Encrucijada II

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Claramente las cosas no volverían a ser como antes. Petra había conocido la lujuria en los labios y en el cuerpo de Aldana, y Gustavo había abierto una puerta que, hasta ese momento, permanecía cerrada.

Planearon un viaje a Brasil. Ambos venían de rutinas muy estresantes y Petra no conocía el mar. En la mente de ambos había una pequeña idea revoloteando, la de tener una aventura con alguien del lugar.

Cuando llegaron a Rio los recibió una lluvia torrencial, con lo cual solo pudieron quedarse en el hotel a planear lo que harían el resto de los cinco días de vacaciones. Dejaron las maletas y Gustavo se recostó en la cama mientras que Petra ordenaba la ropa en el placard. Y por cosas de la vida su mente empezó a recordar el encuentro con Aldana. La suavidad de su piel al tacto, el gusto de su éxtasis, su perfume. Y en el medio de ese recuerdo hipnotizante fue que Gustavo se le acercó, le metió la mano por abajo de tanga y le dijo —estás lista para hacer el amor — y empezó a masturbarla a lo que ella se fue dejando llevar.

Hicieron el amor entregándose ambos al éxtasis pleno de desear la piel, y el alma.

Cuando acabaron quedaron desnudos abrazándose, mirando a la ventana que reflejaba que en Rio había dejado de llover.

A la noche salieron a comer a un restaurante a orillas de la playa, y después de comer se fueron caminando de la mano despacio hacia un boliche que el mozo les había recomendado. Cuando entraron estaban poniendo bachata y empezaron a bailar sensualmente. En un momento se fueron a la barra a tomar un trago, y cuando estaban por volver a la pista, una mulata de pelo largo y ensortijado se acercó y le preguntó a Gustavo si quería bailar con ella.

Petra miró a los ojos de su marido, casi como aprobando la situación, y Gustavo se levantó y fue a bailar con aquella morena infernal.

Petra no había sentido nunca tanto placer al mirar como su marido bailaba pegado a aquella mujer desconocida hasta ese momento, que sintió como su entrepierna se iba humedeciendo. Y justo se le acercó un muchacho de piel clara, más alto y fornido que Gustavo que la invitó también a bailar. Ella se levantó de la barra y se internó a bailar acaloradamente con aquel tipo que exhalaba sensualidad.

En un punto ella observó como la morena le agarró la mano a Gustavo y lo condujo hacia la zona de los baños, donde ambos entraron, pero no salieron de inmediato.

Petra lo supo. Estaban teniendo sexo. Cuando los dos salieron, Gustavo se acercó hasta donde Petra estaba bailando y le dijo —vamos —, ella accedió, no sin antes despedirse del muchacho.

Tres días después volvieron al mismo boliche y si bien la mulata no apareció, si volvió el muchacho que había bailado con Petra. Esta vez ella dejó a Gustavo en la barra y comenzaron a bailar intensamente mientras que el muchacho le besaba el cuello y sin vergüenza acariciaba su espalda baja, hasta llegar a la cola. El la tocaba, y ella miraba hacia la barra donde  su mirada lasciva se encontraba con la de Gustavo que la miraba expectante y deseoso. En un punto casi al fin de la noche ella condujo al muchacho al baño, en donde tomó su miembro erecto por el calor del baile y se lo metió a la boca, saboreándolo con dedicación. Después de un rato salió sola del baño limpiándose la boca, buscó a Gustavo, lo miró y lo besó intensamente en la boca. El se dio cuenta al momento pero no le importó. El morbo se hacía presente.

Quizá ambos sentían placer en saber que  tenían sexo con otras personas y, claramente era un condimento muy picante para su propia relación.

Cuando volvieron a Mendoza ambos se dieron cuenta de lo que pasaba. Se amaban intensamente, quizás más que al comienzo de la relación, pero no se imaginaban teniendo sexo solamente entre ellos. El hecho de tener la libertad de tener sexo con otras personas, pero a la vez sin dejar de desearse mutuamente, era algo que a los dos les parecía excitante y necesario.

—No imagino a nadie más para estar a mi lado —le dijo ella.

—Yo tampoco —le respondió él.

Y así quedarían. Siendo libres de saber que el deseo ya no se limitaba a ellos dos. Ahora podían hacer lo que querían. E iban a ser libres.

FIN