El Novio de mi Ex

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Ayer fue viernes. Me levanté desconociendo el típico meme donde tu cuerpo sabe que esa emoción corresponde al momento de la semana en la que estás. El mío no estaba enterado, o paradójicamente lo sabía todo.

Lunes, miércoles y viernes voy a correr una hora, religiosamente. El hábito del deporte no ha sido una dificultad nunca en mi fluctuante vida deportiva, pero si un día, si… UNO, no voy por algún motivo, entro en una decadencia inmanejable de irregularidades que acaban con diez kilos encima, en cuestión de un par de meses. Esa la tengo tan clara, que ni el cansancio con el que amanecí ayer pudo amedrentar mi convicción por esperar hasta las trece treinta horas para calzarme los cortos y salir.

Mientras me cambiaba me acordaba de los últimos dos Amargo Obrero que me había tomado antes de volver a casa. Habían sido demasiado como para pretender tener un viernes normal. Ya estaba listo, cerré la oficina y me metí la llave en un bolsillito diminuto que tiene el short para guardar esas boludeces que incomodan, pero no se pueden dejar. Noté que tenía un cordón desatado y me agaché; en lo que se me vino una regurgitación (así se dice) que me hizo analizar nuevamente la postura de no alterar la rutina.

Algo no andaba bien.

Puse la aplicación que me marca el tiempo y los kilómetros recorridos, conecté los auriculares y abrí Spotify para correr con la compañía de Pomplamoose. Aflojé un poco los hombros y arranqué.

Al parecer no estaba tan mal, probé un movimiento de pique y respondí bien. Tragué un poco de saliva para ver si los restos del desayuno que se habían asomado aún estaban dando vueltas y no… “Bien”, pensé. “A correr”.

El recorrido es siempre el mismo hace un año. Como en casi todo en mi vida, una vez que le agarro la mano a algo, no lo cambio fácilmente. Me conozco cada arbolito, cada parte de concreto rota donde debo saltar, cada posible charco y el tiempo de los semáforos para que nunca me agarren a la mitad. Hice el primer kilómetro y la APP me tiró los tiempos y distancia, venía mejor de lo pensado. Subí un toque el volumen y solté otro tanto las piernas. Habían quedado en el olvido esos mareos matutinos, esa alarma falsa que me impidió alejarme mucho del baño a media mañana; viento en popa llegué a la mitad del trayecto.

Crucé por la pasarela sobre la ruta y emprendí el retorno desde la zona norte del Acceso Este.

Para quienes no conocen Guaymallén, hay un pequeño laguito que en los veranos es aprovechado para ciertas actividades acuáticas: No es extraño ver culillos refrescándose, alguno que tira la caña intentando pescar algo mientras mira las minas que pasan haciendo ejercicios, etc. En esta oportunidad, habían dos hermosos Samoyedo, fascinados, pegándose una ducha envidiable. Los vi de lejos, me encanta esa raza. Varios años atrás solía tener contacto con uno que se comía las suelas de la zapatilla. Aún así era irresistiblemente lindo. El más grande tomaba carrera para saltar al agua mientras el otro se sacudía, revoleando para todos lados, lo que parecía barro. Una parejita los miraba a escasos metros con ambas correas en la mano. Se los veía divertirse con cada una de las piruetas que hacían los pichichos esos. Recuerdo que me reí; que me contagié de esas sonrisas como quien bosteza después de ver que lo hace otro. “Qué copado ser un perro” susurré. ¿Para qué? No sé, pero me imaginaba metido en ese lago viscoso, pegajoso, fresco, bajo el sol de treinta grados a la sombra mendocina, despojado de los prejuicios que como humano tendría para meter un solo dedo del pie al lago inmundo ese, y volví a desearlo. “See… que lindo ser uno de esos chocos, queloparió“, pensé.

Al parecer mi deseo se estiró demás, la periferia de la vista me falló y el cuerpo comenzó a trastabillar hacia adelante sin un destino al alcance. Me observé haciendo un bramido que por la música no escuché, pero noté como una flaca, que venía caminando en sentido contrario, se palidecía sosteniéndose la mandíbula con ambas manos. Mis ochenta kilos seguían en proceso de vuelo y uno solo de mis pies me respondía; cuando vi que la colisión era inevitable.

Adopté cierta posición defensiva y eyecté el celular hacia un costado.

Choque, topetazo, rasguño, golpe, raspón, fricción, arrastrón, corte y fin. Polvo y tos. Dolor. Mucho dolor. Había metido el pie izquierdo en una grieta y me había torcido el tobillo nivel Dios. No me podía mover, me tiritaba el posterior de la otra pierna que, al parecer, estaba empezando a acalambrarse. La transpiración pasó a ponerse fría mientras empezaba a pensar en mis seres queridos, sentía que me moría.

Cabe aclarar que mi umbral del dolor es prácticamente inexistente.

La circunstancia no podría ser peor. La rubia pasó por al lado mío atinando a ver si estaba vivo, a lo que respondí haciendo un gesto con la palma alzada, como que estaba todo en orden. Su cara de impresión fue lo último que vi, antes de volver a mi tobillo que se había tragado una pelotita de tenis, para ese entonces. ¡Qué puta iba a estar todo bien! En eso siento uno gritos: “¡Vengan para acá! ¡Felipe! ¡Rusita!”

¿Rusita? El Samoyedo con el que me vinculaba en algún momento se llamaba así. Giré un cuarto mi cabeza hacia atrás y veo como vienen, desencajados, los dos Samoyedos hacia mí. Sus babas se confundían con los pedazos de barro y pasto mojado que volaban. En cinco segundos los tenía encima. Al parecer, en su intuición barra razonamiento animal, mis movimientos y revolcadas habrían sido una invitación para jugar los tres. Comenzaron a chupetearme desde la oreja, pasando por el cuello, piernas y culo. Ida y vuelta. Todo mezclado. Me faltaban manos para taparme agujeros. Uno de mis ojos tenía una película de cinco centímetros de espesor de fluidos bucales caninos.

El dueño se aproximaba con un galope suave gritando “¡Noooo… que están todos cagados!”. Ahora entendía el aromar a mierda fresca que me estaba invadiendo y, por ende, mi error de confundir barro con bosta. Los dos perros estaban literalmente llenos de materia fecal, por eso los tenían metiéndose al lago del orto ese.

“¿Qué más puede pasarme?”, pensé. Algo que no debe hacerse hasta no estar cerrando, desde adentro, el bunker que nos garantice que la respuesta va a ser cien por ciento satisfactoria.

El muchacho se acercó, los enganchó en un pase mágico al collar y de un tirón los retiró de mi existencia. Quise esbozar una sonrisa, después de tanto flagelo del destino, y creo que me salió.

–Perdón, loco. Se me escaparon…

–Está todo bien, son hermosos esos perros –me anticipé, minimizando el pase de comedia.

–Sí, pero encima están todos sucios…

–Viven sucios estos bichos, son muy blancos, se ensucian ahí nomás –agregué mientras me sacaba algunas espinas de la palma de la mano derecha.

El pibe se puso en cuclillas y me agarró del brazo para ayudarme a levantar. Ni dudé en recibir su ayuda humanitaria, me sentía explotado, iba a ser realmente difícil incorporarme solo durante la hora siguiente.

Me dolía el alma del alma.

En ese interín noto algo extraño. Una sombra, una aparición, una especie de malformación a la que me resultó complicado no darle demasiada prensa. Como quien ve algo que no debe volver a mirar, aunque lo invadan, simultáneamente, las dudas sobre el suceso y las certezas de que va a ser descubierto en otro intento de pispear. No pude. Los ojos me ardían intentando no irme hacia ese sector, hacia eso; hasta que me rendí y miré.

El pantaloncito azul de Los Pumas que tenía puesto el muchachote no alcanzaba a contener, en esa posición, su expresión varonil y por el costado de la ingle, sobresalía un pedazo de carne muerta con la que yo podría hacer series de bíceps en el gimnasio, tranquilamente. Impresionante. De impresión. De fenómeno sobrenatural. Como si el brazo de un niñito que llevaba escondido se le hubiera quedado afuera. TREMENDO.

“¿Algo más me puede pasar LAPUTAMADRE?” Quien dice…

Me incorporé, ahora si alejado del bicho ese y le agradecí sin mirarlo a los ojos. ¡Ni a ninguna otra parte! Sacudí las espinas que tenía en la pierna y busqué el celular que había terminado del otro lado del sendero. Supe en ese momento que iba a tener que comprarle un vidrio nuevo. Fue un hecho menor. Es como perder un palo en el casino y enojarse porque al salir te encontrás con el vidrio roto del auto y sin estéreo.

“Relájate y goza”, medité.

En fin, debía terminar el trayecto caminando a duras penas; de la hinchazón que tenía en el tobillo, a lo sumo iba a poder arrastrar la gamba.

–Sebas, trae los chicos así los terminamos de limpiar –escuché que decía una voz femenina a unos pocos metros.

“No te des vuelta Rubén…” me dije. “Por favor no gires”, continué.

Que difícil me resulta negociar con la curiosidad, quemeparió. Debería tocar ese tema con el psicólogo.

Seguía hablando a mi espalda la señorita y, obviamente, me di vuelta.

–¿Rubén?

–Hola… –dije haciéndome el sorprendido.

–¿Estás bien? No te había reconocido. ¿Estás más gordo? Te mataste –agregó intentando reprimir una sonrisa–. Uh qué olor, los perros te han llenado de cac…

–See…, un golpecito nomás–agregué.

–Ojalá no sea mucho; qué bueno haberte visto, che, espero que tus cosas estén bien.

–¡Sí! ¡De primera!

–Bueno… te dejo que Sebas tiene cosas que hacer. Chau, chau.

–Chau, saludos –comenté mientras la veía irse al trotecito.

Carolina, mi ex novia, y Sebas, el novio de mi ex.

Volví a la oficina. No he cometido ninguna locura, ni tengo pensado hacerlo en el futuro cercano. Ayer fue viernes, y mi cuerpo lo sabía.


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