Así se levantaba antes por Internet | Mi suegra, joya nunca taxi

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Con el Decreto 554/97 del 18 de junio de 1997, se declaraba de interés nacional el acceso de los argentinos a Internet; comenzando así y en forma oficial, la era de los solos y las solas en el territorio nacional. Algunos años después y con la llegada del nuevo milenio, podías navegar por la red a partir de una suscripción a un 0610, ya que no existía Wi-Fi ni la mentira del 4G. Los canales IRC se consolidan, y convierten a sus chats en un “todos contra todos”, como los actuales grupos de Whatsapp. Falta mucho para Facebook, Twitter e Instagram, pero aparece en escena un tal ICQ.

Había sido creado en 1996, pero su popularidad se incrementó cuando lo adquirió AOL en 1998, explotando en ese año 2000. Era un chat en línea que se descargaba en la PC, con la posibilidad de subir fotos a tu perfil y buscar a tu media naranja on line. Al ingresar se escuchaba la bocina de un buque y tenía por logo, una margarita; cuando estaba en verde o rojo te indicaba que la otra persona estaba o no en línea.

Según mis amigos, con un simple “hola” se producía una charla y sumando un par de frases, no muchas, la posibilidad de un encuentro fortuito. Fue así que, con veinticinco años recién cumplidos y estrenando mi 0610 de Supercanal, se me ocurrió descargar al enigmático ICQ. Había escaneado fotos de mi persona, por lo que me di el alta e ingresé al sistema. Acto seguido, comencé a enviar un “hola” seguido de un “que tal”, como para no parecer tan desesperado; la idea era no pernoctar en casa esa noche de viernes y chatear con algunas chicas, para terminar en una posible juntada; no tuve suerte.

El sábado temprano, recibía un mensaje en ICQ de una fémina que me indicaba el lugar elegido para un encuentro casual, era en Al Diablo y, un no voy sola, no lleves a un amigo. Supuse que iría acompañada por una mujer, lo que me resultó muy extraño; ese día era salida en pareja y de martes a viernes en modo trampa. Aunque algunas fotografías en su perfil y sus veinte años me animaron y me decidieron a partir.

Llego e ingreso al boliche, no fue difícil encontrarla y sus fotos coinciden con la descripción almacenada en mi memoria. A su lado una mujer, muy parecida, aunque con algunos años más. Me presento y amago a darle un beso, no se levanta de su asiento y me deja pagando, extiende su mano y me incentiva a lo mismo, un saludo a la antigua. Acto seguido, señala a la dama que está a su lado y la presenta como su madre… ¡tragame tierra! Me inclino para saludar a su progenitora con un beso y nada, estiro mi mano en busca de la suya y nada.

—Imagino que Usted es católico, apostólico, romano… y practicante. —dijo mi suegra.

¡ICQ y la madre que te parió!… En un momento pensé que estaba en los bailes de Giol, buscaba al cabrón de Palito Ortega y la “felicidad ja ja ja” o el “vamos a la playa oh oh oh” de los Righeira; para colmo, la inmortal viola de Eddie Van Halen y el solo en “Beat It” del ex—negro Jackson, sonaba de fondo y me confundieron aún más; por lo que me hice el Marty McFly y pregunté en qué año estamos, nadie contestó; ninguno de los presentes quería ser cómplice de semejante papelón.

—Te cuento que fui monaguillo y nunca estuve en Italia… —dije.

—No se haga el vivo y no me tutee, soy una señora de 40 y tantos años, puedo ser su madre. Imagino que descargó su alma de pecados antes de venir. —dijo mi suegra.

¡ICQ y la madre que te parió!… Estaba complicado como lechón en víspera de navidad; traté de sentarme al lado de la piba y mi suegra lo impidió, me instó a tomar asiento y ella en medio de los dos. Luego, procedió a sacar de su cartera un sobre con el currículum vitae, la historia clínica y el diario íntimo de su hija. Promediando la madrugada terminé de leerlos, no hubo palabras y en un gesto inexplicable, me entregó un papelito y procedieron a retirarse del lugar.

Llegué a casa, inmediatamente prendí la PC y pensé en remover el ICQ —dudé— la piba me pintó y volví a mirar su perfil, la margarita verde me anuncia que está en línea y lista para chatear. Me la jugué, un solo mensaje y una sola respuesta, expresando mi intención de volvernos a ver  “solos”, como condición sine qua non. De inmediato la contestación: “no hay posibilidad que mi hija te vea, sin que yo esté presente”.

¡ICQ y la madre que te parió!… No lo podía creer, mi suegra le administraba el chat a su hija. Se acabó, no era para mí y lo desinstalé de mi PC, sólo estuve un día y daba por terminada mi relación con él.

Ese domingo en la tarde se tornaba cada vez más aburrido, me tiré en la cama a mirar tv y en un esfuerzo sobrehumano estiré mi brazo diez centímetros y agarré el control remoto; junto a él, estaba el papelito de mi suegra. Al abrirlo, un domicilio y un breve mensaje: “fue un gusto conocerte, no te pierdas”. Me levanté al toque y me fui hasta la dirección citada.

—Buenas tardes… ¿cómo está? —dije, muy respetuoso.

—Vamos a misa, imagino que nos acompañará. —dijo mi suegra.

¡ICQ y la madre que te parió!… No tenía muchas opciones, todos mis amigos habían conseguido citas en el chat y el único colgado era yo. Para colmo, la piba con un vestido de antaño y, mi suegra, con uno más antiguo, dejaban entrever que tan mal no estaban, aunque bastante anticuadas. Agarré viaje, nos mandamos a una iglesia próxima a la Plaza Independencia, estamos cerca. En el trayecto ni una palabra, al llegar lo impensado.

—Imagino que antes de misa, se va confesar. —dijo mi suegra.

¡ICQ y la madre que te parió!… Tenía cinco segundos para decidir quedarme o irme al carajo, no más; terminé de rodillas en el confesionario y, media hora después, el cura me pidió continuar la confesión otro día o si dejaba una limosna me perdonaba en ese momento; era hora de empezar la misa. Terminado el oficio religioso, partimos al departamento y, al llegar, se despidieron sin saludar y se perdieron en el hall del edificio.

Volví a casa y no la pensé mucho, la relación no daba ni para formal; no sabía cómo manejar a mi suegra, aunque ella me manipulaba a su antojo. Reinstalo el ICQ y a partir de mi número de ID… 85 millones y pico, hice un par de cálculos rápidos y deduje que habría un 25% de mujeres, es decir unos veinte millones de ellas… ¿cómo no iba a enganchar una?

Ingreso al sistema y un nuevo mensaje: “gracias por acompañarme”; luego un segundo mensaje: “me gustaría verte el sábado en el cumple de mi hija y la otra semana en el mío, te espero”. Me arrodillé ante mi PC, después me levanté y comencé a besar el monitor y a lenguetear el logo de ICQ, le pedí perdón por tanto insulto y haber sido tan descortés con la madre que lo parió.

Ahora, debía centrar mi atención en un regalo para la piba, que me permitiera apreciarla en su máximo esplendor. No tenía dudas, un vestido súper ajustado y un par de zapatos taco alto, no más. Al otro día a mirar vidrieras, buscaba una vendedora que tuviera un aspecto similar, que me diera su consejo y que se probara la prenda elegida.

Una semana buscando, hoy es el cumple y nada de nada, no sabía qué hacer y estaba desesperado. Me mandé a la Galería Kolton a tomar un café, previo a llegar al bar, una piba armando una vidriera. Ingresé al local comercial y me saludó con un beso, me dio el pie justo para entrar en confianza.

—Hoy cumple años mi novia; quiero regalarle zapatos y un vestido ajustado. —dije, esperando su sabio consejo.

—Tengo en rojo, negro y blanco. —contestó ella; en el local de al lado podés comprar los zapatos.

—Mi novia es idéntica a vos. —dije.

—En pocas palabras, la decisión está en mis manos. —dijo ella, haciéndose cargo de la situación.

Fue a la zapatería, regresó con una caja y procedió a poner un cartel… “cerrado, creo que ya vuelvo”. Se mandó de una al probador con los tres vestidos, dos minutos después, salió con el rojo y unos zapatos de color crema. Me quedé pasmado y no sabía qué decir, la petisa era una gatubela endiablada y descomunal por donde se la mirara.

—Y si… está lindo. —dije.

—¿Está lindo? estoy hecha una yegua… —contestó ella, conmigo no hay problema ehhh y mírame todo lo que quieras.

—Y sí… ¿te vas a probar el blanco y el negro?

—¡No Nene! si tiene la cintura chica y el culo grande, el rojo le va a quedar genial. —dijo ella, haciendo referencia a sus propias curvas.

Fui a casa y me preparé, ya era hora de partir al cumpleaños. De camino, imaginaba que después de soplar las velitas saldríamos a pasear, vendrían los besos y mucho más. Estaba en ganador y tenía a mi suegra como aliada. Entendí el juego planteado por ella, esperó a que su hija cumpliera la mayoría de edad y la dejó libertada a su propia voluntad.

—Buenasss… ¿y la cumpleañera? —dije, esperando pasar al departamento.

—¿Qué hay en los paquetes? —dijo mi suegra.

Luego de una exhaustiva inspección ocular, adujo que su hija no era una prostituta y jamás se pondría un vestido de ese corte y confección, dando por concluida la visita y el diálogo con un portazo en mi cara. No lo podía creer, volví a tocar el timbre y no recibí respuesta, intenté varias veces y nada de nada; por lo que decidí regresar a casa.

No tenía en claro la situación, pensé en volver a la tienda y regalarle el vestido y los zapatos a la petisa de la Galería Kolton, se veía más fácil que la tabla del cero y sin lugar a dudas saldría conmigo y sería mi novia. Miré fijo a mi PC, iba y venía, una y otra vez, hasta que me decidí e ingresé en ICQ. Unas segundos después, un nuevo mensaje: “sorry, no quise incomodarte; te espero en mi cumple el sábado ¿sí? porfi, besitos”.

En ese momento colapsé y llamé a las oficinas de ICQ en Estados Unidos, me atendió la telefonista y tras un breve resumen de lo ocurrido, me derivó al área de programación. Después de explicar lo sucedido, los técnicos revisaron las dos cuentas; concluyeron en que no habían sido hackeadas.

Ya tenía una decisión tomada y puse en marcha mi “Plan B”. Son las ocho de la noche del sábado, la hora fijada para el inicio del cumpleaños de mi suegra. Llegué al edificio, nadie entraba nadie salía, no había ningún tipo de movimiento. Toqué el timbre y esperé unos minutos, no obtuve respuesta. Toqué el portero contiguo y me hice pasar por un político honesto, me permitieron el acceso. Ya en la puerta del departamento, no quise golpear; dejé el regalo con una tarjeta y un mensaje que decía: “Feliz Cumpleaños”.

Sin perder tiempo regresé a casa y me conecté a ICQ, no había ningún mensaje de mi suegra, lo supuse. Era hora de escribir uno de mi parte y debía ser contundente: “Te espero en el bar de calle Las Heras y 25 de Mayo a la medianoche, ni se te ocurra faltar”. Contiguo al café, unas escaleras conducen al primer piso y a un hotel, arriba del local. Una rato antes me apersono en el lugar, el abrazo al mozo y luego a la mesa que soy habitué, sobre la ventana que da a calle Las Heras y de frente a la puerta principal.

—Ova querido… sacáme la gente del café, prepará una habitación y una botella de champagne. —dije.

Un minuto para la medianoche, música ultra soft y un par de luces tenues, son mi única compañía. El reloj de pared rompe el silencio y delata que ya casi es hora, comienzan a sonar las campanas: una, dos, tres… nueve, diez, once. En ese preciso instante, se abre la puerta del bar y suena la número doce, la más esperada; en el umbral, la figura de mi suegra.

Gira su cabeza y me mira, se hace la ofendida; encara al Ova y pide por favor pasar urgente al baño. Elevo mi brazo y con mis dedos —índice y anular— formando una “ve”, me hago de dos copas de whisky —una de ellas— representa el símbolo de mi victoria. Sale del sanitario y camina en dirección a la calle para dejar el bar, vuelve a girar su cabeza y me mira, se hace la desentendida. Me levanto de la silla con copa en mano, y tras sostener con firmeza la puerta, no le permito salir. Estoy a escasos milímetros de ella; puedo sentir su respiración, inhala por su nariz y exhala por su boca, comienza a agitarse; se incrementa su ritmo cardíaco, bajan sus niveles de azúcar en sangre y sus pupilas se dilatan por falta de luz.

—¿Qué casualidad? nos volvemos a encontrar —dije, mirando fijo sus ojos.

—¡No sé a qué se refiere!… Fui a la farmacia por una aspirina, vi el bar abierto y pedí el baño para tomarla, no había un vaso; opté por empolvar mi nariz.

—¿Vestido rojo súper ajustado y zapatos taco alto de color crema? muy producida para ir a la farmacia. —dije, esperando una respuesta coherente.

—¡No sé a qué se refiere!… Me puse lo primero que encontré en el placard.

Mi suegra no tenía excusas, los zapatos y el vestido que tenían por destino primigenio a su hija o la petisa de la Galería Kolton como partícipe secundaria, la condenaron; sin posibilidad a libertad condicional o prisión domiciliaria por peligro de fuga, debía acatar su condena y, como cárcel, la habitación del hotel.

En su mano la aspirina, no daba para ingerirla con whisky y el agua fue la excusa perfecta para subir al hotel. Abrí la puerta del bar, la tomé por la cintura con mi brazo y la sujeté muy fuerte con mi mano derecha. Ya en la vereda, gira en dirección a calle 25 de Mayo con la firme convicción de regresar a su departamento. De súbito hago un cambio, con mi brazo izquierdo ejerzo mayor potencia y con un suave movimiento de mi mano, la guié en sentido contrario. Son veinte los escalones que nos separan del primer piso y son el único obstáculo a sortear antes de llegar a la habitación.

—Por mi jaqueca temo tropezar… ¿Me podría sujetar? —dijo mi suegra, atemorizada por una caída que podría serle fatal.

—¡Por supuesto que sí! faltaba más. —contesté; apoyando toda mi humanidad en su voluptuosa feminidad, sumando mis manos a su cintura y soldado a su cadera por detrás.

—¿No le parece que estamos muy pegados? —dijo mi suegra; dejando atrás el vigésimo escalón y llegando al descanso final, frente a la puerta de la habitación.

Ese planteamiento me hizo reflexionar por algunas actitudes incorrectas de mi parte, aunque ya era muy tarde, porque habíamos recorrido la escalera por completo y no me percaté de ese detalle en ningún momento del empinado trayecto. Abrí la puerta e ingresé, adentro la tan preciada agua y una botella de champagne bien frappé, cerré la puerta y…

—¡No te leo más, hijo de puta! ni una Talca me comprás y me describis como un gato en el relato.

—Hace un año me jodes con actuar en una ficción… ¡te puse! y ¿te enojas?… ya tenía a la madre mandona y la hija sometida, me faltaba una minita fácil. —dije, tratando de hacerle entender que son personajes ficticios y eran necesarios al desarrollo de la historia.

—¡No es ficción, es real! tiene detalles muy precisos. Voy a preguntar en el bar si te conocen y a pedir los registros del hotel del 2000; ese año nos pusimos de novio, seguro me gorriáste con la vieja culiada esa.

Luego de media hora de llanto… logré convencerla que los hechos narrados veinte años atrás y que debía enviar a la redacción de El Mendo, no ocurrieron. Sumando un par de besos de mi parte y el vestido rojo súper ajustado que le había comprado para los festejos, me permitieron zafar de tan incómoda situación. Fui a pagar los zapatos taco alto de color crema adquiridos en la zapatería de al lado, mientras ella cerraba el local comercial en la Galería Kolton y daba por terminada su jornada laboral. Ya era hora de ir a casa y prepararnos para conmemorar el cumpleaños número cuarenta y tantos de mi novia, la petisa.—


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