Libro en blanco | Octava parte

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La muerte no es la mayor pérdida de la vida. La mayor pérdida es lo que muere dentro de nosotros mientras vivimos.
Norman Cousins.

No es que me asuste la muerte. Es tan sólo que no quiero estar allí cuando suceda.
Woody Allen.

Solo habían pasado treinta minutos desde que Hernán resucitó a Milagros, y ya era evidente que algo marchaba muy mal. Lilith lo sabía, trató de disimular su descontento, sin embargo, le era imposible, no entendía cómo; pero ella se había enamorado del mortal.

De retorno a casa pensaba, buscaba alguna razón. Se enamoró de él por su ingenio y poder, por su voluntad inquebrantable, por su devoción hacia su hermana o porqué fue el único humano que la llamó sin una razón egoísta y eso le demostró que siempre estuvo equivocada… Ella no lo creía, siempre aborreció esas emociones mortales, pero había algo que ella no podía explicar, que la hizo sentir humana, que la hizo sentir amor de nuevo, que la hizo sentir viva. De solo mirarlo a los ojos y ver cada virtud que Hernán desarrollaba se estremecía, no solo sexualmente, sino, además, espiritual. Lo amaba, llegó a creer que Dios la estaba castigando, pero no podía ser así. Jehová no imparte esa clase de castigos, ella bien lo sabía.

Llegaron a la casa y todo era un desorden, había sangre, insectos y un aura tan densa que incluso un humano común y corriente podía verla. El febo iluminaba con sus primeros rayos desde el este y una débil luz moribunda se colaba por las rendijas de las ventanas tapiadas. Ambos vieron por primera vez el aspecto de Milagros, el cual era desgarrador. Si bien su cuerpo estaba sano y lucia aceptable a primera vista, había algo que no cuadraba, algo que no tenía sentido. La hermosa niña, que se había convertido en mujer hacia poco, denotaba una presencia opaca y taciturna, era como si solo hubiese una sola emoción en su interior: una tristeza tan grande que solo se podía comparar con la profundidad del infierno.

No habló desde que pronunció el nombre de su hermano en el cementerio.

―¿Qué le pasa? ―preguntó Hernán, acercándose a Milagros, su rostro reflejaba una desdicha similar a la que se demuestra cuando se consigue un objetivo que creíamos inalcanzable y, que al llegar a él, nos deja con una sensación de vacío porque descubrimos que realmente esa meta no era lo que esperábamos.

―Está asustada, Hernán. No entiende que es lo que le pasó.

―¿Todavía seguís acá?―preguntó inundando el ambiente con sarcasmo―. Ya te podés ir, el trato se terminó y ya no te necesito.

Lilith estalló de ira por dentro, se sentía menospreciada―. ¡No sos mi amo ni nada por estilo! Me voy a quedar todo lo que se me plazca. ―Hernán se volvió hacia ella llenó de ira y frustración.

―Lilith, no me jodas, sabes bien que puedo vencerte. No digo que sea tarea fácil, pero puedo hacerte mierda y dejarte tan herida como los cadáveres de la maleza. ―Lilith retrocedió y Hernán avanzó casi hasta el punto de que sus labios se rozaban con los de ella. El súcubo sintió una atracción inmensurable, suspiró imaginando que se fundía con él en un beso eterno―. Ahora decime la verdad, ¿por qué te no te vas? Si me decís una buena razón puede que deje que te quedes.

“Una buena razón”, pensó el demonio… “Porque estoy enamorada de vos, estúpido”

Se avergonzó de sí misma, pasó de ser un demonio cruel y sangriento a ser una mujer enamorada. Se reprimió a sí misma y se preguntó en qué clase de ser se había convertido. “¿Un demonio que se enamora?” se refutó a sí misma. Entonces, en la confusión que crecía en su interior se dio cuenta de que nunca había dejado de ser humana y que el fondo siempre quiso un compañero que se sacrificara y diera todo por ella como Hernán lo hizo por Milagros. Volvió su mirada hacia su amado, lo miró fijamente y le respondió:

―Es la primera vez que veo que alguien cumple con el desafió ―dijo mientras su voz se desprendía de sus labios como un suave jadeo casi orgásmico y su rostro se ruborizaba por la excitación y la vergüenza al sentirlo tan cerca―. Te soy sincera, estoy muy aburrida en el infierno y esto es lo más entretenido e interesante que he visto en los últimos miles de años. ¿Dejarías que me quede? ―La última frase se sintió casi como una súplica… “Sos muy inteligente, pero no te das cuenta que estoy enamorada de vos”, pensó Lilith mientras que una sensación amarga se estacionaba en el nudo de su garganta.

Hernán retrocedió un poco―. Está bien, pero no quiero que hables. Esto es entre mi hermana, mi mamá y yo.

Lilith asintió y, usando una sonrisa falsa como mascara, se apartó hacia un costado en tanto Hernán estrechaba entre sus manos el libro blanco y comenzaba a recitar los conjuros.

Continuara…


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