Libro en blanco | Séptima parte

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“Lo único que llega con seguridad es la muerte”
Gabriel García Márquez

“Una muerte bella honra toda la vida”
Francesco Petrarca

“El adiós es algo doloroso e incomprensible para los humano” pensó Lilith, mientras se dirigían al cementerio. Ella estaba maravillada por el uso que Hernán le daba a la magia. Se movían como sombras fantasmales entre los transeúntes que se aventuraban a hacer sus recados o hacer sus ejercicios en el refugio de la noche. Prácticamente eran imperceptibles. Su materia se formaba y deformaba a media que sorteaban obstáculos.

La velocidad era abismal, cuando se pusieron a la par de los autos que circulaban por la ruta que desembocaba en el cementerio, estos parecían moverse como tortugas al lado de ellos.

Era como si el tiempo a su alrededor se hubiera detenido, Lilith miraba la cara de consternación y concentración que tanto caracterizaba al alquimista y sentía cada vez más confundida, negaba profundamente ese sentimiento; pero ya imposible negarlo, hasta para sí misma; se había enamorado de un humano.

Traspasaron la reja del cementerio y la paz en el parque de descanso era atemorizante, en el lugar se presentía la calma que existe antes de la batalla. Hernán giró sobre sí mismo y apunto con su brazo sano hacia la cabina donde descansaba el guardia, y luego de decir unas breves palabras el hombre apagó las luces del habitáculo y cayó rendido en un sueño muy profundo, donde pesadillas atormentadores de un brujo y un monstruo que roban cadáveres no lo dejarían traumado de por vida.

―Muy ingenioso ―aseguró Lilith.

―¡Ahh! ―exclamó Hernán, dando a entender que la felicitación es exagerada―. Eso no es nada, lo sabía hacer cuando tenía apenas catorce años, esto es magia de alta calidad. ―Sus ojos se pusieron blanco y comenzó a elevarse, su aura se volvió gris y comenzó a flotar a unos quince centímetros del suelo. Miles de insectos lo rodeaban, formando a su alrededor un torbellino impenetrable. Lilith observaba y sintió temor, comprendió que Hernán conocía todos los secretos del cielo y del infierno, comprendió que era el mortal más poderoso, comprendió, con mucha pena, que si él lo deseaba podía destruirla y enviarla al olvido. Comenzó a temblar a media que veía que el cuerpo del alquimista se volvía uno con los insectos. Las alimañas desgarraban la piel de su muñón y la sangre salía desprendida a chorros, era como su corazón fuese una bomba trabajando a máxima capacidad. Entonces, el alquimista profirió otro conjuro y la sangre coaguló formando una extremidad nueva que desprendía vapor en sus bordes. Hernán observó su creación y se mostró soberbio ante el demonio que no podía creer lo que veía.

―Esto es magia, Lilith. Se parece un poco a la textura de Altivar, ¿no te parece?

―Sí, tienes razón. Me impresionas.

―Y te asusto, me doy cuenta por tu mirada. No tienes nada que temer, yo sabía a lo que me exponía cuando te llamé. Resucita a Milagros y esto terminará.

―Antes de hacerlo, Hernán, debo advertirte. Esto no es tan sencillo. Sólo el Nazareno tuvo el poder de volver y traer a los muertos tal cual eran antes de padecer.

―¿Qué quieres decir?

―Va a volver, pero quizás no sea como tu hermana.

―No digas estupideces, una vez que resucite va a ser hermosa y tierna como siempre, y va dejar de sufrir en el segundo circulo. Cada segundo pasa son como mil años de tortura para ella. Así que apúrate, voy a desenterrarla con una pala, no quiero que la magia dañe su cuerpo.

El muchacho comenzó a cavar apresuradamente, al verlo transpirar y a trabajar sin detenerse, Lilith se sintió más atraída hacia él, pero al ver el rostro contraído y lunático se percató de que nada podía resultar bien después de sacar el cuerpo. Hernán llegó a la caja de madera, la abrió con mucho cuidado, y soportando el olor y los fluidos que desprendían el cuerpo inerte de la que alguna vez su hermana, la depositó en suelo, junto al pozo que debía ser su lugar de descanso eterno.

La limpió suavemente y con un breve conjuro restauró todas las heridas que le causaron la muerte. Milagros se veía hermosa, era la niña dulce de dieciséis años que el recordaba. Al verla con el vestido que usó para su fiesta de quince, recordó el vals, la cena, la noche que él creyó había sido perfecta, no podía creer que solo un año después estaba en el suelo abrazándola intentando mantener el llanto para que el demonio no viera señal de debilidad. Hernán era muy inteligente y era el ser humano más poderoso del mundo, pero no tenía la capacidad para darse cuenta de que Lilith sabía lo que sentía y que sí fuese por ella lo abrazaría, e incluso lloraría con él.

El demonio sacó el talismán de entre sus dedos―. ¿Estás seguro? Después de esto no hay vuelta atrás. ―El alquimista solo asistió, no podía encontrar la manera de formar una frase simple sin comenzar a llorar como un niño que está perdido en el medio del bosque y escucha aullar a los lobos.

Lilith tomó la pequeña esfera de cristal, que parecía hervir a mil grados en su mano, y la depositó en el pecho de Milagros. La gema se hundió en el mismo y una luz dorada brilló en el interior del cadáver. Todos los huesos y órganos se tornaron de diferentes colores. Los huesos se tornaron negros como una noche sin estrellas, los órganos como: los pulmones, el diafragma y el estómago se tonaron violetas, pero el corazón se tornó dorado al igual que la gema. Entonces, en un instante que duró una eternidad, Hernán dejó escapar una lágrima y antes de que esta callera al suelo se emocionó al ver que el corazón de Milagros volvía a latir. Una pequeña ráfaga de aire entró recelosamente por su boca, y un leve suspiro salió de la misma breves segundos después. La muchacha abrió los ojos, vio a su hermano y suspiró en voz baja:

―Hernán. ―El alquimista se abalanzó sobre ella y la abrazó con la ternura que solos los hermanos pueden dar. El abrazo se sintió frio y desconcertante, sin embargo, él estaba feliz. Milagros había vuelto a la vida, solo faltaba llamar a su mamá y por fin los tres podrían estar juntos de vuelta. Él se olvidaría de la magia y se dedicaría a tener una vida normal para no perderlas nunca más…

Continuará.


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