El gusano

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Mi dolor es el viento del norte y del viento del sur.
Cesar Vallejos

El gusano de los dientes, como un demonio en el vientre de otro demonio.

***

Esto me ocurrió en el año de nuestro señor 1675, en pleno invierno.

Me dolía, me dolía mucho, muchísimo, insoportablemente demasiado; mientras tanto los planetas y el sol seguían girando alrededor de la Tierra, como si nada. Era una tortura sin fin que me hacía bramar, cercano a la agonía. No podía comer, beber, fumar o tener amoríos; me estaba quitando la vida. Me brotaba un líquido purulento, grumoso, con una pestilencia a muerto que me daba un aliento de Mefistófeles.

Me puse en el sitio de donde provenía el calvario todas las curas habidas y por haber: alabastro, barro, bosta de vaca, brasas, una gotita de mercurio traída de China, jade tibio, alas de hada conseguidas en el bosque de Białowieża, un crucifijo bendecido en el Camino de Santiago por un párroco prusiano, orgonita lunar, agua bendita traída desde Cartagena; también me coloqué un pelo del coño de Santa Apolonia…

Nada resultaba.

Todas las maderas de la casa pulsaban con mi agonía.

Era un suplicio de color negro.

Las ratas aullaban.

No sabía qué más hacer.

Era pasar por el potro de los tormentos una y otra vez…

Por las noches me carcomía, me pateaba, me mordía, le pegaba con un hacha y orinaba por dentro a mi muela indefensa e inocente en mi boca. No tenía un segundo de paz.

Amanecía y era cuando el gusano de los dientes enloquecía. Me pasaba horas viendo a través de la ventana como nevaba, con compresas en la mejilla y casi llorando por el padecimiento.

Sólo me quedaba ir al barbero a que me curara con sus hierros portentosos. Tenía para pagar sus servicios una cabeza reducida por los jíbaros de la Amazonia y una gota de saliva de nuestro Señor Jesucristo recogida en el suelo de la cima del Gólgota, en Jerusalén (el mercader de Constantinopla que me vendió el cabello de la vulva de Santa Apolonia me dejó sin nada de dinero)

***

El barbero estaba muy ocupado, cortando cabellos y recortando barbas y bigotes; también le aplicó sanguijuelas a un cura venido del África que tenía fiebre en el sexo y le hizo una cura de sangrado a un mulato embrujado por el amor.

Había ubicado su puesto cerca de la plaza de San Salvador por la calle del Codo de mi Madrid natal y amado, Desde ahí podía ver a la Casa y Torre de los Lujanes recortada por los paños rojos con los que el que el barbero hizo su tienda, a pesar del dominio escarlata en los colores de las telas se notaban las manchas de sangre.

Después del mulato embrujado me tocaba a mí, éste salió tambaleando de la carpa balbuceando en lenguas, diciendo que el amor era la peor de las basuras, pero que aún así la amaba.

Me tocaba entrar y al hacerlo me encontré frente a frente con el barbero, era enorme, con un brazos de galeote lleno de pelos y unas manos regordetas y bestiales. Tenía una sonrisa de catadura espesa y una mirada de mercader de oropel del puerto del Pireo.

Un mono encadenado del cuello intentó atacarme, el barbero le atinó una patada y el mono le mordió una pierna y subió hasta los más alto de la carpa.

Me dijo que me sentara en una silla de madera, cuando lo hice salieron de la nada dos ayudantes suyos y me sujetaron de los brazos; uno era un musulmán renegado vestido de bereber y el otro, conjeturo, era un nativo pagano de alguna parte de las Indias.

El barbero, con mirada de insecto soñando, me metió una gigantesca pinza en la boca, sentí una puntada atroz y todo se volvió borroso y después el vacío absoluto.

***

Antes de despertarme sentí la boca hinchada, que latía como un pulpo en las profundidades, con un gusto a azufre. No sé cómo o de qué manera llegué a mi hogar y aparecí acostado en mi lecho. A mi lado, en un plato de oro blanco había una muela. El barbero tuvo mucho trabajo.

No sentía el dolor profundo de antes, sólo una pequeña molestia y unos escupitajos con sangre. Tomé el molar aún pringoso con mi líquido vital y lo miré. Estaba amarillo y picado como una manzana podrida.

Hice un poco de fuerza y lo abrí como si fuese una nuez. Entonces, para mi espanto, descubrí que no había ningún gusano de los dientes en su interior. Seguramente había escapado y andaba escondiéndose por la casa y me acechaba entre las sombras, correteando junto a las ratas detrás de las paredes.

En cualquier momento podía alojarse nuevamente dentro de alguno de mis dientes.

No quería soportar tal tormento otra vez, prefería pasar por un Acto de Fe de la Santa Inquisición que caer otra vez bajo el yugo del gusano.

Tomé una decisión difícil pero acertada, con los rastros del martirio en mis encías me iría, me iría lo más lejos que pudiese.

Preparé los bártulos, vendí malamente todos mis bienes y partí a Valencia, ya en el puerto me tomé un bajel y crucé hasta el Sahara.

***

Ahora estoy en un oasis perdido entre dunas sudorosas, en la mitad del desierto, en dónde ningún gusano de los dientes me puede alcanzar, es sabido que a ellos no les cae bien ni el calor aberrante ni las arenas que llegan hasta al horizonte y caen hasta la nada.

Estoy a salvo.