Libro en blanco | Novena Parte

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Duerme con el pensamiento de la muerte y levántate con el pensamiento de que a vida es corta.
Anónimo.

La muerte solo tiene importancia en la medida que nos hace reflexonar en el valor de la vida.
André Malraux.

Un brillo enceguecedor brotaba desde el interior del libro blanco. Lilith intentaba ver lo que pasaba con muchísimo esfuerzo, pero se le era imposible; era como intentar mirar directamente al sol. Hernán se tornó oscuro, su cuerpo se volvió una sombra inerte que se enflaquecía a cada segundo y daba la impresión de ser consumido por la luz.  “¿Qué está haciendo ahora?” se preguntó Lilith mientras que cubría su rostro intentando protegerse de la radiación. No era un conjuro o hechizo normal, ella nunca había visto un fulgor tan claro y potente. Temía que hubiese llamado a un arcángel para que la destruyera. En un instante todo se detuvo, Lilith presintió que el alquimista había liberado todo su poder para poder llevar a cabo la magia.

Una vez que el alumbrar se desvaneció y ella pudo ajustar su vista al entorno se sorprendió al ver que la casa ya no parecía un nido de ratas. Todo el lugar se veía inmaculado y puro, se sintió sucia ante tanta limpieza. Giró ciento ochenta grados para ver que las paredes negras llenas de moho y salitre ahora estaban pulcramente pintadas. El techo, que era de cañas viejas y podridas, fue reemplazado por uno de loza, las puertas, las ventanas; todo tenía un aspecto impecable, y el olor a nuevo reemplazó el hedor nauseabundo que había solo unos segundos antes. Lilith seguía sin ver a Hernán, estaba un poco decepciona “ver este terrible despliegue de magia solo para limpiar la casa” pensó. Sintió que una sonrisa cínica se le dibujaba en el rostro y por un mísero momento volvió a sentirse como el demonio que era, quizás Hernán no era tan fuerte como ella creía, hasta se sintió como una estúpida al creer que él podía vencerla si se disputaba una batalla.

Se volvió sobre sí misma una vez más hasta que su mirada se plantó en Milagros, la adolecente ya no se veía carcomida, sucia y miserable; por el contrario, se la veía más radiante que nunca, al menos a primera vista. Lilith no lo podía creer, se acercó un poco a ella y percibió que solo el aspecto era bueno, su rostro seguía demostrando el fiel reflejo de un alma torturada y mascarada en el infierno. Era como si se intensase entablar una conversación con un demente que no puede que hablar hace años, y después de todo, era así. Tres días en el averno es el equivalen a trescientos años en el infierno, Lilith desconocía los castigos que Baal destinaba a sus prisioneros, pero se imaginaba que debían ser lo peores del infierno. Se quedó frente a ella acariciándole el cabello, Milagros no se movía, parecía no solo estar ignorándola a ella, sino también a todo el ambiente. “Pobre alma” pensó y se exaltó cuando Hernán le habló.

―¿Te gusta? ―preguntó Hernán a espaldas de Lilith. Ella se volteó para verlo. Lo que vio la dejó sin aire y más perpleja que nunca, el aspecto del alquimista había cambiado por completo. Ya no veía delgado, sucio y con una barba tupida y descuidada. Se había convertido, incluso para ella, en un adonis. Volvió a tener un respingo de excitación y se contuvo, luego de respirar y concentrarse en no mirarlo fijamente le preguntó:

―¿Qué clase de magia usaste?

―No todo es hacer hablar en lenguas a niñas de dieciséis años y levitar, lo sabías, ¿no?―le dedicó una sonrisa burlona que fue correspondida de la misma forma. La química era evidente, pero solo para ella.

Lilith miró su brazo ―¿Por qué no lo hiciste volver? ― Se sentía acongojada.

―No hay magia que pueda devolverme el brazo, puedo crear uno, pero solo dura un tiempo, recuerda que me lo corté y todo lo que los humanos nos hagamos a nosotros mismos a los demás no podemos corregirlo con magia, por eso te busqué. Yo no podía traerla devuelta por mi cuenta.―Hernán abrazó a Milagros mientras terminaba la frase. Ella al sentir el brazo rodeándola se lo quitó de encima inmediatamente.

―¿Qué te pasa? ―le preguntó, pero Milagros no le respondió, caminó tambaleándose hasta un rincón y se quedó ahí mirando la pared. Hernán se acercó de nuevo a ella, la tomó del hombro y la obligó a mirarlo a los ojos.

―¡¿Sabes todo lo que tuve que hacer para que volvieras!? ―gritó iracundo―. No lo sabes, tuve que matar a un ser indefenso, cercene mi brazo y pelee contra un demonio en infierno. Lo mínimo que espero es que estés bien.

―¿Pensas que te debo algo? ―le respondió Milagros enojada, pero sin elevar la voz, era como si no pudiese gritar o llorar aunque quisiera―. ¿Por qué no estuviste conmigo cuando estaba viva? ¿Cuándo importaba? ―La expresión monótona de Milagros hizo que Lilith sintiese más pena―. Ahora soy un adefesio, una mugre, preferiría estar en el infierno que sentirme como siento ahora: vacía, sin vida, sin alma. Me cagaste, Hernán, te odio, empeoraste todo todavía más. Nunca estuviste cuando te necesité, no fuiste ni siquiera a mi funeral y ahora porque desafiaste a Dios y la naturaleza ¿quieres que te perdone? No lo he visto, pero a Él no le gusta que lo desafíen y que rompan sus reglas, vos estás más condenado que yo. Sos un monstruo, mamá tenía razón. ―Hernán no lo soportó y golpeó a Milagros en la cara con la mano cerrada, Lilith se adelantó y la sostuvo antes de que se cayera al suelo. El súcubo lo miró embravecido.

―¿Ahora sos buena? ―le dijo desafiante Hernán. Lilith apretó sus colmillos con tanta fuerza que un leve gusto a sangre inundó su paladar. La dejó en el piso y se retiró hacia un costado.

Hernán caminaba en círculos “no pasa nada” se decía a sí mismo. “Cuando mamá llegue todo se va a resolver”.

―Hernán ―lo llamó Lilith desde el otro extremo de la casa―, solo el Nazareno puede traer de a los mortales a este plano y dejarlos tal cual eran antes de morir. Lo que dijo tu hermana es cierto, has cometido un sacrilegio.

―Un demonio dando clase de moral ―se burló―. Ya vas a ver como todo se arregla. ―Hernán buscó su teléfono y llamó a Azul, su madre. Después de una conversación de disculpas y de un “sería bueno que volvamos a empezar”, colgó esperanzado, mintiéndose aún más a sí mismo y diciéndose que todo iba a estar bien.

―Ya viene en camino ―dijo expresándose emocionado y nervioso―. Vas a ver que las dos se equivocan y que yo tengo razón. Nuestra familia se va a volver a unir y vamos a ser felices y está vez no me voy a alejar de ustedes por nada―abrazó de nuevo a Milagros que no lo aportó, pero su rechazo era evidente.

“Pobre infeliz” pensaba Lilith. Nunca nada iba a volver a ser como antes y sintió pena al ver que Hernán sufriría mucho cuando su ilusión se derrumbase, pensó en irse, pero algo no la dejaba. Estaba enamorada de él y no quería dejarlo solo cuando ese terrible momento llegara.

Azul llegó un poco antes del atardecer, el sol comenzaba a pintar las hojas con un suave color ámbar. La mujer había envejecido diez años en tres días. Se la veía con una muy mala postura, como si tuviese una escoliosis avanzada en una postura; a eso se le sumaba unas hogueras pronuncias que parecían remarcadas con un cincel y un martillo. La tristeza en su andar era muy pronunciada y significativa; a simple vista se veía que era como una flor marchita en el medio de un prado seco, era solo la sombra de gran mujer que una vez fue. Se sentía miserable, perdida y sin valor. Sin embargo, lo que Azul nunca imaginó es que podía sentirse todavía peor.

Hernán abrió la puerta y ver a su madre tan débil y envejecida lo hizo retroceder, ella era la imagen de fortaleza que tenía y verla tan destruida lo desanimó, era como ver incendiarse una casa que tardaste toda tu vida en construir.

―Ya sé cómo te sentís ―le dijo mientras la abrazaba―, pero tengo una sorpresa que te va a hacer sentir mejor.

―¿Qué le pasó a tu brazo, Hernán? ―Azul se vio por un segundo, aunque fuera casi imposible, más triste y más decaída.

―Eso, no es nada ―le respondió quitándole importancia―. Seguime a la cocina que quiero que veas algo.

Cruzaron el pasillo hasta el final de la casa, Hernán corrió una pequeña cortina que separaba los ambientes y Azul vio su sueño hecho realidad, aunque más que un sueño era una pesadilla con un tono muy macabro que nunca hubiese podido imaginar. Milagros estaba sentada en la mesa, inexpresiva, mirando a un punto fijo en la pared.

Las últimas tres noches se durmió llorando he imaginado que abrazaba y besaba a su hija… pero al verla se dio cuenta de que a pesar de que la extrañase con todo su corazón y que deseaba que ella nunca se hubiese quitado la vida, era mejor que ella viviera en su memoria y no de la forma que Hernán la había traído de vuelta. Ella sabía que su hijo era raro y le temía, pero nunca sospecho que él fuese capaz d hacer algo semejante.

Cerró sus ojos con mucha fuerza, tanto que las arrugas se acentuaron más en su rostro, y los volvió a abrir, como si al abrirlos se despertara de una terrible pesadilla, pero no, no despertó. Su hija muerta seguía ahí. Sufrió un susto indescriptible, el aire abandonó sus pulmones, quiso emitir un grito, pero solo pudo soltar un murmullo ahogado mientras retrocedía. Hernán vio la expresión en el rostro de su madre y se llenó de ira al ver que ella no había reaccionado como él lo esperaba…

Continuará…


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