La puerta escondida

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—¿Querés que leamos…?

Leímos unas horas, hasta que el calor sofocante cedió paso a un fresco de sweater y pantalón largo, y entramos. Entonces llegaron los vinos, y la guitarra, y las canciones, y las historias…

Es un planeta diferente, es como un espacio donde el placer está dado por montículos de letras amontonados como hojas barridas de un otoño perpetuo. Letras más grande, más chiquitas, todas rejuntadas por acá, por allá… La miro y le veo las historias en sus ojos. Historias vírgenes que aún no probaron el ser leídas, historias dormidas, prematuras, no puedo mirarla sin ver esa cabeza que pinta con frases precisas los escombros que la vida le fue arrinconando en esquinas vedadas, en vanos tapiados, en ventanas de picaportes rotos…

No, no es algo romántico. El romanticismo está sobrevaluado. Es mucho más que romántico: es pura admiración. Es verla a ella reír, o ponerse seria, o verla cocinar, o simplemente fumando, y pensar en sus manos escribiendo, imaginarme si a ella le pasa lo mismo que a mí cuando deshojo una historia. Si ella aprieta las manos, si mira fijo la pantalla o el papel, si corta el tecleado frenético con una pitada y la vista perdida en cualquier ventana. “Estoy escribiendo unos cuentos, pero todavía no los vas a leer”, me dice.

Ella no lo sabe, pero en sus cuentos hay siempre una puerta escondida, una puerta oculta sin manija que se abre solo desde adentro, y que en cada cuento la vuelvo a encontrar, disimulada en una pared, o disfrazada de molduras y arabescos tallados en la boiserie toda pintada de blanco, o de madera lustrada, pero la puerta escondida ahí está siempre.

Me desespera cuando leyendo un cuento de alguien veo esa puerta escondida, esa puerta disimulada entre los muebles o sellada bajo un empapelado, o sencillamente cerrada. No es usual, pero hay personas que escriben un cuento y sin saberlo dejan esa puerta en algún sitio no muy a la vista. Ella la deja así, no muy a la vista. Y no se anima a escribir mucho.

Escribir tiene algo muy ingrato. No hay una facultad para escritor. No existe una universidad que te de un título que diga que un grupo de académicos resolvió que cursaste muy bien cinco años de una carrera que ahora te habilita a escribir lo que quieras. Entonces la gente escribe, y el que quiere escribir mejor hace taller literario, y escribe mejor. Y en el camino quedan muchas personas, o no tantas tal vez, que escriben también algunos cuentos, pero en los que dentro de ellos se esconde la puerta escondida, aquella puerta que al abrirla se tiene acceso a un palacio de mil habitaciones, plagado de pasillos, de salas de distribución, de salones y toilettes, de jardines secretos, de escaleras de mármol y domos altísimos con molduras y frescos en sus cielorrasos. Es raro encontrarla en algún cuento, sin embargo ella las tiene, e inconscientemente las deja escondidas detrás de una escalera o tapada por una cortina, pero yo las veo, siempre las veo.

Nos despedimos y quedamos en vernos. En vernos y escribir. Y leer. Pero yo no fui honesto. Yo seguiré esperando, paciente, expectante, ese día en que ella, sin notarlo siquiera, estire su propia mano y abra la puerta escondida.