De cómo comer tacos en la primera cita

Fabricio Bankham era un rosarino hijo de japoneses que dedicó toda su vida a ser historiador. Es fascinante para nosotros, los mediocres, ver gente que dedica toda su vida a una actividad. Fabricio se encontró sin sorpresas que tenía que superar varios escollos para ser un historiador famoso, primero que los historiadores casi nunca son famosos, segundo que no tenía dinero para gastar en viajes e investigaciones y tercero que tenía una falta de talento muy notable, que procuraba dejar en manifiesto en cada texto que redactaba.

Sin embargo, esto no le impidió escribir 45 ensayos, dos enciclopedias y varias columnas en el diario de su pueblo, todos textos con constantes errores de gramática, ortografía e inexactitudes varias. Digámoslo ya, los libros de Fabricio eran un asco. Rescatemos para no ser crueles su diario íntimo, donde anotaba los pormenores de sus viajes inventados. Soportemos algunos párrafos:

“Llegue al puerto de Mongolia en 1916[1] solo para conocer un pueblo rodeado de montañas conocido como Natzil, cultura proveniente de Nepal que se extinguió poco después de la 2da guerra mundial. Me hice recibir por un taxista que se ofreció por internet[2] para recorrer la ciudad, el cual era descendiente de los sobrevivientes de aquel poblado. El taxista vino en situaciones fortuitas, debía estar en pocas horas en el velorio de su madre.

— Lo siento mucho —dije tratando de parecer cortes.

—¿Sabe lo que siento yo? —me respondió en un acento bastante familiar —yo siento calor estimado, ¿no se dan cuenta de los efectos de los gases en la atmosfera?

En ese punto entendí, o creí entender, que la evasiva de mi taxista eran señales de un sufrimiento interno indescriptible, la gente común tiene como forma de enfrentar los conflictos esquivándolos. Esto es bastante cobarde, aunque personalmente los prefiero antes que los que van al meollo del dolor sin anestesia:

— Parece que el dólar se va a disparar —le dije a un amigo entre algunas cervezas.

— Si, igual que mi novia que se fue con el pelotudo de la otra cuadra —respondió mi amigo.

En cuanto a nuestro querido taxista, luego de conversarme sobre la huella de carbono, el conflicto de intereses del amor no correspondido, la banda sonora de trece hombres en pugna y la formación que debió usar el Vélez de Bianchi para repetir la copa en el año 98[3] me dejo en una garita de información turística.

Empecé a sospechar que había algo raro cuando al bajarme del taxi me volví solo para darme cuenta que tenía forma de frezar. Me acerque hasta un centro de información turística que atendía una señora entrada en años, aunque no supe nunca bien si en realidad no era una mesa de luz victoriana del siglo XVII.

La señora me explico que el pueblo de Natzil nada es lo que parecía. Las fachadas eran simples disfraces en coherencia (o no) con la verdadera filosofía del lugar. Hace algún tiempo, los monjes habían descubierto que las conversaciones debían por leyes naturales ser inconexas, ya que la verdadera comunicación se da espiritualmente. Así, el significado de las palabras que no se asemejan a su pronunciación no hacen más que crear un desorden mental que ensucia los sentimientos. Decían los monjes que el decir “te quiero” era más similar a pedir un favor que una expresión de aprecio, totalmente alejado a su significado, que se asemejaba más a “liviana de mañana”.

A los gritos me daba recomendaciones a la vista inútiles, el cómo criar gremlings que no se arrojen solos al mar, o cómo ver películas inclusivas para daltónicos El salir aterrado solo sirvió para descubrir que no era una oficina, sino un perro cimarrón de las estepas.

Las charlas indistintas que prosiguieron a esto carecen de interés, porque sinceramente no entendí un carajo.

Si me permiten, y ya que nadie está leyendo a esta altura, contare la historia más importante de mi vida.

O quizás entre tantas frases inconexas, ya la conté.


[1] Mongolia es uno de los 45 países que no poseen salida al mar.

[2] Es bastante obvio el error: no existen taxistas en Mongolia.

[3] Nada se le discute a quien sabe todo.