidos en la Sala… el doctor Visaguirre pide al oficial que haga pasar a Hernando y al malandra, y que traiga el arma homicida que sigue cargada con tres cartuchos, tres casquillos vacíos y envuelta en el periódico perforado por un tiro; sumando a la prueba, las balas utilizadas en los asesinatos de Natalia y el novio de Josefina, y la que se extrajo del piso de la habitación en la pensión.

Luego un giro impensado en la causa, Josefina de abogada defensora se transforma en testigo y víctima, señala al malandra como el asesino de su marido; el que al verse acorralado, signa a la doctora Hamilton como la autora intelectual del crimen de Natalia; la que sin mediar palabra, se hace del revólver propinándole un tiro en la cabeza a su defendido, para después apuntar a Hernando y disparar otro balazo acompañado de un te odio a vos y a la maldita de tu madre, para terminar con el arma en su boca y con la última bala se quita la vida.

El Supremo Tribunal de Justicia de la provincia de Mendoza se regó de sangre… seis balas y un revólver calibre 22 como culpable, víctima, cómplice, testigo o partícipe necesario de la muerte de Natalia, el malandra, la doctora Hamilton, un periódico con un orificio de bala en la cara del marido de Josefina asesinado unos días antes y que había evitado el suicidio de Hernando, aunque lo había herido y le había dejado una cicatriz en recuerdo de los sucesos ocurridos.


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